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Fenómeno permanente, el amor ha suscitado la atención continuada de los creadores de todos los tiempos. Desde la pasión oscura de Fedra hasta el ascenso a las cumbres de la teología en los versos de Dante, desde las innumerables armonías de mármol en que Venus se encarnó para los antiguos hasta los cuerpos estremecidos que pintó Tiziano, desde las hirientes imágenes de tantos y tantos poetas hasta las dulces melodías de Wagner y los pinceles enfurecidos de Pablo Picasso, el amor constituye uno de los asuntos centrales de la cultura occidental. Con motivo del día de San Valentín, ofrecemos a nuestros lectores un cuadernillo especial dedicado al amor con artículos de Julián Marías, Pablo García Baena, Luis Mateo Diez, Luis Alberto de Cuenca, Juan Rof Carballo, Luis María Anson y dos poemas inéditos de Luis Rosales y Pere Gimferrer, traducido del catalán el de este último por Justo Navarro. El puesto delamor REO que la condición amorosa es la raíz misma de la constitución del hombre, y que la forma primaria del amor, de la cual hay que partir para entender todas las demás, es la que en todas las lenguas que conozco es su sentido fuerte, es decir, el amor entre hombre y mujer. La razón de esto es que la vida humana se realiza en dos formas irreductibles e inseparables, polarmente referidas la una a la otra, varón y mujer, lo cual engendra ese campo magnético que da sentido y argumento a la convivencia. Lo malo qué tiene el amor es que muchas veces se lo confunde con otras cosas, y no se piensa sobre él demasiado, sino que se aceptan las interpretaciones que circulan en cada sociedad y en cada época, lo cual condiciona su realidad. No tengo que acusarme de haber desdeñado el amor en mi vida, ni de haber pensado poco sobre lo que es y puede ser. Desde mi viejo libro Miguel de Únamuno (1943) toda mi obra está cruzada por una reflexión sobre el amor, su sentido y sus posibilidades. Antropología metafísica La mujer en el siglo XX La mujer y su sombra Breve tratado de la ilusión La felicidad humana y tantos escritos más se han esforzado por penetrar ese arcano, porque siempre he creído que el amor, como todo lo que afecta a la raíz de la vida humana, es una realidad misteriosa y dramática, lejana de la trivialidad con que suele tratarse. Un curso entero di hace poco sobre La educación sentimental que es quizá en nuestro tiempo la más deficiente de todas las educaciones. Acaso la contribución intelectual mayor que he hecho al estudio del amor se encuentra en mis memorias, Una vida presente porque C al analizar una vida concreta- y las demás que con ella se han enlazado- ha aparecido esa dimensión con el relieve que realmente tiene, y que la teoría puede desdibujar. Claro que la importancia y la función que el amor tiene én cada vida es peculiar de ella, y las diferencias son enormes. Nada las distingue más que esa función; si se mira bien, se descubre que lo más hondo y definidor en hombres y mujeres es el puesto que el amor ocupa en sus vidas; y lo asombroso es que apenas se atiende a ello: casi nadie lo tiene en cuenta. Esta perspectiva permitiría comprender lo más profundo de nuestros prójimos- y de nosotros mismos, si nos atreviéramos a preguntarnos con sinceridad- y, por supuesto, de las grandes figuras de la historia, de los diversos países y épocas, es decir, de las grandes modulaciones de lo humano. Temo que en nuestra época el amor representa un papel relativamente modesto, y es lo que más me preocupa de ella. Se ha producido una suplantación de él por otras cosas, que sin duda tienen que ver con él, pero no se identifican con él. Sobre todo, el sexo- palabra tan poco usada hasta hace unos decenios, que ahora está en todas las bocas y en todas las páginas impresas- Naturalmente me refiero en todo lo que he dicho al amor sexuado pero esta condición es abarcadora, envolvente, afecta a la vida humana en su integridad, mientras que lo sexual es una provincia tan interesante como limitada. La mayor parte de los contenidos de la vida no son sexuales pero todos sin excepción son sexuados ya que pertenecen al varón o a la mujer en su condición global e irrenunciable. Uno de los indicios más visibles del descenso de las interpretaciones vigentes del amor es la crisis del lenguaje amoroso, bien patente en la literatura y en lo que fue hasta hace poco su último refugio: el cine. Añádase a esto la declinación de la estimación de la belleza, sobre todo del rostro, expresión personal del cuerpo, que es siempre de alguien de quien se puede uno enamorar. Y no digamos el olvido de esa maravillosa posibilidad humana, ingrediente esencial del amor, que en español tiene una palabra prodigiosamente adecuada: la ilusión Muchas veces pienso en los jóvenes, que se van a encontrar con la realidad del amor, recubierta, como es inevitable, por sus interpretaciones sociales, que se va a expresar en un lenguaje que por lo pronto no va a ser suyo, sino recibido, con un sistema de valoraciones que también les viene de fuera. Claro que llegarán por sí mismos a inventarlo, a crearlo, a vivirlo desde su mismidad, pero el punto de partida los condiciona. Lo más grave es la insidiosa persuasión de que sus gestos no tienen importancia nada es más destructor, más aniquilador de las posibilidades más profundas de lo humano. Porque el amor, no solamente tiene la máxima importancia, sino que a última hora decide de las importancias. Si no se ve que es algo misterioso, dramático, tremendo, delicioso, en que se condensa la vida entera, y, por supuesto, se pone en juego, se puede llegar a su término sin haberla vivido en lo que tiene de más propio, sin haberse enterado de lo que esa vida habría podido ser. Julián MARÍAS de la Real Academia Española