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Ayer m celona Pedro Rodríguez saun stro de la costura G Un profesional apasionado Pedro Rodríguez es el exponente y testimonio de esa gran época dorada de la alta costura. Intenté en vano trabajar en sus talleres; luego, con el tiempo, disfruté de su amistad. Nuestra relación empieza con el grupo de los llamados grandes de la alta costura Participamos juntos en desfiles de fastuosas galas. Esa rivalidad no empañó nunca nuestro contacto personal; al contrario, yo diría que nos unió más en la causa común de la tnoda española. Su generosidad se manifiesta tanto en la relación humana como en su desbordada e infatigable dedicación al trabajo de creación. Algo que siempre me asombró de él fue su optimismo visceral ante la lucha diaria. Jamás infundía temores o dudas; esto es maravilloso para mí, que resulto tan contradictorio. Su compañía ha sido un estímulo gratificante. Por todo esto y tantos más méritos, y por ese ejemplo de profesionalidad apasionada, yo le quiero con toda mi admiración y me apena profundamente su muerte. Manuel PERTEGAZ I, I I l Arriba, Pedro Rodríguez durante una sesión de pruebas en 1978, el año del cierre de sus casas de alta costura de Madrid, Barcelona y San Sebastián. Junto a estas líneas, uno de los modelos del modista valenciano que se exhiben en el Museo Textil y déla Indumentaria, colección Rocamora, de Barcelona J Ti %1 í í- ífli 1 1 1 l j; l i í 1 i 1 í Mí 1 1 1 1 J ¡1i TI f i El padre de la moda española Lo conocí un día en una isla, él tenía noventa años y una admirable vitalidad. Lleno de interés profesional me dirigí a él y me encontré sorprendido ante una persona que se incorporaba de su silla para saludarme mientras sus acompañantes permanecían indiferentes. Era una persona con una gran cultura y educación. Me habló de París, de los creadores de moda que él había conocido- personajes ya históricos- de sus trabajos y de anécdotas que ahora no logro re- cordar. 122 ABC Involuntariamente me encontraba en una situación extraña, pues había bajado a la piscina y durante la entrevista yo estaba en bañador. Él se encontraba conectísimamente vestido, pero poco a poco y con la excusa de la comida, y a pesar de que seguíamos sentados en el mismo sitio, logré vestirme un poco más y continuar nuestra tertulia. Llegada la noche nos volvimos a saludar vestidos de esmoking. Lo saludé y no me reconoció. ¿Tanto he. cambiado, señor Rodríguez? le dije. Pues sí, hijo mío, sí, verdaderamente deberías saber que ante la diferencia existente tendría que vestirse siempre así La primera piedra de la moda española está ya puesta. Señor Rodríguez, su obra está aquí, entre nosotros, es el comienzo de nuestra historia. Yo he aprendido de usted, sabemos quién es el padre de la moda española, aunque nadie se haya preocupado de buscarlo. Me gustaría ofrecerle un vestido de lágrimas, maestro. Pedro DEL HIERRO USTABA de perderse en un laberinto de telas que retaban su imaginación, añoraba la dificultad, la pelea cuerpo a cuerpo con la costura, una batalla de la que se retiró en 1978, cuando la quiebra- l a llegada de nuevos y dinámicos tiempos- le obligó a echar el telón sobre sus casas de modas, de las últimas que en España intentaron respirar con el nudo del prét- á- porter al cuello. Ayer, Pedro Rodríguez, uno de los grandes modistas de la alta costura, valenciano, dobló la tela de su vida, quizá buscó entre los pliegues sus últimos secretos, y murió. Tenía noventa y cuatro años. Pedro Rodríguez cosió con propios honores algunas de las paginas célebres del diseño español. Contemporáneo de Balenciaga y de la generación del 27, conoció, junto a su esposa y colaboradora, la gloria del imperio de la moda, la grandilocuencia de unos vestidos que cortaba sobre la maniquí, convirtiéndolos en objetos de seducción- suaves- en colores verde, morado, azul o rosa, sus preferidos junto con el negro. Balenciaga se fue a París y construyó desde allí un mito que, como predecía Cecil Beatón, no se perdió en vagos recuerdos. Rodríguez, sin embargo, prefirió vivir, crear, en España. Frente a la frialdad y la perfección del vasco, Rodríguez mantuvo abierto el canal del Mediterráneo, de la sensualidad y de la luz, el color... Las puertas de su primera casa se abrieron en 1918 en la calle Consejo de Ciento, de Barcelona, después de aprender el oficio en un taller de sastrería. Luego se trasladó al Paseo de Gracia. Más tarde, en 1939, su sombra iluminó Madrid. Fue en la calle Alcalá, 54. Su dominio del drapeado- s e le consideró un auténtico maestro de esta técnica- y el estudio de los colores y los materiales- bordados, pedrerías- dejaron la huella de sus ideas no sólo en Europa sino en los palacios y Embajadas de gran parte del mundo. El Museo de la Indumentaria de Barcelona le dedica una sala en la que, de manera rotativa, se expondrán sus vestidos, entre ellos, un traje de noche de chiffon, de la condesa de Romanones, y un vestido de organza bordada y pedrería, de la duquesa de Dúrcal. La alta sociedad buscó en Pedro Rodríguez una serena elegancia de inspiración clásica. La baronesa de Gotor, la señora de Meirás, la condesa de Fenosa, la marquesa de Marianao, la baronesa de Segur, la duquesa de Alba y la duquesa de Osuna, entre otras, confiaron en su talento. Pedro NARVÁEZ SÁBADO 3- 2- 90