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VI ABC ABC fíTcrarío 9 septiembre- 1989 Novela- felicidad en San Miniato Jean d Ormesson Editorial Destino. Barcelona, 1989 329 páginas. 1.500 pesetas El derviche y la muerte Mesa Selimovic Traducción de Pilar Gil. Montesinos Barcelona, 1989. 422 páginas. 2.590 pesetas E S ésta la tercera parte de una trilogía formada por El viento de la tarde y Todos andan locos por ella en la que las cuatro hermanas O Shaughnessy y los cuatro hermanos Romero terminan la andadura que iniciaron en la primera parte de la trilogía con los albores del mundo moderno. Una cronología situada al comienzo de la novela permite situar históricamente los acontecimientos: desde la crisis bancada de Wall Street (24 de octubre de 1929, hasta la insurrección de Argel y la investidura del general De Gaulle, el 1 de junio de 1958) Se trata, pues, de una novela histórica, aunque el autor discuta su adscripción en el desarrollo de la misma. En este caso no sólo la historia forma parte de la trama o constituye el necesario marco de referencia, sino que en sus páginas, enlazados con los personajes de ficción, figuran las relevantes personalidades que protagonizaron la II Guerra Mundial. Su autor, Jean d Ormesson (nacido en 1925) forma parte de una familia de aristócratas y diplomáticos. Miembro de la Academia Francesa desde 1973, dirigió el diario Le Fígaro desde 1974 a 1977. Hasta el momento, su novela más significativa sigue siendo Au plaisir de Dieu (1974) La felicidad de San Miniato no se aleja de los esquemas que definen la novela- río o la novela histórica. Antes bien, es una inútil mezcla de ambas. Se confunden en ella los personajes de ficción, por los que el narrador siente menor atracción, y los reales: Hitler, Hess, Churchill, Stalin, Molotov. Los perfiles psicológicos de estos últimos responden a anecdotarios de cancillería, a retratos de sobra conocidos. El narrador pertenece a la familia de los Plessís- Vaudreuil, y, desde su retiro en la Toscana, en San Miniato, recuerda y escribe esa novela que tiene como potagonistas principales a las O Shaughnessy. Aquí Jessica, la menor, comunista, desaparecida ya en la guerra civil española, en Barcelona, y en el episodio anterior, es sólo un recuerdo. Su hermana Vanessa ocupa la trama principal. Fue amante de Rudolf Hess, quien, cuando se lanzó en paracaídas en Inglaterra comentó, al ser detenido, que pretendía salvar a Inglaterra de la destrucción, y, a la vez, reunirse con ella. Pandora actuará de chófer de Churchill, quien le enviará a Moscú para rescatar a Carlos Romero y Simón Finkelstein, dos atractivos personajes que deambulan por el relato sin encontrar su función. Será también amiga de Roosevelt y amante de Zero Sant Archangelo, un mafioso que facilitará el desembarco aliado en Sicilia del gángster Luciano y actuará junto al general Patton. Su presencia en el juicio de Nuremberg le permitirá al autor narrar el desenlace de algunos de los personajes históricos que aparecen en la novela. El período elegido para situar la historia es tan amplio, la acción tan intensa, que las escasas páginas de la novela resultan inuficientes para justificar el desarrollo de los hechos. Vemos a sus personajes ir de una nación a otra, participar en la defensa de Inglaterra, en el ejército rojo, en el desembarco aliado, en una carrera desenfrenada entre paisajes exóticos, tras el final de la contienda. Todo ello salvando la serie de obstáculos que el narrador mismo se ha forjado y que se manifiesta E en una absoluta confusión. Porque las alteraciones temporales y la utilización de diversos planos narrativos no hace sino complicar aún más una historia que resulta absurda, porque nada en ella se justifica. Vanessa, sobrina de Churchill, asiste a una reunión nazi en los Alpes. ¿Es una espía? Nada queda claro. Allí reencuentra a Eva Braun y a Hitler (verano de 1939) Lo más interesante de las páginas que el autor dedica a dicho encuentro reside en sus apreciaciones sobre la política de la época: El nacionalismo, en todo este sentido, lleva consigo una condena a la dictadura (I) puesto que es ante todo la exaltación del poder personal y del totalitarismo; pero, también, y en la misma medida, de la democracia, porque el apoyo popular no les faltó nunca a los dirigentes del III Reich (página 48) La primera parte del enunciado es incomprensible. De ahí nuestro signo de admiración añadido. La saga de los Romero permite también una diversidad de escenarios bélicos. Javier, hermano gemelo de Luis Miguel, enviado a Singapur, cae en poder de los japoneses. En pocas páginas el autor sintetiza el argumento de El puente sobre el río Kwai Agustín, piloto automovilístico, llega a ser ¡cómo no! campeón del mundo, amante de Vanessa y acaba en la extrema derecha. Esta última, tras la muerte de Hess, profesará en un convento. El conjunto de disparates que el autor califica como novela, hace de La felicidad en San Miniato una caricatura de lo que vendría a ser el dramático friso de la II Guerra y sus consecuencias. En sus frecuentes alegatos y guiños al lector declara: No tengo la menor intención de escribir una novela de guerra ni un refrito de esos libros honorables e innumerables que cuentan la resistencia y el nacionalsocialismo. Mi única ambición es la de reunir estas imágenes dispersas en las que ríen y lloran las cuatro hermanas, en las que van surcando el mundo... (página 188) Efectivamente, dispersa y superficial, pese a su grandilocuencia, no es ésta una novela que ni por su técnica ni por su trama pueda ser recomendada. Se encuentra muy por debajo de los best- sellers a los que tiende. Joaquín MARCO N el cine- -y me aventuro en un campo que tan sólo conozco superficialment e- el western fue uno de los motores que impulsaron esa poderosa industria norteamericana. Un elevado porcentaje de películas estaba basado en novelas de autores que permanecieron en el anonimato. El motivo se encontrará en la escasa calidad literaria de las obras. Francis Bret Harte, bien conocido por sus relatos The outcast of poker fíat y The luck of roaring camp entre otros, fue el único que incluso hoy en día se sigue considerando como escritor de primera línea. Temporalmente más próximas se encuentran otras novelas del Oeste como Warlock (1958) de Oakley Hall; Tamsen (1983) de David Galloway- mejor que su última obra, Melody Jones comentada en esta misma sección- y Lonesome Dove (1985) de Larry McMurtry. El autor continúa la misma línea de Lonesome Dove galardonada con el premio Pulitzer, en su última novela Anything for Billy (1988) Dentro del más puro estilo del western el libro relata las aventuras de Billy el Niño- en este caso no se llama Billy Bonney, sino Billy Bone- La historia del famoso forajido por tierras de Nuevo Mexicanas es de todos conocida: cuatrero, ladrón de bancos y trenes, murió a manos del famoso Pat Garret. El libro que nos ocupa apenas se aproxima a la realidad, a no ser por la condición de proscrito del protagonista y su temparana muerte. El lector encontrará un personaje diseñado dentro del más puro estilo romántico, inherente a todo mito. Ahora bien, la caracterización mediante la que se logra es artificial y apenas convincente. El responsable de ello será el narrador gracias al cual conocemos la historia un escritor de folletines de cinco centavos dime novéis casado, pero no conquistado Ñute Rachal, o la pelea mortal que maneja a su antojo, y no se trata de un plagio, las aventuras del protagonista de muchos sueños infantiles. El narrador está también interesado en relatarnos su propia vida, opaca y aburrida, que tan sólo sirve para apartarnos del hilo conductor del relato. En Querido Billy el héroe no debe el apelativo a su aspecto de infante, sino a su actitud pueril ante los acontecimientos. El autor parece emplear una fórmula social en un intento de justificar o, si se prefiere, humanizar la figura del cuatrero. Por supuesto que las aventuras de Billy el Niño son una fuente inagotable de posibles argumentos, pero esta reconversión arbitraria de un material conocido es, cuando menos, peligrosa. La traducción, y contamos con magníficos traductores, se encuentra al mismo nivel que la novela. El primer aviso ya lo recibimos en el título. La lectura confirma nuestras sospechas: Tenía un aspecto grave, y siguió sujetando el cuerpo de su amigo en la yegua que apenas minutos antes cabalgaba. José Antonio GURPEGUI