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56 A B C ESPECTÁCULOS MIÉRCOLES 9- 8- 89 La risa irremmciable Ayer falleció Antonio Garisa, decano de la comedia El actor zaragozano Antonio Garisa falleció ayer en la madrileña clínica de la Concepción a los setenta y tres años de edad. El popular actor cómico, protagonista de títulos tan significativos como Los ladrones somos gente honrada, Secretaria para todo o Míster Real Madrid, estaba considerado entre sus compañeros de profesión como un actor tremendamente humano y como hombre que amaba el teatro por encima de todas las cosas Madrid. Servicio de Documentación En un alarde de ductilidad poco corriente, Antonio Garisa encarnó en los escenarios todo tipo de personajes. Nuevo rico, unas veces; don Juan o bohemio, otras; cura, padre de familia numerosa o modesto empleado, siempre se las ingenió para hacer reir al público con un humorismo que él solía definir como la transformación de la lágrima en sonrisa Quien así hablaba no fue nunca proclive a la grandilocuencia ni al envanecimiento por sus éxitos, o por el bienestar material del que siempre gozó. Considerado como el actor más acaudalado del teatro español, presumía, tan sólo, de ser como el marqués de Bradomín: Feo, católico y sentimental Antonio Garisa nació el 13 de junio de. 1916, en el barrio zaragozano de Las Tenerías. Concluidos sus estudios de bachillerato en los Padres Escolapios, ingresó en la Escuela de Declamación, a la que llegó guiado por una vocación de actor que no conocía antecedentes en la familia. El padre, ferroviario, se puso en guardia al conocer sus pretensiones de dedicarse a la farándula, si bien cedió pronto ante lo irrevocable de su decisión. Sus primeros pasos artísticos los dio en la compañía dramática de Alfonso Muñoz y Ricardo Calvo, produciéndose su primera aparición ante el público con una obra de los hermanos Álvarez Quintero, Mariquita Terremoto. Tras el paréntesis de la Guerra Civil, estrenó como actor profesional La tela, obra de Pedro Muñoz Seca. Decantado definitivamente hacia la comedia, encabeza más tarde el reparto de Nidos sin pájaros, en el Infanta Isabel, al tiempo que comienza una nueva etapa en su carrera que duraría nueve años y en la que estuvo metido de lleno en papeles cómicos. Antes de dedicarse al género musical, que cultivaría durante casi dos décadas, se casó con la también actriz María Luisa Amado, y con ella tuvo una hija. El matrimonio fue contratado por la compañía de Paco Martínez Soria, y después por la de Pepe Isbert, con la que estuvo unos meses en el teatro Fuencarral de Madrid. Actuando en este teatro, el empresario Pepe Román le propuso trasladarse al Martín, donde permaneció dos años haciendo revista. Por entonces, era ya un actor plenamente identificado con lo castizo y, sobre todo, con o típicamente español. A propuesta de su representante artístico, Manuel de la Rosa, Garisa decidió asomarse al desconocido mundo cinematográfico. Rodó Esa pareja feliz, película con la que se iniciaban como directores Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, alumnos del Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. Le siguieron otros muchos títulos: Los ladrones somos gente honrada. Secretaria para todo, Esa picara pelirroja o Mister Real Madrid, entre otros, encuadrados todos ellos en el más Antonio Garisa puro folclore hispánico. Su actividad, casi frenética, en el cine, el teatro y la televisión, fue minando poco a poco su salud, hasta que, en la Nochevieja de 1974, se le intervino urgentemente de esófago. Tras la operación, necesitó varios meses de recuperación antes de retornar a los escenarlos y platos, lo que hizo de forma paulatina. De Antonio Garisa, que fue también empresario teatral durante muchos años, se dijo que era el actor más rico del teatro español, extremo éste que él reconoció en múltiples ocasiones al señalar que, efectivamente, he ganado bastante dinero, pero lo he invertido para tener una vejez tranquila Fruto de su trabajo incansable y de su notable vis cómica La crítica fue unánime al reconocer su buen hacer artístico. Garisa, que hubiera querido ser torero, aunque le faltó valor para ello, era un actor tremendamente humano y, fuera de los escenarios, un hombre cordial que amaba el teatro por encima de todas las cosas. Un segundo de primera Aunque lo suyo era el teatro y de preferencia la revista o, en ocasiones, la zarzuela, aunque también intentó el musical a la americana, en el que fue estupendo protagonista- pese a que el éxito popular no lo acompañara- -de El violinista en el tejado, Garisa ha dejado también su impronta en el cine, en el que debutó nada menos que de la mano de Bardem y Berlanga, en Una pareja feliz, la que fuera opera prima al alimón, de dos de los realizadores más importantes que ha tenido el cine español. Desde entonces- alboreaba la década de los cincuenta- Garisa intervino en cantidad de filmes, casi siempre en papeles cómicos, aunque también tuvo cometidos dramáticos o, por mejor decir, sentimentales y, a veces, al borde de lo sensiblero, haciendo sabio uso de su líquida mirada, su belfo colgante, su aire esencialmente bonachón. Fue uno de nuestros grandes secundarios. Un segundo de primera. Uno de esos actores que nunca- o casi nunca, porque hay excepciones- protagonizaron una película, pero que dejó en la mayoría de las que intervino la prueba palpable de que estaba en posesión de un saber hacer del que con frecuencia carecían quienes encabezaban los repartos. En la serie La noche del cine español, de Fernando Méndez Leite aprendimos a amar a los actores y actrices de reparto, que, en la versión retrospectiva que de nuestro cine se nos proponía desde ella, resultaba que una y otra vez estaban a punto de salvar películas que de otra manera serían impresentables o, simplemente, las salvaban, así, por las bravas. Eran los actores de la generación y la raza de Garisa verdaderos todo- terreno que con igual entusiasmo hacían parodia que solemnes productos, por así decirlo, culturales como a él le sucedió, respectivamente, en la subvalorada Venganza de Don Mendo, de Fernán Gómez, y en la ambiciosa Dulcinea, de Vicente Escrivá. Pero, por lo general, hacía lo que en otro tiempo se llamaba tipos Es decir, personajes en cierto modo unidimesionales, pero no por ello menos humanos. Papeles, en suma, de composición en los que potenciaban lo que tenían de más característicos. En el caso de Garisa, la mirada y la voz, una voz personalísima, inconfundible, tanto por su tono como por su deje, que algo recordaba de su origen aragonés. No trabajaba demasiado Garisa en los últimos años. Ni su salud se lo permitía, ni, de otra parte, el cine que se hacía en España, que se quería de prestigio tenía demasiados huecos para su peculiar estilo; para, por qué no decirlo, su humanidad. Posiblemente, así, a voz de pronto, los más jóvenes, por su nombre, no sepan quién era. Lo reconocerán, no obstante, en cuanto, él azar del pase televisivo de cualquiera de sus decenas de películas, escuchen su voz, perciban su mirada. Y, aunque lo confundan con alguno de sus ilustres colegas, no por ello dejarán de rendirle homenaje. Porque la gloria de los fenomenales secundarios del cine español- pocos van quedando ya de la gran época- es, de alguna manera, colectiva. Global. César SANTOS FONTENLA