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36 A B C EN LA MUERTE DE MANUEL HALCÓN DOMINGO 30- 7- 89 Latido andaluz N ADIE como Manuel Halcón para oír el latido de vida que desprende cada haza de tierra de Andalucía la Baja, tal si le aplicara a su pecho de bujeo un fenomenal fonendoscopio al que no se le escapara el más mínimo sonido; ni nadie tampoco para saber reflejarla con mayor autenticidad, surco tras surco de las líneas de una condensada prosa siempre en sazón y a la espera de que el campo llame con sus nudillos trimilenarios. Dar con el vocablo justo, preciso, el que le corresponde, y lanzarlo a voleo, igual que se sembraba antaño el trigo. Y así a lo largo y ancho de una vida y de una obra, en la que no hay ni un segundo de infedilidad en el abrir, de par en par, las ventanas a un paisaje que respira, transpira en torno suyo. Hay que dar a las cosas su nombre decía uno de sus personajes, al igual que el olivo que Jesús sentía respirar y al que realizan una poda de encaje De ese modo, leer a Manuel Halcón será sentir un ramalazo vital, campero y verdadero, que os invade por completo, sea desde las ciaras del día- esa hora a la que aludía Rodrigo Caro debia cogerles ya de pie a los labradores a las puertas de sus cortijos- o bien metidos ya en la inmensa noche, arriba, la gran siembra de estrellas He aquí una imagen clave para entender las raíces telúricas que unen, amarran a Manuel Halcón a una verdad infalible e indudable: la propia tierra que le vio nacer. De tal forma que el cielo se diría que es una tierra vuelta del revés donde las estrellas se siembran. Espiguemos por las besanas de sus páginas y aparecerá la diana constante del principio al fin. De La Vicaría verbigracia, de las Aventuras de Juan Lucas (1945) tanto en el gorrión ratoneando en el aire la marea del viento fresco para aventar las parvas que en el marqués de Los Dueñas (1956) cuando asegura que mantiene el campo en la retina, no conversa sino de él, al par que lo escucha, porque hace tiempo que me lo tiene dicho todo Puesto a escoger resaltemos Ir a más (1967) a tenor de las cronologías de las ediciones que dispongo a la mano. Bruno, del Principado de Prisca, se deslumbra en los llanos del Torbiscal con la espléndida teoría de aspersores arco iris abierto al sol, polvo del agua, lección del agro español la mecanización modelo, los puntos amarillos de tractores orugas aquellos que en sus comienzos jadeantes sorprendió Fernando Villallón, faros por ojos, ruedas por pezuñas y hacen en una pasada lo que diez hombres y diez yuntas, mientras con sus setenta caballos de fuerza soterrada levantan cerca de medio metro más hondo, arrancan la gramilla de patilla donde antes se arañaba doce centímetros. Bruno pregunta entonces al camionero transportista por qué emigra la gente del campo al pulpo de la ciudad. El camionero no duda en las respuestas. Parte por creer que, de quedarse, existen menos oportunidades de ir a más y parte, los jóvenes, por inundarles el aburrimiento. Con idéntica intuición genial, Manuel Halcón incide en la influencia que entre los empresarios agrícolas ejerce el regadio, la única uralita posible para intentar cubrir esa fábrica sin techo del negocio, que no lo es de llevar el campo adelante. Al multiplicarse con el agua los cultivos, roturada por el esfuerzo. La llamada Desullabueyes ¡Y qué exactitud en puntualizar que no es tirar sino empujar con la frente de los bueyes los yugos y las carretas atascadas! Desentrañar el secreto que encierra que el hermano, abogado en Madrid, no pueda alejarse, ha de retornar al rancho de La Pinera una vez y otra, para recargar sus baterías vitales. Él siempre fue algo poeta, ¿sabe usted? y dice que se siente con más vida sumándole a las vidas que hace producir. Se refiere a las plantas que él siembra. Leiv motiv de Manuel Halcón, poeta de cuerpo entero, a fuer de vivir y hacer vivir la tierra que le rodea. Bruno, en tanto castran algodón y remolacha- dejar las dos matas mejores, darle un gañafón a la hierba que molesta se coloca en el cortijo de Estiva, en la cuadrilla de regabinadores, en pos de la muía Peregrina que, además de ser castaña, encendida, cuatro años en la boca, es lucera y bebe en blanco Términos, como el del ignominioso paso colado de una burra, que requiere mucha sabiduría sobre el terreno que se pisa y el ganado que se mueve en él. A semejanza describe la canga y su manilla que hinca la regabina entre las hileras de las plantas, tapa las grietas de la tierra, que para algunos sólo era pergaña y en verano, el rumioso ruido del terrón al ser destripado y atrae los jugos del subsuelo. La realidad, no cabe expresarlo mejor, ni más poéticamente por si fuera poco. Bruno pasa después a ser velador de mulos. Su deber, llevarlos al pilar a que beban y de reata a la rastrojera para pasar la noche, la hierba enternecida por la blandura. Trabar y arretear a las bestias que avanzan con paso de canguro Imágenes redondas, perfectas, como piedras alisadas por un río de prosa ordenada, jamás desmelenada, de Manuel Halcón, metida de lleno en el cauce de contarnos tamaños menesteres. Uno recuerda, inevitablemente, a los dos Columelas, el Viejo y el Joven, y le suena el eco de Virgilio, con estas geórgicas de la Bética. ¡Qué buen ojo, Santo Dios, para saber discernir que el bozal de alambre aplasta los ollares al animal! le impide la respiración franca y la bestia de trabajo que en el pilar mira y no bebe será porque no ha comido bastante o que está enferma limpio el pilón para que no haya sanguijuelas ni verdina. O, pongamos por caso, el azufre de las pajuelas quemadas atonta a las gallinas para que no cacareen, de lo que se aprovechan los ladrones de aves. Ni una línea que no sea verdad relativa al campo andaluz. La verdad de esta tierra que empuja a la planta. Algo que a primera vista parece fácil, pero que es difícil de veras y sólo se reserva a los maestros, a los privilegiados, entre los cuales, y a la cabeza indiscutible, se encuentra ese señor de la pluma que es Manuel Halcón, y con el que nuestra tierra guarda un deuda tan antigua como impagable. De quien sabe mejor que nadie que la vida se reduce a que hay que volver la yunta al final de la amelga y volver a empezar. Jesús DE LAS CUEVAS n éstos exigen las comercialización hacia afuera. Antes el labrador podría esperar en su casa. Hoy tiene que salir de ella y buscar el cliente. Diferencia notoria, al fondo, latente, la industrialización in situ de los productos, la fábrica cercana, cuyo humo- profetizó Prim y ya ha llovido- -sería el mejor abono soñado. A todo esto, ya está situado Bruno en la tierra vivida, amada hasta lo más profundo por quien lo ha hecho levantarse, su creador en suma: el fondo de saco de la provincia de Sevilla, lindando con Cádiz, bajo la luz del declivio del lubrican Lebrija, a un lado la marisma transformada en secano y la dureza Un señor Acaban de decirme que ha muerto Manuel Halcón. Me siento vivamente contristado. He sido muchos años amigo suyo, compañero en la Academia. En su Anuario ponía: Escritor, Agricultor Era las dos cosas; algunas veces me mandaba sus libros; otras, un saquito de garbanzos- garbanzas, con mayor precisión- -de sus tierras de Lebrija. Manuel Halcón era hombre de exquisita cortesía; su simpatía, su ingenio, su alegría, su goce en el vivir, todo ello estaba empañado por una inconfundible melancolía. La tenía también su literatura: Manuel Halcón era un fino escritor, bastante olvidado, hace ya muchos años, por la moda, pero de una calidad que lo hará pervivir y que, algún día, se volverá a estimar. Tenía algo que no es frecuente: señorío. Templado por la más grande afabilidad, por un gesto con el que intentaba borrarse, y que no tiene nombre mejor que elegancia. Era sevillano, con todas sus consecuencias; había nacido en esa prodigiosa ciudad hace 85 años, y la llevaba dentro. Era un ejemplo de una variedad humana que no es fácil encontrar: un señor andaluz. Julián MARÍAS de la Real Academia Española