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10 junio- 1989 ABC fíTérarío Nbvela ABC XI La costa de los murmullos Lidia Jorge Traducción de Eduardo Naval. Alfaguara Madrid, 1989. 304 páginas A veces el silencio es más importante que las palabras porque lo han labrado todos los ecos del mundo, porque es resonancia oceánica ante la que nadie habla, ante la que todos temen. Éste es el silencio que se confunde con la sombra del lenguaje, que parece ceniza de recuerdos deshaciéndose en el espacio de la memoria. Con este silencio, que adelgaza las palabras y las disuelve, parece haber sido escrita La costa de los murmullos, cuarta novela de Lidia Jorge (Algarve, 1946) La escritora, seguidora en cierta medida del espíritu renovador que imprimió a la narrativa portuguesa Agustina Bessa- Luis, ha sido considerada por la crítica lusitana como una de las más brillantes novelistas jóvenes del país vecino. Lidia Jorge se desliza- Parezco triste porque mi madre me hizo deslizarme así sobre este mundo -a lo largo dé las trescientas páginas de esta novela en un intento de desvelar lo que significó el final de la colonización portuguesa en Mozambique en los últimos años del sesenta y comienzos del setenta. Sin embargo, ya desde los inicios de la novela se siente la imposibilidad de poder abarcar la verdad de los hechos, porque todo lo que queda de ellos son simples residuos, fugaces impresiones en la memoria de las mujeres de aquellos militares, enfangadas en un destino que no escogieron y del que son víctimas indefensas y desesperanzadas. La inconsistencia de la versión oficial, que la protagonista Eva Lopo no hace sino rehacer una y otra vez a lo largo del relato, nunca es rechazada abiertamente porque, en definitiva, ésta como cualquier otra interpretación tiene la misma irrealidad o la misma validez ante el recuerdo que es, en sí mismo, inconsistente e inútil. La conciencia navega así por el fluido del tiempo como por una charca de agua estancada donde no son importantes los seres, sino su reflejo. La anécdota se reconstruye con cada nueva imagen, y la sensibilidad parece quebrarse en cada momento, ahogada por la nostalgia. La saudade es un sentimiento tan universal que hasta los esquimales la tienen. Pero nosotros tuvimos la desgracia de que gente del Miño, en otros tiempos, la haya aprisionado dentro de una palabra, como el vino en el interior de una botella. Saudade no es un concepto, sino una enfermedad psíquica, un comportamiento y una filosofía. En el mundo de los sueños y de las esperanzas desvanecidas, donde la voz enmudece y pierde su capacidad de explicar y comunicar, las palabras son apenas la sombra de un inmenso e insondable silencio. Poco a poco las palabras se. aislan de los objetos que. designan; después de las palabras sólo se desprenden sonidos, y de los sonidos quedan sólo los murmullos, el último estado anterior al apagamiento escribe Lidia Jorge por- boca de su protagonista. A esto queda resumido en este libro el amor y la muerte, la mentira y la verdad, el, recuerdo y el olvido. Antonio MAURA Ingleses excéntricos ¿Edith Sitwell Traducción de Jordi Fipla. Tusguets Editores Barcelona, 1989. 269 páginas. 1.100 pesetas Aunque Edith Sitwell muriera en 1964, quien se atreva a criticar uno de sus libros aún puede temer su respuesta inmediata y fulminante; -sus pleitos con los críticos- adversos o n o- fueron espectaculares. A, sys protegidos- D y j á n Thomas, por ejemplo también les exigía lealtad sin tacha y es lógico que las excomuniones fuesen temibles. Nació en 1887, hija de un baronet ensimismado en la crónica del pasado familiar y de una madre frivola que no comprendía que su hija se rodeara de libros. Fue la mayor, de un trío fraterno y poético: de Osbert (18921969) se lee su extensa autobiografía y de Shacheverell- nacido en 1897 y muerto hace unos meses- se recuerdan sus ensayos sobre el barroco del sur, noticias de un viajero goloso de todas las arquitecturas. Del trío, ella dijo: Tenemos todos ei remoto aire de una leyenda Cabe decir que se habían propuesto tenerlo desde que emprendieron su campaña en contra de la poesía georgiana y a favor de Yeats y Pound. Edith Sitwell escribía en la cama y desde allí, con digno porte de urraca, lanzaba anatemas contra la rutina estética y la barbarie. Se le conocen devociones, pero no amores: el novelista Wyndham Lewis fue, al parecer, el único hombre que jamás osó insinuársele. Ocurrió cuando la estaba retratando con puro estilo vorticista, invento del propio Lewis. No le gustó saber que su hermano Osbert era homosexual y de Vita Sackville- West dijo que, de no haber sido por un accidente del destino, su naturaleza era masculina. Usó tocados asombrosos, túnicas recamadas de oro, inmensos anillos de marfil. Para estilizar su rara fealdad se expuso en efigie. Cecil Beatón la adoraba en sus fotografías y la definió como un espantajo alto y gracioso, con manos de santa medieval. En el delicioso opúsculo Las mujeres inglesas, Edith Sitwell escribió que la cualidad distintiva del inglés es el carácter, no el intelecto. Demorarse en la galería de excéntricos no tan sólo ayuda a combatir la melancolía, sino que- como sombreado que resalta un perfil desconocido- da a ese carácter toda su identidad. En Ingleses excéntricos: (1933) dice que la propensión inglesa a la excentricidad se debe al conocimiento de su infalibilidad, sello distintivo y derecho de nacimiento británico. Uno también puede creer que se dio- alguna impunidad porque esos excéntricos burlan casi siempre a acreedores y enemigos. Eran fundadores de religiones, dandies y. carcamales, inventores y viajeros: nada de lo más excéntrico les fue ajeno. Thomas Parr contaba ciento veinte años una de las veces qué- sa casó y tuvo un hijo; la condesare Desmond murió a los ciento cincuenta, al trepar a un manzano. Otros gustaban de alquilar un ermitaño para sus jardines. Lord Rokevy tomaba mucho consomé, pero algunos- le creyeron caníbal: fue famoso por sus baños eternos y barba luenga. Andrew Boorde, médico de Enrique VIII, se metió monje. La señora Celestina Collins dormía con treinta gallinas en la cama. Sir Charles Hall aliviaba ventosidades ajenas y Katterfelto peroraba sobre el arte caprimántico. El sedicioso señor Spence postuló que cada criatura humana se merecía una parte de las rentas de su parroquia; John Myttón bebía tanto que montó a lomos de un oso pardo creyendo que era su caballo y para quitarse el hipo prendió fuego a su camisa de dormir. Brummel y Coates derrocharon elegancia. Thicknesse tanto seduce viudas como abraza a los pieles rojas: huye, abrumado por las deudas, y al morir lega su mano derecha al hijo. Fórdyce seguía la dieta carnívora del león, pero con alcohol, y Herbert Spencer rechazó a una dama por tener perfil de cascanueces. Excéntrico en la medida en que todos los grandes caballeros lo son porque sus gestos no están hechos para adaptarse a las convenciones o a la cobardía de la mutitud Waterton monta a lomos de un cocodrilo y está decidido a volar. En esa prosa intrincada y de apariencia estática, un argumento o la ironía se arrastran sesgadamente hasta que todo queda fijado como estuco que proliferó en la mansión- yeso pero también oro- Cautelosamente, Edith Sitwell aludía en su cuaderno de notas a Chineo cuando dice que en la sombra de un hombre que camina hay más enigmas que en todas las religiones: ella añadió que el poeta moderno esperaba oír una voz procedente de esos enigmas, la voz de la Esfinge. Por eso mismo, Ingleses excéntricos no tan solo es una feliz y divertida miscelánea de extravagancias, sino que acude a la sombra del personaje para garantizar su infalibilidad. Abundante en fuego aire o sangre la poesía sinestésica de Edith Sitwell fue excéntrica, hasta que en el horror de la Segunda Guerra Mundial descubrió la emoción. Un puñado de aquellos poemas preserva una frescura que no se dejó asfixiar por el tapiz. Sibila gótica, icono ambulante, Edith Sitwell escribió sobre Bath y las Reinas Isabel y Victoria, noveló la vida de Swift. En 1955 se convirtió al catolicismo. Ella y Osbert dieron recitales de poesía en los Estados Unidos a treinta y cinco dólares la entrada- Prokosch, fallecido hace unos días, describe en sus memorias una fiesta neoyorquina en su honor, con Edith como bruja camaleónica- Al final- junto a una notable afición a la ginebra- alcanzaba un status oficial de excéntrica que le permitió pagar deudas y llegar gozosamente hasta las puertas de la muerte. Posó su mirada bizantina sobre todas las cosas, pero e! tiempo aún no ha dicho su última palabra. Valentí PUIG