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11 febrero- 1989 ABC fíícrarío ABC XI comunidad cultural ra lo que Foucault pensaba del poder: está en todas partes y en ninguna parte, insidiosa y exclusiva. Pero visto de otra forma, la identidad de Europa no se ve enriquecida por ello, a diferencia de la época en la que, poniendo en fila a Picasso, Sartre, Malraux, Moravia, Russell, como un ejército desfilando, ocupaba el escenario del mundo y parecía existir por ese mero hecho. menos actúa libremente. En un país que todavía se atreve a emprender grandes obras, el Estado sigue siendo en cierto modo el primer actor cultural. ¿Qué cabe imaginarse del diálogo entre un orgulloso ministro francés, su colega italiano, abrumado por los créditos para la restauración, los responsables ingleses o alemanes, carentes del menor peso político, cuando unos y otros se sientan a una misma mesa europea? ¿Cómo esperar de un areópago tan heteróclito acciones que requieren una voluntad política, decisión y créditos? concibe el reflejo nacional; el reflejo europeo es un artificio. Séptima verdad: Frente a un mundo cada vez más permeable, la cultura sigue siendo uno de los últimos- vestigios de la identidad nacional. Del mismo modo que las patrias chicas volvieron a descubrir sus dialectos (frente a la urbanización acelerada, los Estados- naciones, esas patrias chicas del siglo XXI, se aferrarán más a su ego cultural Desbordados por lo audiovisual, la música, las modas, el baile de los signos y de los símbolos, tenderán a sobrevalorar sus respectivas culturas nacionales, como si se tratara de la prueba última de su- identidad. Frente a la marejada de cultura occidental o mundial, la Europa comunitaria no es un espacio pertinente. No lo fue en el pasado; no lo es en términos de acción pública; de hecho, lo será cada vez menos. Si Monnet soñaba, a posteriori con empezar por la cultura en su sentido clásico, se equivocaba de objeto. Pero tal vez estuviera pensando en la enseñanza. Alain MINC C UARTA verdad: La cultura se ha convertido a su modo en una ingente industria, que sirve de pretexto para un turismo de masas, suficiente- -se olvida con demasiada facilidad- ¡para volver a equilibrar o para desestabilizar las balanzas de pagos! Monumentos, museos, exposiciones, acontecimientos culturales excepcionales: ¡tantas armas para hacer que entren los visitantes, las divisas y el capital! Los países europeos compiten unos con otros en este juego. ¿Quiere España realmente que el Quinto Centenario se celebre en Europa si no es en su propio territorio? ¿Quiere Francia exportar el Bicentenaho de su Revolución? Madrid lucha p o r o b t e n e r el mu se o T h y s s e n Bomemisza a golpes de miles de millones, como en su época Ford con General Motors; París promueve hasta la saciedad las grandes obras: Roma acelera sú rehabilitación. Desde luego, nadie reconoce su egoísmo, detrás de ios valores culturales, la ética y los grandes principios, pero la necesidad obliga. Hay que saldar las cuentas en el exterior, y desde ese punto de vista, la cultura es más eficaz que la maquinaria o los automóviles. EXTA verdad: Aunque las condiciones políticas se cumplieran milagrosamente, la idea en sí de una comunidad cultural europea carece de sentido. ¿De qué se trataría? ¿De adicionar sistemas de ayuda? ¿De asegurar una perecuación de los créditos? ¿De ayudar a los países con menos recursos frente a ingentes patrimonios que hay que mantener? ¿De facilitar los intercambios de compañías de teatro? ¿De subvencionar obras que quedarían marcadas con el sello europeo? ¿De edificar museos o espacios europeos ¿Qué podrían ofrecer de particular, además de ser los mausoleos del sueño europeo? En materia de cultura se S Unidad en comunicación Europa ha sido siempre una unidad cultural con tres raíces: la raíz griega, la raíz romana y la raíz religiosa judeocristiana. Se ha formado como una unidad en comunicación; durante muchos siglos ha tenido como lengua de cultura el latín y en todo caso ha habido una comunicación. Cada país europeo se ha nutrido de ideas procedentes de los demás, de las originarias grecorromanas y de las posteriores, es decir, nunca se puede hablar de una nación europea con una cultura aislada. Si una nación europea se atuviera a sus propias ideas, viviría en estado de pobreza intelectual. En ese sentido, por tanto, hay una unidad cultural europea profunda y muy antigua que está precisamente perturbada ahora en los últimos decenios por un relativo desconocimiento mutuo de las naciones de Europa. Es decir, en otros tiempos, a comienzos de este siglo, había personas en cada país profundas conocedoras de la cultura de otros países que comunicaban a los habitantes de sus países lo que era el estado de la cultura en los países extranjeros. Ahora hay una comunicación superficial mucho mayor. Los países se comunican superficialmente, se viaja de unos a otros, hay informaciones de Prensa muy frecuentes, pero en cambio falta el conocimiento verdaderamente profundo de lo que son las culturas de otros países, y creo que si se hiciera un examen a un europeo cualquiera de lo que es realmente la cultura creadora en otro país europeo, el resultado seria bastante lamentable. Y esto introduce una falta de conexión en Europa, introduce un elemento de aislamiento y hace que los países vivan en cierta medida provincianos, reducidos a sus propios límites, sin saber verdaderamente qué es lo que se hace o qué es lo importante en. otros lugares. Hay un fenómeno que me parece importante, y es que hay una especie de famas automáticas, de famas comunes, de autores que, por razones unas veces políticas y otras veces por razones editoriales o económicas, tienen una especie de fama universal automática. Se habla de ellos siempre, se habla siempre de los mismos, sus libros se publican, y antes de que se publiquen se habla de ellos en los demás, se piden los derechos de traducción antes de que aparezcan, es decir, antes de saber si son buenos o malos, y en cambio hay un desconocimiento general de lo que más profundamente se crea en otros países fuera de esos cuantos nombres que tienen una circulación internacional, y esto creo que significa un empobrecimiento de la unidad cultural de Europa que sería menester superar. Julián MARÍAS Quinta verdad: Quien dice política cultural europea dice acción estatal. Pero los Estados no se parecen nada unos a otros a este respecto. Ni Gran Bretaña ni Alemania federal poseen una administración central; patrimonio básicamente de las colectividades locales o de los Lander, la cultura no es asunto del Gobierno. En Italia, las iniciativas también están descentralizadas y el Ministerio parece más que nada una superintendencia de BellasArtes, encargada del patrimonio. España se parece más a Francia. No es casualidad, pues en ambos países la cultura se. ha revelado desde hace tiempo como un instrumento de influencia internacional. En cierto modo, la hispanidad y la francofonía representan ambiciones paralelas. Pero en ningún otro lugar existe un Ministerio de Cultura a la francesa. Extraña alquimia en la que intervienen la eficacia tecnocrática, la vieja costumbre del Estado tutor y del Estado protector de las artes y de las letras, el misterio del verbo y esta transustanciación contemporánea que permiten los medios de comunicación. Los militantes más liberales suelen recordamos que sólo la URSS y Francia han creado Ministerios de Cultura tan poderosos. ¡Error! ¡La institución soviética no tiene ni el prestigio ni la importancia del Ministerio francés! Desde el momento en que el Estado empieza a perder año tras año parte de sus atribuciones, queda cada vez más anclado en la tradición del Estado constructor y mecenas: de esta forma, al