Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
XVI ABC ABC- ftícrarío La última palabra 14 enero- 1989 El Hombre del Insomnio C OMO el Hombre del Saco, su compañero de gremio, el Hombre del Insomnio salta embozado y silencioso la tapia de las viviendas para llevar a cabo su vil tarea de ladrón de sueños. El Hombre del Insomnio, dolido y molesto con algunas personas tipo Gunilla von Bismarck porque no hay manera de pillarlas una noche en casa, suele visitar casi siempre los mismos hogares: los hogares de los que sí se recogen a una hora decente, ya que irrevocablemente tienen que madrugar para ir al trabajo, buscar ídem o asistir a sus clases. De entre los hogares mencionados, el Hombre del Insomnio, aventajado alumno del marqués de Sade, prefiere ejercer su profesión en aquellos cuyos propietarios no son del todo infelices, pues desvelar a las personas que tienen sus postigos marcados por el signo del desasosiego más profundo, es una faena demasiado fácil, sosaina, indigna de tamaño artista. Obvio decir que tampoco le gustan un pelo los ciudadanos que nada más percatarse de su presencia se toman un somnífero; el Hombre del Insomnio, cada vez que se a c u e r d a de ellos, se pone a gritar furioso que son unos cobardes, que si quieren luchar con él que lo hagan limpiamente y no guarecidos bajo el innoble escudo de la química; de todos modos, en el fondo le da igual y les espía con histérico gozo porque sabe que, tarde o temprano, los somníferos ingeridos de forma sistemática dejan de surtir efecto, y entonces su venganza será terrible... El Hombre del Insomnio, una vez dentro de las casas de las gentes sin conflictos monstruosos, corre de puntillas hasta la salita de estar y se sienta invisible en las rodillas de su prójimo elegido, el cual, como movido por un resorte, se marcha a la cama pitando sin ni siquiera dar las buenas noches a su familia; después, cuando la víctima ya está tumbada en el lecho con la luz apagada, se acuesta a su lado, le hace cosquillas en los pies- -no puede evitar hacerse el gracioso- y, luego, como un Drácula inofensivo, físicamente hablando, le da un señor beso en el cuello. Es su acto crucial. Es su acto decisivo porque a raíz del mismo la víctima empieza a pensar, por ejemplo, en el alud de letras que se le viene encima ese mes, o en lo tarde que llega su hija pequeña por las noches, o en que trabaja como un mulo y recibe un sueldo de hormiga, o en que hay qué ver las arrugazas que le han salido últimanente en la frente... tras varias angustiosas horas de dar vueltas, de menearse en la cama, de gruñir improperios, de sudar como un pollo, la víctima del Hombre del Insomnio, desquiciada, con los pelos de punta y las uñas mordidas hasta la carne, se levanta y comienza a deambular de arriba abajo por la casa cual zombie De cuando en cuando, se toma un vaso de leche con coñac por si los efluvios del alcohol, tan letales ellos, consiguen asfixiar de una vez por todas a ese huésped tan tirano que le está haciendo la noche imposible. O se pone a fumar como un descosido. O pone el vídeo. O lo epaga. O lo vuelve a encender... Así, en este estado grotesco, comatoso, pasará el tiempo hasta que suene el despertador desde su cuarto y tenga que ir corriendo a apagarlo para no turbar el nunca más envidiado sueño de su familia. No hace falta ser un lince para presentir que la víctima, ojerosa, más pálida que doña Margarita Xirgú en escena, soliviantada, con toda la nicotina del mundo en sus pulmones, esa mañana se quedará dormida en el autobús o en el coche, discutirá con sus compañeros de trabajo, y, al acabar la jornada, no le cuadrará, por mucho que lo repase, el balance. Yo, que ahora por fortuna duermo como un Hron, sufrí, sin embargo, en mi adolescencia, frecuentemente, la tortura espeluznante de no pegar ojo; al principio, como todo el mundo, me desesperé lo indecible y también, alguna que otra vez, me aferré a salvaciones químicas. Hasta esa bendita noche. Hasta esa noche en que después de ordenar por undécima vez la estantería, de intentar sin éxito concentrarme en la lectura del Diez Minutos y de rogarle repetidas veces al cielo que apartara de mí el amargo cáliz de la vigilia, me derrumbé en el sillón del comedor y, tras recordar de golpe, no sé por qué, ese refrán qué dice, más o menos, si no puedes vencer al enemigo, alíate con él decidí no hacerle frente y dejar que se acercara a mí con toda tranquilidad y afabilidad, actitud ésta que le sorprendió sobremanera y que provocó que se sentase nuevamente en mis rodillas, esta vez para poder mirarme a los ojos de cerca. Entonces ocurrió lo imprevisible. Entonces, el Hombre del Insomnio posó un instante su mano enguantada, negra, con un sello de amatista en el dedo anular, en mi hombro, y en seguida caí en un sopor densísimo. Recuerdo que tuve una visión muy extraña, una visión con la misma atmósfera que los cuadros del Greco: yo estaba sentada en el banco de una catedral gótica y todas, mis personas queridas, hasta las muertas, me daban la manó sonrientes como felicitándome por algo. Cuando volví de esa especie de tercera dimensión amanecía y el Hombre del Insomnio ya se había ido. Pero me dejó a los pies del sillón un pergamino: era su lista de víctimas. Mi nombre, escrito con mayúsculas, había sido tachado con tinta de oro; a su lado, en el margen, la anotación siguiente: No te preocupes, que no volveré a recoger el pergamino: tengo copia. Almudena GUZMÁN