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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 6 NOVIEMBRE DE 1988 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA AY a c t o r e s que afirman que, en su quehacer interpretativo, tanto les da el teatro como el cine, mientras otros se decantan en un sentido o en otro. Yo creo que hay actores versátiles a los que el paso del cine al teatro, o a la inversa, no les afecta demasiado, lo que no quiere decir que sea lo mismo actuar para el teatro que para el cine, ya que el primer plano vino a revolucionar la expresividad anteponiendo el gesto al ademán. Hay que tener en cuenta que a partir de la décima fila de butacas los rasgos del actor se difuminan, sus palabras se pierden, y entonces, el actor, para hacerse comprender, debe reforzar no sólo el volumen de voz sino también su mímica. El actor de teatro da natural en la platea a través de un discreto énfasis que la distancia aminora. A veces ha de recurrir al aspaviento y la gesticulación para conseguir que en el patio de butacas cobre su verdadero sentido lo que trata de comunicarnos. Lo primero que debe tener, por tanto, el actor de teatro es un sentido de la medida para que la proyección 6 e su voz, sus visajes y ademanes no se pasen ni se queden cortos. Después habrá que tener en cuenta otras cualidades- tono, prestancia, dominio escénico- para que podamos calificarle de buen o mal actor. Mas de ordinario, al actor mediocre, antes que faltarle estas cualidades, de lo que carece es de tiento, de mesura. El actor mediocre se excede, subraya la voz y la pantomima, chilla, gesticula. Hay en él una sobrecarga interpretativa o, como ahora suele decirse, se sobreinterpreta ABC saje, aprender a decir las cosas con los ojos. Estas reflexiones obvias me asaltan al volver a ver la interpretación que el actor Francisco Rabal hace del protagonista de mi novela El disputado voto del señor Cayo. Rabal, según propia confesión, se metió en el teatro para llegar al cine. Permaneció cinco años en los escenarios para disciplinarse, para adquirir soltura. Pero el primer Rabal cinematográfico era todavía un Rabal gesticulante, pasado de mímica. Esto era muy frecuente entre los actores de cine que procedían de las tablas, es decir, casi todos. La carrera de Francisco Rabal ha venido a ser entonces un largo esfuerzo por eliminar lo superfluo, por controlar no ya su cuerpo, sino, y muy especialmente, su rostro, por alcanzar una austeridad expresiva. Buñuel fue para el actor un encuentro saludable. Nazarín es ya una figuración muy digna, tal vez un poco rígida todavía, pero convincente. El actor avanza visiblemente en su camino de perfección. Hay que conocer el amor propio y la profesionalidad de Rabal para comprender sus progresos. Por otro lado, el cambio constante de directores opera a su favor, le enriquece, le fuerza a estar siempre alerta, impidiéndole el amaneramiento. Así llega el que para mí es el momento cumbre de su carrera, de la mano de Mario Camus, encarnando a un retrasado mental, Azarías, en Los santos inocentes, trabajo que le proporcionó, junto a Alfredo Landa, el premio de interpretación de Cannes 1984, máxima distinción para un actor europeo. La figuración de Rabal, impecable, se diluye, sin embargo, un tanto al tratarse de un filme muy habitado. Gomo solía decirse en las antiguas gacetillas, comparte honores este- REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 2800 6- MADRID H LA MIRADA DEL ACTOR Con el advenimiento del cinematógrafo, las circunstancias cambiaron para el actor, puesto que, al aproximar su rostro a la audiencia, bastaba un levísimo visaje para comunicar al espectador Una emoción. Erróneamente se restaba importancia a la voz (a menudo doblaba) malinterpretando el hecho de que el actor ya no necesitaba forzarla. Pero simultáneamente cobró valor algo que en el teatro no lo tenía tanto: un fruncimiento de cejas, el aleteo de la nariz, la profundidad de una mirada; en una palabra, la gesticulación. El actor, que de ordinario procedía del teatro, había de dominarse al comparecer ante una cámara. El primer plano era un amplificador, podía traicionarlo. La imagen predominaba y, al mismo tiempo que se prescindía del manoteo excesivo, había que matizar el vi- Oro en lingotes Monedas Krugerrand Diamantes Centro de Inversión del Oro y del Diamante, S. A. Torres de Jerez. Plaza de Cotón, 2 Teléfc. 419 68 9 1- 9 4- -MADRID- 1 lares con otros muchos actores y actrices (el citado Landa, Diego, Terele Pávez, Agustín González, etcétera) y entre los grandes méritos de Camus sobresale este de haber sabido armonizar la participación de todos, sin hegemonías, en beneficio de la obra. Por otra parte, la representación de un tonto en una película suele ser muy socorrida. El exceso apenas se percibe; las dosis de gestos y ademanes no están tasadas, no claman. Y si además sé le pone un pájaro en la mano, las posibilidades de acertar aumentan. Naturalmente, no digo esto en demérito del actor; al contrario. En la interpretación del personaje de Azarías cabe la demasía, pero Francisco Rabal no incurre en ella. Su tonto es un tonto comedido, templado, absolutamente convincente. A lo que voy es a que con esta figuración no agota sus posibilidades; la provisión de matices que atesora su madurez. Para manifestarlos sólo necesitará una oportunidad, una película con protagonista, de técnica astral, donde el resto de los intérpretes giren a su alrededor. Giménez Rico va a proporcionársela con El disputado voto del señor Cayo. El señor Cayo- Rabal- es aquí el eje, y Giménez Rico le trata como a tal, recoge la cámara, y durante muchos minutos del filme la historia se registra en los ojos del protagonista. A través de sus pupilas es como llega al espectador. Y esta es, a mi entender, la prueba de fuego para el actor de cine. Poco dice Rabal cavando la tierra, gesticulando o extrayendo reteles del río. El actor muestra en esas actividades esa especie de gravidez espesa que caracteriza su movilidad y que, tratándose de un viejo campesino, le va muy bien. Pero con lo que Rabal comunica el apego a la tierra del señor Cayo, su humanidad profunda, su orgullo, su soledad, es con los ojos, en los primeros planos de los que tan frecuentemente echa mano el director. Así, no es fácil olvidar la expresión de Rabal en la larga escena en que relata la historia del Paulino y, sobre todo, su mirada cuando responde al torpe ofrecimiento de los políticos: Pero yo no soy pobre Además de asombro, esos ojos denotan perplejidad, humillación, ofensa, rebeldía... En suma, se trata de una mirada polivalente, la mirada de un gran actor de primeros planos- eso es Rabal- o, lo que viene a ser lo mismo, de un gran actor cinematográfico. Miguel DELIBES de la Real Academia Española