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IV ABC ABC 15 octubre- 1988 -Poesía- La ciudad blanca Ángel Campos Pámpano Pre- Textos Poesía Valencia. 94 páginas La ciudad de Lisboa- tan cerca y tan lej o s- ha suscitado escasas adhesiones líricas entre los jóvenes poetas españoles. Los culturalistas pusieron sus ojos en blanco ante Venecia o cabe las sombras romanas del Vittoriale y alguno más sofisticados se llegaron hasta Bizancio sobre pautas más o menos v n cavfianas. El mito me- Vt diterráneo no parecía r- n o parece- tener fin. Pero un lírico joven extremeño, nacido muy cerca del mar oceánico del rey don Sebastián y de Fernando Pessoa ha variado el rumbo. Y Ángel Campos su sextante enfila hacia la ciudad, poco después del Cuaderno de Lisboa de Santiago Castelo, fuera de la dudosa complicidad del fado sentido. Tampoco pisa la raya del descriptivismo. Su locución se apoya en la memoria concebida como un género literario, como una estructura que a veces, en determinadas ocasiones, sustituye o suplanta a la escritura. Frente a La ciudad blanca nada hay en el verbo que no haya sido pasado por el pensamiento. Mediante una escueta y lenta manera de nombrar, casi deletreando, casi escalonando sus sintagmas y sus versos, se redobla la significación del poema. En la lírica campo- pámpiana la palabra lo salva todo. Sin renunciar a la emoción, se le despoja de sentimientos parasitarios. Le importa a Campos encontrar el sitio justo de la luz en el poema Y una vez encontrado procura que la luminosidad no lo turbe, o le ciegue, sino que le haga ver la esencialidad muda, casi esquemática, de las sensaciones. Procedimientos aparte, en este libro, el poeta atiende al juego fatal de la escritura desde tres actitudes distintas, que se corresponden con las tres partes del libro. En la priPrecisamente este libro, La ciudad blan- mera parte, titulada con el nombre general ca de Ángel Campos Pámpano, escrito an- del poemario, La ciudad... se rememora intes del apocalipsis del fuego que asoló un ba- dependientemente de su presencia. Se conrrio tan definitorio como el Chiado, puede ser- tienen en ella los poemas más elaborados, vir de amorosa esponja sobre las heridas de en una secuencia más densa. Pero también, la urbe maltratada. Porque en estos poemas en una transposición que coloca al poeta en por sobre la materia pintoresca, inmediata, situación más trascendente: Y, allí, solo, en queda ilesa, en pura alma, Lisboa. Campos el muelle, sin nadie, recordé en voz alta el Pámpano a sus apenas treinta años ha reci- comienzo de la Ora Marítima ¿Para qué bido el mensagem de los iniciados como más. Campos Pámpano se inserta en una Reís o Saramago, el preclaro don de evocar tradición sebastianista en lo que podríamos llamar el sueño ibérico Pero también ensus sueños. cuentra el tono de la pasión oculta y misterioEs lógico que Campos Pámpano esté fascinado por la sirena del Tajo. Desde hace tiem- sa. po frecuentaba la vida y la cultura de Lisboa. En pocas palabras. Con una mirada de reDe sus versiones de poetas portugueses y de conocimiento, la ciudad se le presenta como la co- dirección de la revista hispano- lusa Es- un viejo retrato de familia; el transbordador pacio Espaco Escrito le viene una querencia sobre el Tajo le acucia en su sentido de fluimuy concreta. Ha traducido a Ricardo Reis, a do existencial; la lluvia sobre la plaza hace Ramos Rosa, a Carlos de Oliveira, etcétera. más conscientes los momentos en el rincón De sus viajes y contemplaciones, surge este del viejo café Martinho da Arcada, entre otros libro. Un libro limpiamente melancólico, que lugares, accidentes y personas (los soneno se agota en la melancolía. Superpuesta a tos de Antera de Quental, una tarde en Juala lectura lineal contemplativa, el libro asume nelas Verdes con Vitorino Nemesio, los gatos en lo que tiene de metáfora más amplia, la de Alfama) ¡Ah. y un barco cruzando el essensación de acabamiento, de finís terrae tuario. Es la remisión inequívoca al existencomo si en el sol que huye por el horizonte, cialismo sui generis pessoano, a la parusia hacia el Occidente, se escapara asimismo el de Vieira... alma colectiva peninsular... Las citas de CeEn cuanto a los poemas de la segunda sario Verde, Pascoaes y Tanner, reafirman parte, Guía de la ciudad más directamente este deseo del poeta de no soltar la punta del sugeridos, se acentúa en ellos la levedad de pañuelo de los adioses, tan claramente míti- estructura, reducidos a un apunte o notación, co. donde por quedar escritos sobrepujan cualEn este libro, Campos Pámpano no comete quier ausencia: sobre todo en Alfama ni un solo error. Su lirismo es nítido, conciso, Mosteiro dos Jerónimos o Sintra Como calculado en los efectos del lenguaje. Pocos final, en la terca y última parte, La isla ilepoetas aciertan a dejar oír la voz del silencio sa el lirismo de Campos Pámpano se estili- e n La ciudad blanca existe, como existe za y escancia su reflexión sobre la poesía la soledad, en el tumulto que él sabe encon- que se salva por la palabra, en el verso, Isla trar en Lisboa mejor que nadie- pero mu- ilesa Así es como las palabras ocupan chos menos demuestran, como él, que la- s u sitio en la memoria- Vocación de lo poesía es algo tan natural como el vuelo de leve. Materia del olvido. Sucede venturosaun pájaro. Campos Pámpano escribe con pul- mente que es imposible olvidar La ciudad critud, aunque alejado de la lírica abstracta, blanca al tacitismo de los signos, o la pluralidad de Florencio MARTÍNEZ RUIZ Ya nada es rito Concha García Barcarola- Editora Municipal Albacete, 1988. 94 páginas Al cerrar la página final de este último libro de Concha García Córdoba, 1956) uno se encuentra más cerca que nunca de lo efímero. Es entonces cuando nos preguntamos por la extraña moradora de estos poemas, en la duda de saber si el poeta es aquí una diosa solitaria ¿y blanca? condenada a errar bajo la espada de sus propios recuerdos o es el farero grave caído de aquel verso de Cernuda que intenta aliviar su soliloquio entre la muchedumbre. La propia autora nos confiesa que su libro no es una apología de la soledad, si no la síntesis de una solitaria que apaga cirios resuelta a abdicar ante la ausencia del encanto. Y ocurre que Concha García ha elegido, acaso sin remedio, una zona apartada, la de la evocación, para tratar de salvar siquiera una porción de ese paraíso perdido, de ese territorio del amor en el que un día tuvo su feudo y su remanso; La afirmación parece demasiado rotunda: Ya nada es rito y digo parece porque no está dicha desde el convencimiento, sino desde una especie de autoresignación más retórica que vital por cuyas fisuras se escapan versos esperanzadores como ese no todo acaba La salvación, pues, reside en el recuerdo, en un regreso a lo finito de ese misterio donde un labio se debate: Volver al labio tuyo... Labio o mundo de apretado universo Un simple rastreo por títulos como Reminiscencia Mientras dura el encanto Al recordar o Evocación puede darnos una idea de esta búsqueda desesperada y ese deseo casi obsesivo de seguir apurando la sensación de la sensación, la esencia misma del instante. Así, llegamos a entender en conjunto esta última entrega de Concha García, en un lenguaje irracional y fluido donde la anécdota es elevada maravillosamente a niveles de singular belleza, como un antídoto contra el olvido- que los recuerdos empiecen aquí que no llegue nunca a olvidarme- contra ese escepticismo que le vence y doblega en versos como Ya no le digo te quiero a nadie he perdido el sur del vestido... versos de hoy y tan inútiles como los de antaño y que acabará conduciéndole al engaño- Es sencillo amarse sola a la urgente necesidad de un gesto que transforma de algún modo la absurda realidad: Un cuento. Más cuentos para el ancanto Con este libro, merecedor del último premio internacional de Poesía Barcarola, esta joven pueta cordobesa viene a confirmar una segura trayectoria poética, no reconocida aún suficientemente, entre la que hay que destacar poemarios como Trasunto (1986) Por mí no arderán los quicios ni se quemarán las teas (1986) y Otra ley (1987) lo que supone una voz ya granada y singularísima capaz de aportar un nuevo acento al panorama de la última poesía española. José Luis V. FERRIS