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3 septiembre- 1988 ABC UÚVciVlO ABC V Novela El reloj de arena Danilo Kis Ediciones Alfaguara. Madrid, 1988. 304 páginas. 1.580 pesetas. Danilo Kis nace en Subotica, cerca de la frontera húngara. Pasó su infancia en Hungría, de donde procede su familia, antes de instalarse en Belgrado. En la actualidad reside en París, y ha logrado que su obra haya sido traducida a más de quince idiomas. Ha recibido importantes premios internacionales, entre los que se cuentan el Ciudad de Niza y el Ivo Andric. Alfaguara, que presenta en esta ocasión El reloj de arena, ha publicado también anteriormente La enciclopedia de los muertos, Danilo Kis donde el novelista incide en su literatura difícil, de enmarañada estructura para la composición de sus libros, y con una buscada complejidad que contrasta con lo que él propone como ejemplarmente claro y de minucioso acercamiento al lector. No nos atrevemos a llamar novela a esta historia donde el autor aporta una enorme cultura que. desde distintas fuentes de información, mezcla lucidez y demencia del espíritu humano para conducirnos por una literatura de espinosa trayectoria, pero de un apasionante encantamiento. Danilo Kis ha desafiado todos los campos de la narrativa, y con algunos datos concretos nos transporta a un mundo que nace y muere en sus propias dotes narrativas: lírica desordenada, ficción que pierde ostensiblemente la trama orientadora y un orden espectacular para situar su intriga en un tiempo que es un verdadero desafío al lector. Solamente los títulos de los apartados podían parecer un encuentro de procedimientos, una disposición de facultades agrupadas en similitudes convencionales: Cuadros de viaje Notas de un loco Instrucción Audiencia de testigo La denominación de estos capítulos puede repetirse hasta cinco veces, pero no debe engañarse el lector al creer que el orden de la exposición vuelve en cada una de las partes, falsamente equivalentes. Unos años en Europa, un lugar que se impone a la vez recurrente y esquivo, una intriga que se descentra para tocar un relieve de pronto que parece que nos acerca a la solución. Instrucción fría, interrogatorios que surgen de la nada, como si fuera un ser fantasmal quien cerca al posible culpable... La existencia pura, los cristales del ser depurándose, midiéndose en ese Reloj de arena que no se detiene un momento y que parece que no va a acabar nunca de precipitar sus granos. De los capítulos titulados Instrucción se desprende un aroma de misteriosa presencia astral. El protagonista contesta a las terribles preguntas, que asustan por su simplicidad. ¿Hasta dónde quiere llegar el interrogador? Y, sobre todo, ¿por qué persigue la extenúación del interrogado? Una casa se derrumba y se nos hace creer que la causa fue la tenacidad de un roedor sobre una viga de madera. Describa con el menor número de palabras posible la atmósfera en el instante del desmoronamiento de la casa. Los porteadores se precipitaron sobre los escombros. Y la pregunta insistente del ultraterreno, invisible instructor: ¿A qué casta pertenecían los porteadores? Y el acusado delira en una descripción caótica donde desfila la gran casta de los parientes de la muerte que son lo mismo exploradores, químicos, faquires que ladrones de bosques, guardabosques, vendedores de ceniza, guardas nocturnos, buzos de campana, buscadores de oro, juerguistas, comerciantes, asesinos a sueldo... Todo lo que nos rodea, todos los que nos rodean, están al servicio de la destrucción y de la muerte, y llega a nuestra imaginación, que al fin y al cabo es nuestro recuerdo o nuestra confusión encadenadamente, poéticamente provocados. Este procedimiento de acumulación de contrarios en series que nacen en la mente del narrador es utilizada varias veces en el relato: las cosas que contiene un portafolio, los conocidos comunes, los desperdicios de una playa, los bienes paupérrimos de un difunto. Se hace agotadora cada descripción, las cadenas verbales mágicamente trenzadas. Porque tienen mucho que ver las experiencias incoherentes del escritor como ente histórico que sustenta la novela. Se recuerda en la presentación de la ironía y de la persecución de la ambigüedad de la referencia a textos bíblicos. La irrupción de lo concreto responde a esa elaboración poética y a esa incoherencia. Para el lector español, por ejemplo, resulta inesperada y sorprendente esa página sobre la paella valenciana, ese mélange hispano moro- judío de flora y fauna me fue servida en una paellera y al hundir en ella la cuchara pensé que debían haber tenido ese plato sumergido en el mar y que lo habrían arrastrado por la arena recogiendo así directamente del mar todas sus riquezas... y esa rodaja de limón a caballo, cortada hasta la mitad, brillando como un sol mediterráneo que ilumina un lejano paisaje mítico Un libro, en suma, donde el lenguaje alza la arriesgada construcción de sus posibilidades cercando a la realidad para que deje de serlo y volviendo a ella, aparentemente al azar, en un juego- como un ajedrez mecánic o- de oscura y prevista matemática, indudablemente atractiva. José GARCÍA NIETO de la Real Academia Española La tribu de los Krippendorf Frank Parkin Fundamentos. Madrid, 1988 229 páginas. 1.140 pesetas Este libro es el desahogo literario típico de un científico en sus ratos de ocio. Quiero decir con ello que no responde a una ambición literaria ni tiene una arquitectura elaborada meticulosamente. Mi hipótesis la del exabrupto: Frank Parkin, profesor de sociología política del muy honorable Magadalene College de Oxford, dotado para la narración, harto del ambiente académico y anonadado por el rumbo que toma el mundo, se pone a escribir acerca de todos estos temas, que tiene muy a mano, con la peor intención, ganas de divertir y escasas pretensiones narrativas. El resultado no está nada mal. Su libro escandalizará a más dealguno, pero hará reír a todos. Por otro lado, bajo esta novela exagerada subyacen implicaciones bastante serias que merecen ser comentadas. Antes de seguir adelante, sin embargo, conozcamos el argumento. El profesor Krippendorf, un antropólogo al que una disputa entre facciones enfrentadas del estructuralismo arroja fuera de su departamento, se autoconstituye en experto de una minúscula tribu amazónica: los Shelmikedmu, de la que nadie sabe nada porque en realidad se la ha inventado él. Con sus supuestos estudios acerca de los Shelmikedmu consigue justificar la cuantiosa beca que le proporcionó el Instituto Malinowski, y que hace tiempo se ha gastado en asuntos domésticos. Por si fuera poco, una publicación de divulgación antropológica que quiere aumentar su tirada le propondrá hacer reportajes ilustrados de las costumbres más escandalosas de la tribu. Krippendorf en realidad elabora sus teorías analizando el comportamiento de su peculiar familia. Sus paseos por un Londres degradado y las peticiones escabrosas del director de Exótica le a y u d a r á n a perfeccionarlas. A partir de un momento a Krippendorf, o acaso al autor de la novela, la situación se le escapa de las manos y empiezan a sucederse acontecimientos que rompen el tono de estrafalario realismo, pero realismo al fin y al cabo, de la narración. Por otro lado, tras haber convertido a sus hijos en una tribu salvaje comenzará a introducir rituales primitivos en su vida real. En este libro se nos describe nuestra civilización con los ojos inquisitivos de un científico social. De un lado, bajo la metáfora de una sociedad amazónica de moral aleatoria y comportamientos que a ojos de un extraño parecerán inexplicables. De otro lado, el propio curso de la novela la analiza también. Los hijos de Krippendorf son unos auténticos salvajes escolarizados en el fin del milenio, que cuando no se torturan jugando a presos políticos es para robar las pilas del vibrador de su hermana. El entorno social en que se mueven es también una especie de caricatura entre irónica y amarga de la realidad: huelgas constantes e inverosímiles, mal funcionamiento de los servicios, pillaje generalizado... José Mana PARREÑO