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14 ABC OPINIÓN SÁBADO 30- 4- 88 Panorama UNA MODEBNIDAD DE CIEN ANOS (i) r E S D E cuándo y hasta dónde se es O L moderno? Esta es una vieja cuestión, digna de los sutiles debates de los escolásticos del pasado, que no sólo tiene un interés intelectual, sino que se plantea en dramáticos términos para ciertas importantes instituciones dedicadas a la modernidad. Es precisamente lo que está ocurriendo al famoso Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York. Fundado hace seis décadas, con la intención de darle presencia en aquella ciudad cosmopolita y multitudinaria a lo que para entonces se tenía por arte moderno, se encuentra, dos generaciones más tarde, con el fundamental problema de cómo poder seguir siendo un museo de arte moderno. Las que fueron sus grandes novedades, llenas de atrevimiento para la hora, como los fauves el Aduanero Rousseau, el cubismo, el Guernica de Picasso, se han ido inexorablemente convirtiendo en clásicos. Lo que los fundadores, con muy generosas contribuciones monetarias, pretendieron hacer no fue otra cosa que darle oportunidad al gran arte, todavía muy polémico para esa época, de los pintores del siglo XX de tener una presencia desafiante ante las ricas colecciones muy pasatistas de los otros grandes museos de la ciudad. Para ese momento, el cubismo no tenía mucho más de veinticinco años, el surrealismo todavía estaba viviente, el abstraccionismo no había logrado salir del Purgatorio. Hoy es distinto. El siglo XX toca a su fin, dentro de una docena de años habrá que llamarlo el siglo pasado, con toda la lejanía y vejez que eso significa. Con la misma lejanía e irremediable vetustez con que los artistas de 1900 podían ver a Ingres, Delacroix o Courbet. Por otra parte ese arte que para entonces era todavía polémico y mal aceptado, se ha convertido hoy en algo casi tradicional. No sólo los viejos museos han adquirido valiosas colecciones de arte del siglo XX, sino que sus formas y temas han invadido la publicidad comercial y la decoración barata. El concepto de modernidad es tan fugaz e indetenible como el del presente. Lo que está ocurriendo ahora se está convirtiendo inmediatamante en pasado. Un museo de arte del siglo XX es perfectamente realizable, como se ha realizado, en el Museo D Orsay, de París, una reconstrucción del arte del siglo XX, pero tratar de que un museo consagrado al arte del siglo XX pueda permanecer indefinidamente como una muestra del arte moderno, es una insalvable contradicción. El fin que se propusieron los fundadores del MOMA se ha logrado con indiscutible éxito. No sólo se ha convertido en uno de los más grandes, más ricos y más visitados museos del mundo, sino que el arte que contiene, que era insólito y revolucionario para el momento de su fundación, se ha convertido, acaso excesivamente, en un arte aceptado, ordinario y totalmente incorporado a los valores estéticos de la joven burguesía. Arturo USLAR PIETRI de la Academia Venezolana de la Lengua -S e metió en el coche en un semáforo, y es tan cariñoso... propósito MARAVALL, EL EMPECINADO E L conflicto de los profesores de la enseñanza pública, que alcanza ya unas dimensiones clamorosas, está sirviendo no sólo para mostrar la lamentable situación de nuestro sistema educativo, sino la incapacidad de unas- autoridades cuyas intervenciones, en vez de paliar la situación, no han hecho más que empeorarla. Queda así bien a la vista el fracaso espectacular de toda una política educativa que, instalada en la arrogancia y el mesianismo, ha ido acumulando los errores sin prestar oídos a las críticas, por razonables que éstas fuesen. El Gobierno, en cuanto órgano colectivo que dirige la política nacional, parece bastante insensible a los problemas educativos, abandonados, como tema menor, al apriorismo dogmático de Máravall y su equipo. A golpe de BOE y no precisamente con gaseosa, este equipo ha llevado a cabo un complejísimo experimento, más iluminado que reflexivo, que ha resultado, como remedio, peor que la enfermedad evidente que aquejaba desde siempre a nuestro sistema educativo. Nunca se habían promulgado tantas normas en este ámbito de táeducación y nunca había estado tan degradada la enseñanza pública. Máravall ha conseguido unir en el descontento y la irritación a cuantos tienen algo que ver con el proceso educativo: alumnos, profesores, padres... Y esto en todos los niveles del sistema, desde la Universidad a (a enseñanza preescolar. Todo un récord del que no se conocen precedentes. Para encontrar algovparecido habría que retroceder hasta el marqués de Orovio, aquel ministró de Isabel II y Alfonso XII que fue una auténtica plaga para la Universidad española. La torpeza de la política educativa es aún más patente si pensamos que, tradicionalmente, los socialistas se han entendido muy bien con los profesores, que han sido en todas partes uno de sus más firmes puntales. La pretensión socialista de construir una nueva sociedad a partir de la educación cuenta, claro está, con los profesores como agentes principales del proceso. Lograr que estén todos, en bloque, frente al Ministerio es toda una hazaña política digna de premio. La justa protesta de los profesores- mantenidos en el umbral de la miseria, mientras los responsables económicos cantan la esplendidez de la coyuntura y el consumismo se desata- debería haber sido acogida, por coherencia, de una manera bien distinta por quien es considerado como uno de los más destacados ideólogos del PSOE. Máravall podría explicar por qué en esta Jauja socialista donde algunos ganan rápidamente dinero a espuertas (Solchaga dixit) les corresponde a los docentes el papel de dóciles y silentes marginados. Y el ínclito secretario de la Función Pública podría aclarar, de paso, por qué ef trabajo de un profesor no es asimilable a efectos económicos al de un burócrata calienta- asientos. Frente a las reivindicaciones de los profesores el Ministerio ha contestado con el desprecio, la amenaza y sin más objetivo que romper la huelga. Exactamente igual, en suma, que un Gobierno autoritario cualquiera. Por mucho menos han dimitido en Francia, en los últimos cuatro años, dos ministros de Educación. Pero aquí no cesa nadie: los ascienden. Alejandro MUÑOZ ALONSO