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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 15 DE ABRIL DE 1988 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA N 1948 escribí por primera vez un artículo en La Nación, de Buenos Aires. Desde 1952 fui un colaborador regular y fidelísimo, desde que Eduardo Mallea, entonces director de su Suplemento Literario, me lo pidió así. Era La Nación el diario más importante en lengua española; probablemente lo sigue siendo, aunque objetivamente no lo es tanto, y su Suplemento ha perdido en extensión y en alcance, por motivos en parte económicos- aunque siempre recuerdo aquella opinión de Ortega de que el hombre lo hace todo por razones líricas- En La Nación han escrito regularmente y durante años unos cuantos españoles: Valera, Unamuno, Ortega, Marañón... Cuando recibí, hace cuarenta años, aquella invitación, me paré a pensar sobre qué debería escribir por primera vez. Aquel artículo mío se titulaba La autoridad intelectual Conviene recordar en qué momento fue escrito. España estaba todavía sumergida en las consecuencias directas de la guerra civil. No existía nada que pudiera llamarse política en el sentido normal de la palabra: ni partidos- u n partido único, contradicción en los términos- ni elecciones, ni discusión abierta de las cuestiones públicas; censura universal para todo lo que se imprimía- alguna vez he recordado, con escrupulosa veracidad, sin ánimo de exageración, que hasta un catálogo de semillas- a pesar de ello- también lo he recordado- la vida intelectual era bastante intensa, aunque sujeta a penosas limitaciones; todavía tuve que esperar tres años más para poder publicar en un diario; pero era posible hacerlo en algunas revistas y, sobre todo, en libros- e s la razón del absoluto predominio de ellos en toda mi obra juvenil. Pero yo no pensaba sólo en España: Europa había salido hacía tres años de la guerra mundial; venía de la más atroz matanza de la Historia, no limitada a lo bélico, sino extendida a otras formas aún más graves, sobre todo en Alemania, en los países ocupados por ella, y desde antes en la Unión Soviética. En mi Introducción a la Filosofía, publicada en enero de 1947, se puede encontrar la tremenda frase, nunca comentada por nadie, la vocación de nuestro tiempo para la pena de muerte y el asesinato La estabilidad política de la Argentina, que la había llevado a una prosperidad inusitada en los primeros decenios del siglo, pertenecía al pasado; en su lugar dominaba una extremada politización, que tendía a invadir todos los niveles de la vida, y era manifiesta una discordia que había de acentuarse en los años siguientes. Estas eran las circunstancias que tuve presentes al ponerme a escribir aquel artículo. Empezaba con estas palabras: Estamos asistiendo, en los últimos años, a la volatilización progresiva de ABC REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- M ADRID E HACE CUARENTA AÑOS tas; si se miran con atención las ideologías que han ocupado el primer plano en uno de los recursos más importantes con el último medio siglo, se ve que no conque contaba para vivir el hombre de Oc- sisten en otra cosa. Nada hay más lejos cidente: la autoridad intelectual. Añadía de lo que verdaderamente es la función que europeos y americanos esperaban del intelectual, lo que he llamado el oficio una voz orientadora que los hiciera saber del pensamiento. ¿Puede sorprender la a qué atenerse, superar la provisionali- disipación de esa autoridad, la ausencia dad que adquiere la vida cuando el dra- de ese poder espiritual ma en que consiste parece quedarse sin En 1948 no me sentía invadido por el argumento. Pero en seguida expresaba pesimismo, a pesar de cuanto acababa mi temor de que ni siquiera eso fuera de decir. Tenía la impresión de que se verdad, que ni se aguardaran esas pala- empezaba a sentir la necesidad de la aubras orientadoras. Dicho de otro modo: toridad intelectual, que tal vez se iba a no es que hubiese intelectuales con au- exigir. Me parecía ver un recuento afanotoridad, sino que la autoridad intelectual so de algunos intelectuales de los que pomisma se había volatilizado. dría esperarse, incluso más allá de las ¿Por qué? Pensaba yo que en los de- fronteras de cada país, olvidando las pecenios anteriores, grandes zonas del tulancias nacionales. Frente a la confumundo habían ido entrando en una tre- sión de Congresos, rencontres, asammenda zona de silencio, como en el bleas, conferencias y revistas, en que se cono de sombra de un eclipse Y al cabo repiten invariablemente dos o tres arias, de poco tiempo había cesado hasta la me parecía alentadora la indagación de presión de las interrogantes sobre el equi- algunos grupos inteligentes, intelectuales po intelectual. Señalaba- y recuérdese la o no. fecha- que se suele exagerar la coacMi conclusión, tan inquieta como especión ejercida sobre el escritor, salvo moranzada, era que la autoridad intelectual mentos excepcionales; que casi siempre sólo podría restablecerse desde las cose puede decir más de lo que se cree, en sas, es decir desde los problemas, portodo caso más de lo que se dice. La cen- que es lo que se tenía; no desde las sosura interna era el factor más peligroso; luciones previas. Invitaba a los intelecporque si el silencio es impuesto por la tuales a renunciar a la magia y a las violencia, no destruye la autoridad intelec- frases y aplicarse a dar razón de las cotual, sino al contrario: suscita la avidez de sas, es decir a buscar la verdad. escuchar, la confianza. Han pasado cuarenta años. El mundo Más grave todavía que lo que se calla- s e dice- se parece bien poco a aquel. es lo que se dice, lo que no se piensa, lo Han pasado, ciertamente, innumerables que no es menester decir. Esto sí que es cosas, y algunas muy graves. Y, sin emdevastador para esa autoridad. Pero me bargo, si yo reprodujese aquel viejísimo sorprendía que hubiera descendido tanto artículo, sin más, temo que la mayoría incluso en países libres de esas coaccio- de los lectores lo leyesen sin reparar en nes y presiones. Se ha perdido la fe su fecha. ¿Cómo es esto posible? El- continuaba- en que los hombres de mundo cambia, pero ¿tanto como se ideas tengan la clave de los problemas dice? Y, por otra parte, ¿qué es lo que que agobian al hombre de Occidente, y verdaderamente cambia? Tan espejismo ha dejado de atenderse a su voz. Pedir es la imagen de la caducidad e inestabilia los intelectuales que tengan soluciones dad de las cosas humanas como la para todos los problemas o que esos creencia de que siempre son lo mismo. Precisamente nuestra época- quiero dehombres crean poseerlas es una combinación del señoritismo renacido en cir los últimos decenios, posteriores a la pérdida del sentido histórico, tan penosanuestro tiempo y de la frivolidad que afectó a la inteligencia europea en el siglo mente conquistado en los anteriores XVIII. Se buscaban y se expendían rece- está profundamente afectada por esa doble tentación. La amenaza, de un lado, una inquietante impresión de inconsistencia, capaz de pulverizar todas aquellas estructuras en que la vida humana está instalada; del otro lado, una engañosa impresión de intemporalidad, que se traduce en la sospecha de que no pasa nada o, en todo caso, da lo mismo Ambas cosas convergen en una extraña EDICION INTERNACIONAL forma de parálisis. ¿No valdría la pena de analizar, en un Para hacer llegar sus mensajes punto concreto y abarcable, esta situación? Habría que preguntarse por el escomerciales a todo el mundo. tado de la autoridad intelectual en el mundo de hoy, cuarenta años después. Julián MARÍAS de la Real Academia Española