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K 1) í T O O P O R PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 21 DE MARZO DE 1988 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC EN MEMORIA K K D C i DW IN I S T R A i ON r VLLIERES- SERRANO. 61 I) 8 0 0 6- VI A R I I) I título para recordar al gran profesor de Derecho Romano que acaba de morirse en tierra extraña proviene- permítaseme adelantarlo- de una circunstancia propia: Juan Antonio Arias Bonet y yo comenzamos juntos nuestra carrera de catedráticos en la misma Universidad y juntos también hemos vivido nuestros últimos arrestos universitarios. Yo tiabía conocido a Juan Antonio en el viejo caserón de San Bernardo, cuando ambos éramos adjuntos (así se nos llamaba entonces) él, de Ursicino (el bien nombrado: era un oso grande y benévolo) yo, de don Luis Jornada de Pozas. Lo cierto es que en esa época nos habíamos tratado poco. Nuestra amistad, que se hizo en seguida muy profunda por las dos partes, se estableció para siempre con ocasión de nuestro ingreso en la cátedra casi simultáneamente- finales de 1956: creo recordar que hasta coincidieron algunos de los ejercicios de las oposiciones respectivas en los bajos de San Bernardo- y de nuestro primer destino común, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid. Entonces era Valladolid un pequeño rincón podríamos decir como el Poema de Fernán González dice de Castilla. Valladolid era aún el pequeño pueblo que apenas permite recordar (la destrucción de sus barrios antiguos es uno de los asesinatos urbanos más graves que conozco) la gran ciudad industrial y comercial en que hoy se ha convertido. La Universidad era una delicia, la más grata de cuantas he vivido, la que aún alimenta la nostalgia de una vida universitaria colectiva que tan cruel defecto hace en Madrid. Hay momentos de fulgor y de opacidad en las instituciones, obedientes a razones azarosas de muy difícil identificación, pero puede decirse con seguridad que en aquellos años la Universidad de Valladolid estuvo en uno de sus mejores fastos. El rector que nos dio posesión, con diferencia de días, a Juan Antonio y a mí era don Ignacio Serrrano, el gran civilista, cuya modestia, bondad y generosidad, además de sabiduría, son legendarias. El decano era José Antonio Rubio Sacristán, brillante personalidad, un hervor de inteligencia, de lealtad y de simpatía. Era un orgullo y una alegría para nosotros, jóvenes catedráticos, que personas de tanta calidad humana y universitaria fuesen nuestros cuadros, nuestras autoridades académicas. Don Ignacio Serrano dimitió pocos meses después como rector y fue sustituido por Hipólito Duran, otro hombre espléndido, bajo cuyo grato imperio hice yo ya mi traslado a Madrid, cinco años después. Si la Universidad y sus cuadros eran tan gratos, la Facultad de Derecho lo era también, y en grado sumo. Pocas veces, si alguna, he convivido dentro de un colectivo de tanta calidad y de tanta simpatía personal. Allí estaban don Vicente Guilarte, los otros Guilarte, Alfonso y Vicente júnior; Emilio Gómez Orbaneja, don Teodoro González, José Girón Tena (que ahora me acompaña en esta mesa triste) Justino Du- M que, José Luis de los Mozos, Antonio Martín Descalzo, Ramón Parada, Alejandro Nieto, Ramón Martín Mateo, Ángel Torio, José María Rodríguez Deyesa. Ángel Allúe, Lorenzo Martín Retortillo, Ángel Huarte, Javier Alonso Martín, Mariano Martín Granizo, mas aún que no nombro por no abrumaros, y que todos evocan recuerdos de amistad, de limpieza moral y de admiración. Uno de los integrantes de ese grupo, tan lleno de vivacidad y de simpatía, era Juan Antonio Arias. Raro era el día en que no pasábamos varias horas juntos: en la tertulia que presidía don Emilio Alarcos, en los Seminarios del Palacio de Santa Cruz, donde trabajábamos todas las tardes; en pequeñas excursiones por los alrededores. Juan Antonio Arias era un hombre muy pudoroso, lo conocisteis bien (todos recordamos su sobriedad, sus escasas palabras de castellano viejo, su modestia) pero trabajaba las tardes enteras en el Seminario, donde era un ejemplo de rigor y de constancia. Con esa libre comunicación que entre todos nosotros existía, allí conocí su entusiasmo y su trabajo riguroso en la preparación de muchas de sus investigaciones. Recuerdo especialmente el de la edición de la Partida Primera (del que discutía, interminablemente, con el gran Pablo Pinedo- a quien, por cierto, no he citado antes y que era, pues murió joven, una extraordinaria criatura- y con Alfonso Guilarte, como juristas medievalistas) Fueron para mí cinco años de felicidad universitaria, a cuyo recuerdo vuelvo siempre para buscar apoyo cuando declina mi fe en este viejo y complicado armatoste en que, entre unos y otros, hemos convertido a la Universidad. Juan Antonio fue más tarde rector de Valladolid, un gran rector en una época dura, y director general de Universidades más tarde en el difícil y ejemplar Ministerio de Aurelio Menéndez. Tras de un pequeño retorno a Valladolid, se trasladó a la Complu- tense (su pulcritud no e había permitido ha: erio desde la Dirección General, aunque no había en ello el menor problema) Poco puedo decir yo, no obstante, de la obra científica de Juan Antonio Arias. Armando Torrent ha hecho las puntualizaciones que corresponde. Puedo certificar, no obstante, su ejemplaridad como universitario, su rigor ascético como investigador, su extraordinaria hombría de bien. Sus amigos, quienes habíamos vencido la defensa extema de su timidez y de su sobriedad, conocíamos muy bien su gran ternura, su generosidad, su alegría profunda, alegría que sigue siendo para nosotros quizá el primero entre sus recuerdos. La calidad y la finura espiritual de este hombre no eran, en verdad, comunes. Pocos hombres así, de esa rara especie, nos hemos encontrado quienes ya tenemos un largo recorrido hecho en la vida. Juan Antonio Arias repetía en buena parte la gran figura de su padre, don José Arias Ramos, que fue su maestro directo y calificado. Don José Arias había sido discípulo de José Castillejo, el gran institucionista. Pienso que esta veta gineriana, hecha de rigor, de sobriedad y de finura moral y estética, había prendido en Juan Antonio. Fue un azar venturoso el vago azar, o las precisas leyes que rigen este sueño, el universo en términos de Borges) el que hizo que sus últimos años los pasase como director de la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar, quizá el primer digno sucesor de don Alberto Jiménez Frau (con cuya viuda, la gran Natalia Cossío, y con sus hijos mantuvo, por cierto, estrecha amistad) Juan Antonio organizó y dirigió la conmemoración de la fundación de la residencia, se ganó el respeto y el afecto de todos los viejos residentes, patrocinó la reedición fotostática de la revista Residencia (que ha salido a la calle cuando él ya había muerto) acogió allí y estimuló a la Fundación Federico García Lorca; restableció, pues, el espíritu de la vieja casa- q u e yo, por cierto, aunque esta es otra historia, encontré vivo aún en rescoldo en 1941, a mi venida a Madrid, cuando la casa había sido convertida en Colegio Mayor Cisneros. Sin exceso podría decirse de Juan Antonio Arias, que ha sido una reencarnación exacta del ginerismo genuino- con todas las connotaciones morales y estéticas que el término comporta. Ahora, ha muerto. Toda muerte, y más la de los grandes amigos, es un desgarro, nos conmueve, nos lleva a la protesta y al desconsuelo. Pero la muerte termina también de burilar el perfil de una vida, perfil que la cercanía suele mantener algo borroso. Hoy sabemos ya, definitivamente, que Juan Antonio Arias ría sido uno de los universitarios más cabales de nuestra época, por el rigor, por el entusiasmo, por la finura, por la alegría que le habitó. Esa alegría, esa calidad no han podido perderse, y quienes fuimos sus amigos y tenemos siempre presente su recuerdo esperamos que algún día Dios nos hará reencontrarlo. Eduardo GARCÍA DE ENTERRÍA LA MAYOR COLECCIÓN DE ALFOMBRAS PIUSAS Y Certificado de origen y garantía de cambio. Facilidades de pago. V