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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 12 FEBRERO DE 1988 ABC EL SIGLO XVIII chas consecuencias de esa discordia ha sido el oscurecimiento del siglo XVIII, que sólo ha empezado a ser adecuadamente conocido en los últimos treinta años. Pero, a pesar de los trabajos de historiadores españoles y extranjeros, todavía queda mucho por conocer; y casi todo por asimilar, por incorporarse de verdad a la imagen de España que tienen los españoles. El siglo XVIII no gustaba Para unos era el siglo de la Ilustración, la crítica, y resultaba sospechoso, porque trató de sacudir unas cuantas cortezas inertes que cubrían, como enojosas adherencias, la realidad española. Para los otros, en cambio, no era revolucionario, ni incrédulo- salvo reducidas excepciones- ni renegó de la Monarquía, ni vio con buenos ojos la Revolución Francesa. Su moderación, su equilibrio, su espíritu de continuidad, su afán de innovación, todo eso lo hacía antipático a los partidarios del anquilosamiento y a los espasmódicos y destructores. Durante mucho tiempo se ha pasado como sobre ascuas sobre la espléndida cultura del siglo XVIII; se ha saltado, por ejemplo, de Quevedo a Espronceda- una vez dije que era un salto olímpico- Hace ya unos años Juan Luis Alborg dedicó un volumen entero, de mil grandes páginas, a la literatura de ese período, y todavía faltan muchas cosas. Lo mismo habría que decir de la arquitectura, la pintura- salvo Goya- la música, las ciencias, la educación, la historia. Poco a poco, el siglo va emergiendo de las aguas del olvido- del olvido intencionado, malintencionado, deliberadamente excluyente y empobrecedor- Hace un cuarto de siglo dije que lo más urgente que se podía hacer en España era volver a poseer ese siglo, hacerlo funcionar dentro de nuestra realidad. Sería oportuno publicar de nuevo la Vida de Carlos III, del conde de FernánNúñez, de la que existe una excelente edición de 1898, con introducción de Morel- Fatio y un prólogo de Valera; libro que muy pocos han leído y que da una visión de primera mano, no sólo del Rey, sino de su ambiente y de toda la España de su tiempo. Y sería menester que los españoles volvieran a leer- n o meramente estudiar- gran parte de lo que se escribió entonces. Bien están las ediciones críticas que van apareciendo, y que son inapreciables para los estudiosos; pero hacen falta otras destinadas a ser leídas y gozadas. ¿Cómo se comprende que lo más vivo de Feijoo no esté en todas las manos? Hace unos años publiqué una selección de lo más atractivo de los Diarios de Jovellanos; pronto agota- REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA año de 1988 s e r í a una buena ocasión para tomar posesión definitivamente de una porción esencial de nuestra realidad: el siglo XVIII. Se va a recordar el segundo centenario de la muerte de Carlos III; parece que por una vez se están movilizando diversas fuerzas sociales para que reviva ante nosotros figura tan interesante y atractiva. No sería malo que los italianos lo recordaran también, ya que fue rey de Ñapóles nada menos que veinticinco años, entre 1724 y 1759, antes de ser Rey de España desde esta fecha hasta 1788. Tengo la impresión de que la cima de la historia napolitana fue su reinado; las construcciones que datan de su tiempo son admirables; las porciones más atractivas de la atractivísima ciudad- e n la que tantas cosas son repelentesmuestran la huella de su paso por ésta. Na soy buen conocedor de la historia detallada de la ciudad y el reino de Nápoles, pero sospecho que después de Carlos III empezaron diversas decadencias. La maravillosa descripción que se encuentra en los escritos postumos de Moratín, que cité ampliamente en 1960, cuando eran muy poco conocidos, refleja una situación probablemente bastante distinta de la que existía treinta y cinco años antes. Carlos III representa la cima del siglo XVIII; su reinado fue la consolidación y desarrollo de todo lo que se venía mejorando en España desde el final de la guerra de Sucesión; luego empezaron a decaer, aunque sólo parcialmente, las cosas. La causa decisiva es, evidentemente, la Revolución Francesa, que comenzó un año después de su muerte, apenas iniciado el reinado de Carlos IV: la tremenda crisis sacudió los cimientos de las sociedades europeas y determinó una tendencia intervencionista de Francia, que había de prolongarse hasta Waterloo, es decir desde 1789 hasta 1815. Era casi imposible hacer las cosas bien en ese período. Los errores de Carlos IV y de Godoy son bien notorios, pero no lo es el esfuerzo que hicieron, sobre todo el segundo, por mantener el espíritu de la Ilustración, y es un hecho incontrovertible que muchas cosas mejoraron de manera sustancial todavía hasta la invasión napoleónica de 1808. Lo grave es que desde este momento se inicia la discordia en España, que invierte la profunda concordia que había dominado todo el siglo XVIII, el siglo blanco sin violencias ni revoluciones ni persecuciones, el más apacible de Europa, y deja paso a esa siniestra realidad que se podrá llamar, por primera vez, las dos Españas Y una de las muda, no se ha reimpreso. ¿Y cómo se entiende que Los eruditos a la violeta y las Cartas Marruecas, de Cadalso, dos de los libros más divertidos, inteligentes y conmovedores de nuestra literatura, no sean lectura habitual de todos los españoles cultos? ¿Y el delicioso Moratín, muy especialmente sus obras postumas? ¿Y los saínetes de don Ramón de la Cruz, en que está, vivo y palpitante, el popularismo del siglo XVIII combinado con la Ilustración, algo que corresponde a Goya y anticipa a Galdós? Es buena sazón para comprender lo que significó este siglo, la época en que se logró la más plena nacionalización de España, antes de la erupción de los nacionalismos; y para desamortizar su cultura y convertirla en ingrediente vivo de lo que somos. Si esto se consiguiera, España sería más verdaderamente y los españoles se sentirían súbitamente enriquecidos. Y no olvidemos América. El siglo XVIII es el tiempo de la plena constitución de los países hispanoamericanos, cuando se convierten en países efectivos, con historia propia- que no necesitaba el aislamiento- capaces de ser auténticas patrias de sus habitantes. Léanse los escritos de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, sobre todo la Relación histórica del viaje a la América meridional; el Ensayo político sobre el Reino de Nueva España, del formidable alemán Alexander von Humboldt; lo que hacia 1810 escribía el venezolano Andrés Bello. El siglo XVIII es la madurez de la América hispánica. Sin él no es inteligible. Y por razones no muy distintas de las que llevaron a su desconocimiento y olvido en España, se ha prescindido casi enteramente de él en América- a diferencia de lo que ha sucedido en los Estados Unidos- A la discordia en España correspondió la discordia entre las Españas. Tras la independencia se empezó a negar el pasado, empezando por el ilustre y fecundo del siglo XVIII; se inició el proceso de dejar a las nuevas Repúblicas sin raíces, como si su realidad hubiera empezado con un cambio de soberanía. Siempre he creído que la inestabilidad política de estos países procede de su debilidad social, inevitable cuando se quiere sustituir la realidad efectiva por la ficción. Si con motivo del centenario de Carlos III se decidieran los países de Hispanoamérica a hacer revivir su siglo XVIII, y a través de él llegar hasta su más remoto pasado, se podría tener mayor esperanza en su porvenir. Julián MARÍAS de la Real Academia Española