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JUEVES 31- 12- 87 L sol todavía no se había puesto. Era un tronco colosal, completamente encendido, que flotaba sobre el mar, inflamando las nubes. En alguna parte, pensó Cila, el dios Toro ahuyenta con antorchas las tinieblas de la noche. El día había sido cálido, aún podían bañarse en la playa, pues todavía quedaban lejos los primeros fríos del invierno. Cila notó un roce suave sobre su espalda huesuda, fuerte, de gran cazador, y se volvió, impulsivo, sobresaltado, como si se tratase de un frío cuchillo dispuesto a traspasarle. Los largos cabellos le estorbaron un momento la visión. Pero era Icesta, su hija, joven, hermosa como flor silvestre. Le sonreía, y apoyó el cuerpo contra su tórax musculoso, para besarle suavemente en la mejilla, poblada de barba canosa. Luego escapó de puntillas hacia la orilla, ji, ji, se metió en el agua hasta la cintura. Le miraba y le hacía señal de que se acercara, con la mano. Ven parecía decirle. Como si él fuera uno de sus pretendientes. Ven y él iría. Se dejaría rodear por sus brazos delgados, contemplar por sus ojos resplandecientes; tal vez volvería a acariciarle con los labios húmedos, salobres, porque ya avanzaba, nadando vigoroso, mar adentro, hacia ese horizonte incendiado, prácticamente desconocido, donde rutilaba el último sol de la tarde. Cila levantó la cabeza. Aún no se distinguía la luna, pero, curiosamente, por el otro lado aparecía un lucero grande, redondo como un cráneo pelado, reluciente: la primera estrella del crepúsculo. Aún tenía el cuello erguido cuando regresó Icesta, se enrolló en torno a las caderas la tosca falda en que se recataba, anudándola frente al ombligo, y preguntó: TRIBUNA ABIERTA ABC, pág. 71 E LA PRIMERA ESTRELLA DE LA NOCHE ¿Qué miras? -E l cielo. La empujó, levemente, con un brazo sobre los hombros puntiagudos, descarnados, y fueron regresando al poblado. -Viajeros griegos me dijeron- continuó Cila, mientras andaban- que siguiendo la dirección de aquella estrella, en tres días, a lo sumo cinco, de bonanza se llega a una isla. ¿Qué es una isla? La noche se había cernido de pronto sobre el poblado y sólo se veían unas pocas hogueras entre los macizos pardos donde se ti. La Publicidad le informa. Le pone al día de las últimas novedades. Recuerde que la decisión de compra siempre la toma usted. Se oyó de pronto el sonido monótono de un tambor, acompañado por unos caramillos, y Por Pau FANER supieron que habían encendido fuego en el alineaban las cuevas. Había en el aire ese descampado, frente a las cavernas. Salieron, aroma vegetal que Cila conocía tan bien, por- y afuera el cielo era un gran lienzo de palmique era el olor de su casa, de su tierra. ¿Se- to, lleno de agujeros por los que asomara el ría igual en aquella isla? Una sombra de nos- sol, que eran las estrellas. Una extensión intalgia nubló sus ojos. Recordó su infancia, terminable de cantos rodados luminosos, descuando jugaba, vigilado por su madre y las perdigados al azar, un largo camino de leche otras mujeres de la tribu, y cuajada, un prado de arbustos aprendía a sobrevivir entre el pecentelleantes que tal vez pastaligro de los jabalíes y otros aniban los hijos y las hijas del Toro. males salvajes, a cazarlos con En torno a la hoguera brincaflechas de punta de acero. Reban algunos hombres y mujeres. cordó a su esposa, que, venturoIcesta se puso una flor en el casamente, no hubo de compartir bello y se contoneó frente a las con ningún otro hombre, y miró a llamas oscilantes, enrojecida su su hija, de gracia admirable, copiel, como de cobre. Batía paldiciada por todos tos machos. mas, gritaba muy agudamente, Cerró los ojos y suspiró. Podía alzaba los ojos a la tuna y se avanzar así, sin abrirlos, sin troquedaba inmóvil, para volver a pezar con una piedra, un corral; saltar súbitamente, entonando meterse sin miedo a equivocarse una vieja, canción de desafío a en una abertura y saber con los elementos. toda certeza que estaba en su- Navegaré sobre la pradera habitáculo, porque conocía de del mar- decía- buscando los memoria todo cuanto le rodeaba. ojos de la bestia; dejaré que sus pezuñas hollen mi cuerpo y sonEntraron en la cueva. EncenPau Faner dieron fuego y asaron un conejo Novelista reiré feliz, porque seré suya. Cila se mordía los puños, metiéndolos enque un galanteador de Icesta había cazado para ellos, tras desollarlo y limpiarlo hábil- teros en su boca, como un recién nacido. De pronto se levantó, enarbolando una gran esmente. -E n la isla- dijo Cila, contento, cuando ya pada etrusca. Hizo silbar con ella el aire, en torno al cuerpo de la muchacha, sin llegar a comían, sentados cada uno en su yacijadebe haber vino, mucho vino. Dulce, como la tocarla. Y ella sonreía, segura, se desplazaba miel, y con poder para alegrar el ánimo y ha- a derecha e izquierda, evitando el filo. Luego lanzó la espada al vacío negro de la noche y cer olvidar toda clase de problemas. Ji, ji, Icesta se reía, y Cila parpadeaba, se oyó un mugido lastimero. Apareció, tambaleante, el dios Toro, que había estado vigiláncomo si con su galanura le estuviera clavando esquirlas de piedra en los ojos. Qué bello doles, oculto por las tinieblas, limpiamente era, qué blancos sus dientes, cuan brillante traspasado. Cayó de bruces y se murió. Icessu cabello negro, contrastado con su piel cla- ta levantó las manos al cielo para recoger ra, cuan duras sus carnes, su cuerpecillo del- aquel lucero brillante, la primera estrella de la noche, y la dejó, brincando, entre sus cuergado y cimbreante, como las cañas de bambú que crecían, esbeltas, junto al río. Mordió nos. Luego arrebató la espada a su padre y, su cuarto de conejo y, con la boca llena, ase- de un solo tajo, cercenó la cabeza al animal y guró que en aquella isla serian felices; dijo se la encajó a modo de casco. que Icesta se miraría en el espejó del agua, peinaría sus cabellos con el escarpidor, olviHubo un murmullo de voces y se reanudó dada de todo, sin importarle el tiempo que la danza en torno a Icesta, que era ya como tardara en regresar de la fuente con el cántauna diosa. ro lleno. Metería un dedo largo en el agua impoluta y se humedecería los labios, que quedarían brillantes, jugosos, como si acabara de AVISO comer a mordiscos una manzana roja, giganDe acuerdo con el artículo 86 de la ley, tesca, o hundir su barbilla en una azucarada Distribuidora Española Pecuaria, S. A. raja de melón. fDEPSA) traslada su domicilio social a Los Madrazo, 6, cuarto C, Madrid. -Padre- preguntó Icesta- ¿es esto una Madrid, 30 de diciembre de 1987. -El isla? secretario: Andrés Olesti. -No. ¿Por qué? -Porque si eso es ser feliz, yo ya lo soy aquí. w a O WBASft n Al primer postor, ski ganchos, Ahora Cila no replicó. Se quedó mudo. pujas- azuzadas ni sofismas al uso. Domingo 3, de 10 a 14 horas. Alfombras y tapices orientales. 550 piezas Icesta le miraba con los ojos llenos de luz, Almacén IMPORT. Sierra de Filabres, 22 como si fuera, ella también, una estrella, la primera estrella de la noche. Luego recogió los huesos, trajo fruta, dentro de un gran cuenco, y lá consumieron en silencio. Pero la niña no dejaba de mirarle, y la pulpa se le atragantaba al padre en la garganta! Era como si quisiera perforarle, como si se con ¿BUSCA TRABAJO? templara a sí. misma reflejada en él fondo de Encuéntrelo en la Sección sus pupilas, como si se bañara en lo blanco de Anuncios por Palabras de sus ojos, convertidos en un mar de dudas. de ABC