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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 31 DE DICIEMBRE 1987 ABC EL BALANCE VITAL prendido el recibir un número bastante crecido de expresiones de adhesión a lo que digo o escribo, que rarísima vez tienen expresión pública, y por tanto efectos sociales. Finalmente, la inmensa mayoría de las personas, en las cuales va germinando una opinión coherente sobre los asuntos públicos, cuando llega la hora de ejercer sus derechos electorales la relegan a lo que solía llamar el fuero interno y actúan según las normas recibidas. Si se quiere buscar un ejemplo ajeno a la política, por lo menos disimulado, piénsese en la crítica. En todos los órdenes- libros, teatro, cine, música, arte, etcétera- se habla, se elogia o se calla según principios que tienen muy poco que ver con la realidad. El deber de información se desconoce en muchos casos, y de manera sistemática. Los elogios o el menosprecio suelen ser automáticos. La selección de lo que es objeto de crítica responde a intereses, simpatías o antipatías que tienen poco que ver con la importancia o calidad de las obras. Una vez más, el método adecuado sería la confrontación con el paso del tiempo: ¿qué queda de la crítica al cabo de uno o dos años? Si queremos saber algo de cómo van las cosas, de cómo se encuentra nuestro país, o varios más, o el mundo en su conjunto, no hay más remedio que recurrir al balance vital, al que hace inevitablemente cada uno de nosotros. Se dirá que su valor es mínimo, porque se trata de una sola persona. Por lo pronto, es real: no es poco adelanto saber que una persona se siente efectivamente así. Pero, además, como las personas son comunicantes, se puede saber con bastante precisión cuál es el balance vital de otras; y cada una de estas de otras más, y si se vive en el mundo, quiero decir, si se anda por las calles y se viaja en los transportes colectivos, y se habla con cierto número de personas, y, sobre todo, se mira a los demás, se llega a una impresión bastante fiel de cómo se siente la gente. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA fin de año, hay una tendencia a hacer un balance. En esta época, casi siempre se reduce a estadísticas- con gran frecuencia amañadas y engañosas, en todo caso interpretadas con una finalidad precisa, que las enmascara y no les permite transmitir lo que podrían llevar dentro- Cuando se pasa de la estadística y se va un poco más allá, se hacen enumeraciones de hechos; probablemente es una influencia de ese documento generalizado que se llama curriculum vitae, tan desorientador. Esas enumeraciones son selectivas- tienen que serlo- pero lo grave es que un hecho aislado, aun siendo verdadero, aparece como representativo aunque no lo sea: casi nadie se da cuenta de que está usurpando el puesto de otros cien análogos que quedan en sombra y silencio. A En E s p a ñ a y en otros países que conozco adecuadamente, por ejemplo, en gran parte de Hispanoamérica, en los Estados Unidos, en Italia, la gente se siente relativamente bien. Hay una dosis considerable de alegría, de convivencia, de esperanza. En buena parte de esos países las cosas públicas no van bien, y se teme que no van a mejorar mucho. Lo curioso es que en aquellos en que van satisfactoriamente se hace un denodado esfuerzo para que se pierda la esperanza. Es increíble lo que ha irritado a casi todos los extranjeros y a bastantes americanos el que la población de los Estados Unidos haya vivido últimamente unos años de confianza, ánimo, lo que podríamos llamar euforia histórica Unos y otros se aplican fervorosamente a intentar acabar con ella. La consecuencia de esto es que tales balances de fin de año- o de fin de legislatura, o de cualquier otra unidad más o menos convencional- vierten muy poca claridad sobre lo que ha pasado, y por supuesto sobre lo que puede pasar o se puede hacer. Y esto hace que en este tiempo de múltiples informaciones, constantes, instantáneas, abrumadoras, sea frecuentísimo, casi normal, vivir en estado de error. Nada sería tan aleccionador como precisar las convicciones de la mayoría de los hombres acerca de las cosas, y cotejarlas con lo que efectivamente son. Se dirá que esto es muy difícil, casi imposible. Así es, pero hay un método accesible, aunque trabajoso: dejar pasar el tiempo y ver qué porción de esas convicciones se sostiene al cabo de un par de años. Por fortuna, la mayoría de ellas- a diferencia de lo que ocurría en épocas más sencillas y elementales están prendidas con alfileres y se desprenden o se abandonan pronto. En eso veo una esperanza de mejoría; lo malo es que tales convicciones suelen ser sustituidas por otras igualmente inconsistentes, resultado de la misma presión informativa oportunamente orientada. Por eso, la representación política suele reflejar muy imperfectamente el estado real de la opinión en los países democráticos- e n los que no lo son, ello queda excluido de antemano y por principio- lo que un elevadísimo número de personas piensa, desea o quiere apenas tiene cauce público en que manifestarse. Y no se trata estrictamente de opresión Principalmente son esas personas las responsables de esa falta de expresión. En primer lugar, no se atreven a decir- n i siquiera a decirse lo que es su verdadero estado de ánimo; piensan que deben aceptar las fórmulas que les presentan- por ejemplo, los partidos políticos, o las organizaciones sindicales, o los periódicos, o la televisión, o cualquier tipo de definidores, y no se les ocurre que tienen derecho- y o diría deber- a afirmar su personal punto de vista. En segundo lugar, en la medida en que lo tienen y adhieren a él, lo reservan al círculo personal, a sí mismos o a sus relaciones íntimas. Siempre me ha sor- ¿Tendrán éxito? Espero que no. Del mismo modo que confío en que no triunfen los esfuerzos que se hacen en países que han mejorado sustancialmente su situación, en que la esperanza era posible y tenía justificación, para que no prospere. España es un caso muy claro, el que conozco mejor, pero no es el único. Muy hábilmente, se procura por parte de algunos que se reduzcan lo más posible los motivos de satisfacción y confianza en el porvenir. La Monarquía ha sido la única manera realmente posible de superar la tremenda crisis que significó la guerra civil, de sanear la sociedad española y dejarla en franquía hacia el futuro; todos saben que esto es así, y que el acierto ha acompañado sin excepción a los Reyes, ya durante doce años. Pero se procura que la presencia, la eficacia, la ejemplaridad de la Corona sea mínima; se dice: ya que es buena, que sea lo menos posible. Algo análogo se podría decir de la democracia, que no es una panacea, pero sí el único tipo de gobierno legítimo en nuestra época, y el mejor método para resolver los problemas. Se disminuye su realidad, se la mediatiza todo lo posible, se merma su prestigio, con riesgo de que los ciudadanos lleguen a perder interés por ella. El Congreso casi siempre vacío, inerte, automático, con decisiones a priori; el Senado reducido a poco más que nada; la interferencia constante en todas las estructuras sociales en que se puede manifestar la opinión; todo ello rebaja la realidad de la democracia. Los partidos de la oposición reaccionan mínimamente a todo esto, rara vez prometen cambiar lo que dicen que está mal, suscitan muy poca esperanza. Y, sin embargo, en España y en otros países hay vitalidad, voluntad de convivencia, elasticidad social, respuesta privada a lo yalioso; en suma, posibilidades reales, capaces de suscitar esperanza. En 1976 se realizó la conversión de las opiniones privadas en opinión pública. Hay que publicar los balances vitales. Julián MARÍAS de la Real Academia Española INTERNACIONAL Para hacer llegar sus mensajes comerciales a todo el mundo.