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ABC, pág. 42 TRIBUNA ABIERTA -MARTES 29- 12- 87 ESPIÓLES STOS nuevos españoles, de los que tienen poder adquisitivo, jóvenes casi todos, algunos ya maduros, son los que, generalmente, se hacen los dueños del hiper los viernes por la tarde y los sábados por la mañana. Estos españoles de hoy, situadíllos, con empleo o cargo remunerado- a l que se agregan los ingresos de la cónyuge- van por ahí como arrasándolo todo. Para ellos no hay rioja caro ni caviar por las nubes. La gasolina, además, les debe parecer a precio de emirato árabe, casi de regalo, pues el coche, nuevecito y potente, lo mueven que es un gusto. Muchos de estos nuevos españoles llegaron con el pelargón y los potitos cuando sus padres le pagaban el pisín en cómodos plazos a Urbis o al señor Banús. Es decir, que algunos de estos nuevos españoles, eufóricos y retozones, empezaron a darle patadas a una pelota por los solares del barrio del Pilar o de Moratalaz, cuando sus papas, en domingos sin restaurantes, los sacaban por ahí, en el Seiscientos, en el Simca 1000 o en el R- 8. Estos nuevos españoles de ahora es posible que sonrían algo tontuelos recordando el cochecillo que tenía papá, porque ellos han llegado- quizá algunos como por arte de magia- a los potentes y brillantes coches de importación. Y por ahí van, acosando a todo el mundo, pues parece que las carreteras son suyas, como el hiper y el restaurante, como el vino y el jamón serrano. Un ejemplo: la M- 30. Esta vía se la toman muchas veces como pista de competición. Si el conductor prudente no quiere pasar de los 90 kilómetros por hora- como marca la señalización- no sabe por dónde echarse. Si toma el carril de la derecha, se ve obligado a frenar en cada espigón de entrada, porque los Niki Lauda y Nelson Piquet que vienen por el lateral se meten en los carriles del centro a toda pastilla, sin ceder el paso. Entonces, para evitar una posible colisión, el conductor prudente suele tomar el carril del centro. Y por ahí parece que va tranquilo. Pero no es así, pues como se ve obligado a adelantar a algún vehículo más lento, para lo que ha de pasarse al carril de la izquierda, en seguida se ve acosado por coches que no respetan señalización alguna, que vienen a gran velocidad, soltando ráfagas de luz y hasta tocando repetidas veces el claxon. Son conductores jóvenes, que vienen eufóricos por la buena comida del restaurante serrano, y te agobian, casi te persiguen. Esto ocurre cualquier domingo por la tarde. No hay más que salir a la M- 30, tomar desde el norte hacia el sur, y comprobar cómo, al instante, ya tienes detrás cocnes de locos, vehículos a gran velocidad, soltando ráfagas de luz, acosando al que quiere conducir con arreglo a las normas establecidas. Parece ser que, entre estos españoles de ahora, con buen sueldo y coche importado, abundan los que, de alguna forma, quieren manifestar su euforia y su poder. Lástima, porque la cabeza de cualquier hombre debiera servir siempre para algo más sensato, inteligente y razonable. Rodrigo RUBIO 1 DESOBLIGADOS OE MIHB i! D OS jóvenes periodistas franceses idearon en Navidades pasadas realizar una encuesta sorprendente y cotidiana. Salieron a la calle a buscar entre los transeúntes alguno que quisiera acoger por una noche, a lo sumo dos, a un matrimonio extranjero, que no tenía donde alojarse, ella en avanzado estado de embarazo; caso de presentarse el alumbramiento, el ingreso en la clínica equis estaba previsto. La encuesta fue un auténtico fracaso; no sólo los interpelados se fueron negando, uno tras otro, a recibir en su casa a la pareja, sino que algunos respondieron de forma tajante y hasta insultante. Este cuento de Navidad en vivo, es un buen tema de meditación en estos días en que, a pesar de la extraversión a que nos obligan las relaciones sociales, la familia y las costumbres, también- porque a todos nos falta alguien -echamos una mirada al pasado. Pues bien, vayamos más allá de nuestras propias nostalgias afectivas, remontémonos a esos cerca de dos mil años, al comienzo mismo de la h i s t o r i a c r i s t i a n a y reconozcamos que si por nosotros fuera, Jesús hoy volvería a nacer en un pesebre, en un pasillo del Metro, en un solar abandonado. Nunca, no obstante, se ha hablado más de solidaridad, de justicia social, de derechos del hombre. Seguramente todos los encuestados- y nosotros también- habrán deseado paz y bien a los conocidos, a los allegados, incluso a los transeúntes cruzados al paso, en esa convención anual de la concordia entre los hombres de buena voluntad. Todos también estamos orgullosos de pertenecer a una nación donde el Estado asegura los servicios de asistencia social mínimos; todos nos sentimos ciudadanos responsables y sabemos que cotizamos anualmente al Fisco para sufragar, entre otras cosas, seguros de desempleo y cuotas de refugiados políticos, pero somos incapaces de ayudar eficazmente a los seres humanos que nos tienden su mano y sus ojos, asaltándonos con su penuria. Nadie debe quedar fuera del proyecto nacional, nadie marginado de los planes políticos, hemos oído repetir abrumadoramente, pero, ¿a qué proyecto están acogidos los pobres que nos asustan en cada esquina, en cada vagón de Metro, en cada semáforo? Esos son los pobres de siempre, los que al margen de las reivindicaciones sindicales y de las banderas de los líderes de la izquierda, manifiestan silenciosamente su derecho a la pobreza y su humillante apelación a la caridad. En la anécdota de los periodistas franceses y en la situación cotidiana de las calles madrileñas, lo que se pone de manifiesto es, por un lado, la despreocupación estatal por una lacra social que es sin paliativos un mal endémico, y, por otro, la desobligación individual a ejercer ja caridad, el amor al prójimo. El Estado- Providencia, incapaz de proveer- como promete -a todas las urgencias existentes, nos ha inculcado la peor de las desgracias posibles: la de no sabernos amados, la de ser incapaces de amar. Marta PORTAL U STEDES, señores lectores y amigos míos, sabrán disculpar que dedique esta columna, por una vez, a exaltar la figura de un hombre joven y ejemplar que me cae muy cerca: mi hijo, Manuel Monzón, Jr. que ha superado con una enorme dosis de esfuerzo y sacrificio las pruebas para ingresar en el Cuerpo de Letrados del Estado, cuando a mí continúa pareciéndome un niño. En él quiero rendir homenaje a todos los chicos que pasan del pasotismo y todavía creen en el mérito y en la superación para bien de su patria y de la sociedad en la que viven. Ha sido, como bien saben todos los padres de opositores un auténtico espectáculo de dedicación, estudio y concentración que ha encontrado su premio. Diez horas diarias- cronometradas- durante dos años y medio, sin conceder un solo minuto en tan apretado programa a fiestas, vacaciones, descansos ni aun enfermedades, bien merecen mi felicitación, mi orgullo y el suyo. Este sistema de oposiciones puede calificarse de espeluznante pero no es malo que el Estado quiera a su servicio a los mejores; no quizá a los más inteligentes o más excepcionalmente dotados en cuanto a talento se refiere, pero sí a los mejor dotados para el esfuerzo gigantesco. Y es que yo creo poco en eso de la inteligencia natural sin el indispensable aditamento del trabajo. Pienso que la inteligencia de nacimiento separa o distingue a los hombres unos de otros bien poca cosa. Lo que de verdad diferencia a unos seres humanos de otros es la fuerza de voluntad y la capacidad de esfuerzo. No puedo por menos de sonreír cuando oigo adjudicar un gran talento natural a tanto vago como anda por el mundo. Quiero decirle también, y a todos cuantos siguen el mismo camino, que el mayor orgullo debe ser el suyo; que, en definitiva, su esfuerzo es una inversión para el futuro de España y de ellos mismos. Sus padres nos limitamos a compartirlo satisfechos, pero conscientes de estar ya instalados en nuestro futuro y acercándonos a archivarnos en el pasado. Es a la sociedad de mañana, a partir ya de hoy mismo, y a las familias que cada uno cree a quienes deben ofrecer el fruto de su esfuerzo. Nosotros, los sénior, ya estamos pagados con haber aportado nuestro granito de arena a esa España de mañana que sois vosotros. Nosotros nos limitamos a sentirnos como entrenadores que han tratado de inculcaros sentido de la responsabilidad; el mérito es exclusivamente vuestro. En fin, enhorabuena, hijo, y un solo consejo (con bien pocos te he obsequiado has de reconocer) en estos momentos de parabién: el estudio y el trabajo bien resueltos son muy importantes, pero, con todo, probablemente leer sea más importante aún, que todo el saber humano está escrito. Continúa siendo siempre el lector infatigable que eres desde bien chico, porque ahí creo que ha radicado la clave de tu éxito y el de los muchos que estoy seguro te esperan y fervientemente te desea tu padre. Manuel MONZÓN