Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 29 DE DICIEMBRE 1987 ABC Y la prueba es que cuando el engañado no es noble, tampoco hay engaño; más que seguirlo, lo que hace es buscar bulto debajo de él. También me urge aclarar que no es lo mismo pueblo que público. De momento, público es aquella parte del pueblo que ha obtenido una entrada para estar en la plaza. Si en vez de vivir la corrida, se coloca ante ella como mero espectador que tiene derecho a exigir sólo porque ha pagado, esa misma actitud le segrega durante un par de horas del pueblo, y aún va a costarle más tiempo reintegrarse si considera que su exigencia ha sido defraudada, aun sin saber a ciencia cierta lo que había que exigir. Lo mismo le sucede a quien ejerce algún puesto de mando o algún cargo si se olvida de que, además y esencialmente, sigue siendo pueblo. El símil- esta vez no taurino, aunque muy bien podría serlo- de que se le han subido los humos o el cargo a la cabeza indica que dentro de ésta no había nada válido. Y, desde luego, no había pueblo. Cuando termina su corrida no conoce en qué punto del ruedo se ha quedado y, a veces, renuncia a la alternativa con tal de seguir mandando. Pero cuando se vive la corrida no se contempla al toro como enemigo ni como al que va a ser engañado. El toro no es enemigo de nadie; es el complemento del torero. Más aún, es lo que hace que éste pueda llamarse torero: el que tiene su menester en el toro y con el toro. Y el torero no engaña, en el sentido vituperable que se le da en la vida común; utiliza una técnica, o, si se quiere decir con pa- REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUGA DE TENA lACE ya tiempo me ronda la convicción de que el pueblo español se siente, en alguna fibra muy íntima, representado por el toro, hasta hacer de él un símbolo. No hay aquí nada parecido al tótem. La vida del pueblo español se nota ligada a la del toro de lidia y encuentra en ésta raíces muy hondas que le explican, casi siempre de forma intuitiva, sentida, su propia forma de existir, de querer y de comportarse. En esa más que curiosa implantación de la jerga taurina en el habla cotidiana hay algunas expresiones que, miradas superficialmente, parecen indicar, por el contrario, que la identificación se inclina haeta el torero, considerando al toro como el enemigo común que acecha y acomete. No hay tal. Mirado el fenómeno con más atención se advierte en seguida que si pedimos que nos echen un capote o damos las gracias por un quite oportuno, lo estamos haciendo frente a la actitud de otro que no es precisamente un toro, aunque sea, al menos en la ocasión, un potencial enemigo. Pero si entendemos que la actitud de éste equivale a una embestida, es evidente que volvemos al símbolo, y momentos llegarán en que alguien tendrá que ponerse a cubierto o tomar el olivo ante nuestro propio ataque. Hay, sin embargo, un asunto de extrema seriedad que debe quedar pronto elucidado, y es el asunto de los cuernos. De no ser por ellos, ningún español tendría reparo en confesar que, de cuando en cuando, viene muy bien embestir. En lo tocante a la cornamenta existe también una cierta simbología. Pero esta vez muy oscura y muy torpe. Queda, según creo, emparejada al engaño. Y así, un prójimo torea a una prójima, o al revés, porque le burla, y de este modo el que va toreado resulta un prójimo con cuernos. Pero digo que la simbología- o más bien, el símil- es desmañada, porque los cuernos no salen como consecuencia del engaño, sino que hay que engañar precisamente porque ya hay cuernos. Y en este terreno habría que comprobar todavía quién corre con la parte peor. Traspuesta la imagen al ganado cabrío, puede discutirse; en lo taurino no cabe duda, el engañado tiene más nobleza que el engañador. H PUEBLO, PUBLICO Y TdDÍI I UIlU nas (lo taurino, dicho sea de paso, labras menos enfáticas y más tauri- repugna lo enfático) para, templa y manda; hace arte de la embestida. El gran Dulzuras, con laconismo senequista, decía que cuando el torero utiliza el engaño, así en substantivo y no como verbo en tránsito perjudicial para otro, debe esperar al toro con los pies quietos no anticipar ventajas y, literalmente, exponerse. No hay suerte más hermosa en la lidia que la de tomar al toro de poder a poder, que no sé por qué ha venido limitándose al segundo tercio cuando tiene sitio en todos, hasta en la hora de la verdad. Pongamos las cosas en su sitio: ef engaño es un trapo y no una treta. El toro reclama ser bien toreado y dignamente muerto. Quizá deseara no morir, pero de la muerte tampoco se libra el pueblo. Los juristas propendemos en exceso a la abstracción- lo cual no deja de ser otra técnica y a considerar, según ella, que el pueblo no muere nunca; pero es porque las abstracciones tampoco viven. El pueblo vivo, de carne y hueso, compuesto de hombres y mujeres, ya lo creo que muere, y su muerte es fecunda, como la del grano que se rompe en el terruño y da ciento por uno. Cuando el pueblo está bien toreado, esto es, bien dirigido, lo que quiere decir que quien dirige cuenta con lo que aquél es, y de verdad quiere, y es dignamente muerto, lo que significa que, cuando haya de morir, pueda comprobar que lo hace tras una vida bien cumplida y por una causa con valor; en estos casos el pueblo se percibe a sí mismo como una realidad noble y se crece y se funda como algo muy sólido. Y lo mismo ocurre con el torero, desde que entiende que también participa de la suerte del toro. El gran contrasentido histórico del pueblo español es que, cuando ha sido consciente de ello, se ha notado las más de las veces chapuceramente toreado e indignamente sacrificado. Lo percibe con claridad, creo, en las malas corridas, cuando rechaza enérgicamente para sí mismo lo que ha visto malhacer en el ruedo. Arroja la bronca y las almohadillas a quienes malhacen su historia. Federico Carlos SAINZ DE ROBLES