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LUNES 28- 12- 87 ESPECTÁCULOS Cincuenta años de la muerte de Ravel ABC 75 Música de cámara y música vocal PENAS ocho obras conforman la aportación de Ravel al mundo camerístico, pero dejando aparte la Sonata para violín de 1897, todavía estudiante en el Conservatorio, y la Introducción y Allegro de 1905, obra encantadora pero muy de circunstancias, las restantes pueden contarse entre las fundamentales de su autor y aun de todo el siglo. Empezando por el Cuarteto de cuerda de 1903, perfecto resumen de sus años de aprendizaje y ya obra maestra de juventud Es ciertamente sorprendente que Ravel comience donde otros acaban. No hay género más riguroso y difícil, y de hecho nunca volvió a intentarlo; pero, junto al también solitario Debussy, constituye la médula del género en Francia. Sorprende también que con tantos mimbres ajenos acabara Ravel tejiendo una obra tan personal, tan premonitoria. El Trío para violín, violonchelo y piano, de 1914, es bien representativo de la segunda manera raveliana, la más cercana al halago impresionista, aunque, como todas las suyas, logre evadir de las brumas armónicas un perfil melódico neto y nítido. Escrito en San Juan de Luz en los días en que se fragua la primera gran guerra, el propio Ravel confesaría la ascendencia vasca de algunos de sus temas. La maestría de la forma, la habilidosa combinación de timbres tan opuestos, cuadran con la rica sustancia musical del contenido. De nuevo una obra maestra. Si el Cuarteto y el Trio pueden ser considerados como ejemplos perfectos y resumen de sus dos primeros estilos, la Sonata para violín y violonchelo, de 1920- 1922, sería el más ácido comentario de Ravel al clima de la Europa de posguerra: renuncia al halago sensorial, defensa de la melodía y el contrapunto frente a las sutilezas armónicas, ironía, agudeza crítica. El primer movimiento fue publicado en la Revue Musicale, junto a otros trabajos- entre ellos el Homenaje guitarrístico de Manuel de Falla- para Le Tombeau de Ciaude Debussy, recientemente fallecido. Era un homenaje, sí, pero también un distanciamiento: era otro mundo el que afloraba entre las ruinas de aquel buen tiempo pasado Tres nuevas obras para violín, con el piano esta vez, vendrían a continuación. En 1922, la conmovedora Berceuse sur le nom de Fauré, otro de sus maestros, a quien Ravel homenajea a la manera antigua, utilizando las letras de su nombre según la notación alfabética o su similitud con las sílabas guidonianas. Está dedicada al hijo de Roland- Manuel, su biógrafo (también lo sería de Falla) Don Manuel la quiso y la incluyó entre las músicas incidentales que subrayaron la fiesta de Reyes de 1923 en casa de García Lorca, cuando se estrenó la única- desgraciadamente única- colaboración entre poeta y músico: La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, primera producción del famoso y frustrado proyecto del Teatro Cachiporra Andaluz. Tzigane, de 1924, subtitulada Rapsodia de concierto, es la genial aportación de Ravel al mundo del virtuosismo romántico a lo Paganini- Sarasate, mezclado al folclore zíngaro. Y, como remate, la maravillosa Sonata A V para violín y piano de 1927, largamente gestada a lo largo de estos años. El blues central puede sorprendernos con su reminiscencia del jazz que invade la Europa de entreguerras; pero, a pesar de todo, no cabe hablar sino de música francesa, en uno de los momentos más creativos y refinados del arte de nuestros vecinos, tan ligado, por otra parte, a la música española de la primera mitad de nuestro siglo. El arte vocal de Ravel es más variado y aun variopinto. Incluye, naturalmente, sus dos óperas: la comedia musical L heure espagnole, de 19 t 9, con la que culmina el hispanismo- utilizo el término que suelen emplear los musicólogos franceses- de Ravel, y la fantasía lírica L enfant et les sortiléges, de 1925. También incluye las primeras cantatas para solistas y orquestas, con títulos tan sugestivos como Mirrha (1901) Alcyone (1902) y Alyssa (1903) Incluye algún delicioso ciclo coral, como las tres canciones de 1925. Y, por supuesto, las canciones verdaderamente dichas, tanto con acompañamiento pianístico- las más numerosas- como camerístico y orquestal. Un rango común a todo este impresionante conjunto es el de la exquisita y al tiempo novedosa acomodación de la música a la prosodia del poema. Si uno de los rasgos del humanismo musical y, por tanto, la máxima alabanza que se podía hacer a un músico en el siglo XVI era la perfecta adecuación del punto a la letra No es sabrosa la música, M 7 señora Ravel es uno de los grandes humanisías de nuestra época. Hay también mucha mayor variedad en los motivos y en las respuestas a estos estímulos, si comparamos esta faceta de Ravel con otros bloques de su catálogo. Los poetas simbolistas, como Maliarmé, Verlaine... recibieron, como era de esperar, las músicas apropiadas. Pero es muy curioso, dentro de la amplia gama de intereses de Ravel, las sugestiones que proceden de mundos exóticos. No deberemos incluir en él lo español, porque nuestra cultura es para Ravel una especie de patria interior nada exótica por tanto. Habría que recordar el increíble ejercicio de la Vocalise- Etude en forma de habanera (1907) la más genial entre las muchas que compuso; la canción española que encabeza sus Cantos populares (1910) o las tres del ciclo de Don Quijote a Dulcinea, un tanto más aparatosas y superficiales; Lo exótico cuadra mejor con la recreación de lo original en Shéhérezade (1903) con las melodías hebraicas o con las populares griegas; o, milagro raveIrano que sigue pasmándonos como cuando se escucharon por vez primera en 1926, las Chansons madécases tan admirables escribió Falla a un amigo) donde el mundo criollo de las colonias francesas de América grita con énfasis casi animal rasgando el sutil tejido civilizado que las envuelve. Tenía que ser un francés quien hiciera añicos la confortable teoría roussoniana del buen salvaje... Antonio GALLEGO