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LUNES 28- 12- 87 ESPECTÁCULOS- Cincuenta años de la muerte de Ravel A B C 73 Luna entre dos soles N el año 1920, con motivo del estreno de su Rapsodia española en Viena, pasó Ravel tres semanas en casa de Alma Mahler. Vivimos solos en mi pequeño piso... Tuve tiempo y ganas para estudiarle. Fue un huésped altamente interesante, de la más refinada y sensible cultura. Se presentaba a desayunar con una bata de raso de vivos cotores, maquillado y perfumado. Era un Narciso Su cara, muy hermosa. Aun siendo pequeño, su cuerpo estaba tan bien proporcionado que su figura era muy bella en su elegante y alada movilidad. Estaba poseído de sí mismo. Años más tarde, en 1937, a la muerte del compositor, escribe Alma: Ravel es hoy repertorio. Creo que Debussy y Strawinsky eran más fuertes y originales. Ravel fue como una luna entre dos soles. Al releer estos comentarios no puedo por menos que recordar el tercer número de Sheherezade (poemas de Tristan Klingsor, que Ravel puso en música) Ündifférent (la inútil llamada de una mujer a un joven indiferente) Tus ojos son bellos, dulces como los de una muchacha, joven extranjero... Tu hermosa faz... Cantas una lengua desconocida y encantadora, como una música falsa... ¿Conocía Alma este poema? ¿Jugó el papel de la mujer un poco despechada? Entra. Que mi vino te reconforte. Pero no... pasas... La coincidencia es curiosa; la observación, intersante. ¿Un contenido menor expuesto con un refinado virtuosismo? Ravel es el maestro de un paraíso artifical de mozas, de hadas, de animales jóvenes, de relojeras sin alma y relojes inmóviles. Maestría, virtuosismo, refinamiento, sensibilidad... En sus obras sinfónicas lo primero que nos atrae es la maravillosa instrumentación. El cuidado, el detalle, el preciosismo son infini- E tos. Ricardo Strauss y Ravel terminan ese edificio que es la orquesta moderna, al que Haydn puso sus primeras piedras al desligarse de la barroca. Las familias de instrumentos se completan: la flauta grave (en sol) los saxofones, el sárrusofón, etcétera. Es, además, la busca del instrumento necesario para un determinado cometido y la explotación hasta el límite de sus cualidades. Un ejemplo es la deliciosa Hora española de 1911. La familia de las maderas (flautas, oboes, clarinetes y fagotes) no había encontrado una buena solución a su registro grave. El contrafagot de la época era muy rudimentario, no había evolucionado con la rapidez del resto y no poseía ni el volumen ni la calidad sonora, ni la necesaria afinación. Entre las alternativas de la época contrebas- se a anches oficleides, en diversos tonos, clarinete, contrabajo, sárrusofón, etcétera- Ravel elige sin dudarlo este último. No contento con darle su contenido habitual, le hace solista en la imitación del gallo, haciéndole sonar sólo con la boquilla. Cuando años después el contrafagot (sistema Heckel) se perfecciona, no dudará en devolverle su puesto en la orquesta e incluso confiarle la hermosa melodía con que se inicia su concierto para la mano izquierda. No hay instrumento para el que no haya escrito un solo importante. La flauta de la Sheherezade y del Daphnis los saxofones y el trombón del Bolero la trompa dé La pavana o el fagot de la Alvorada encuentran el diseño justo para mostrarnos sus secretos, sus intimidades, su virtuosismo. A veces escribía para un instrumento con un propósito especial, con alguna meta técnica a conquistar. Su Gaspar tenía que ser más difícil que el Islamey de Balakirev Una página de virtuosismo trascendente. Compone al tiempo sus dos conciertos de piano. Uno, alegre, desenfadado, en donde mezcla el piano con una pequeña orquesta de virtuosos que dialogan con el solista. Otro, el de la mano izquierda, dramático, con una orquesta masiva, con el increíble solo del contrafagot antes citado. Cuando él mismo se critica La Pavana tiene una influencia de Chabrier demasiado flagrante resuelve esta influencia en una elegancia inexistente en el modelo. El haber elevado a inspiración tímbrica la artesanía de la instrumentación será su mejor legado. Volvamos a Alma Mahler y su luna entre dos soles Quizá su música en un análisis final le resultó tan indiferente como la persona. Rafael FRÜHBECK DE BURGOS Un compás para el recuerdo ONOCÍ al gran maestro francés en 1924, presentado por Manuel de Falla, que me dio una carta admirable para su ilustre colega. Falla y Ravel son para mí los dos compositores que más admiro y que tanto han influido en mi evolución musical, sin olvidar la importancia de un Debussy o un Stravinsky, a los que igualmente debo tanto. Para mi sensibilidad, estos cuatro genios son los más importantes después del wagnerismo. Ello no quiere decir que ignore a Richard Strauss o a un Bela Bartok, o al que fue mi amigo de París Sergio Prokofiev. Durante muchos años, a partir de 1924, estuve asiduamente en contacto con Ravel y trabajé con él seriamente. Nunca olvidaré su frase inquietante: Lo que no se ha compuesto con el corazón, vale menos que el papel pautado en el que se ha escrito. A este respecto tengo que citar una carta de Debussy a Stravinsky, en la que le dice: Querido Stravinsky. Es usted un gran compositor. Sea usted un gran compositor ruso. ¡Es tan bello sentirse como el más hu- C milde campesino de su país... Toda la obra de Ravel está empapada de conciencia francesa, pero con gran atracción española. Fue un fervoroso amigo y admirador de Manuel de Falla. Basta decir que cuando escuchó las Siete canciones populares del maestro gaditano las consideró como las siete perlas de la música española ¡Qué podemos decir del Concertó de Falla! El propio Ravel lo consideraba como la obra de cámara más importante del siglo. Como he recordado recientemente, el refinamiento y el trabajo minucioso de una perfección y precisión compositivas inigualables llevó a decir a Stravinsky que a Ravel habría que llamarle el relojero suizo Era un gran trabajador de sus composiciones. En una ocasión su hermano le urgía a que diera fin a las obras de piano de Gaspard de la Nuit. Ravel le dijo que le faltaban sólo tres compases, tarea que le llevaría tres días. Pues bien; los tres días se convirtieron en tres meses, Ravel me confesó que el final de su Daphnis et Chloe no le satisfacía. Habían anticipado el estreno y el maestro tuvo que trabajar a marchas forzadas, y a él le quedó la inquietud de revisar la danza final, cosa que nunca pudo realizar. Es lo mismo que le ocurrió a Falla con El amor brujo, de la que quiso hacer una revisión total, pero no pudo. Yo mismo sueño con poder llevar a cabo la composición final de Atlántida tal como Falla la ideó, con un Hossanna y un Aleluya de los que el maestro dejó apuntes. Con el paso de los años, la importancia de Ravel es cada vez más firme, frente al confusionismo que vivimos actualmente. Como decía Falla en sus notas sobre Ricardo Wagner en el cincuentenario de su muerte, el gran maestro era, como tantos otros de su categoría, un enorme personaje de aquel enorme carnaval que fue el siglo XIX, y al que sólo puso término la Gran Guerra, principio y base del gran manicomio que está resultando el siglo en que vivimos. Ernesto HALFFTER