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ABC, pág. 60 TRIBUNA ABIERTA -JUEVES 24- 12- 87 tiempo. Los colores parecían haber perdido su brillo original y eran sólo como señales turbias de un camino olvidado. ¡Pero qué emo- N homeless -que es como llaman aquí a los vagabundos- vocifera desesperado en la esquina de la Quinta Avenida con la 92 nd Street. Las madres cruzan empujando los coches de sus bebés hacia Central Park. Las limosinas negras de cristales cegados dejan o esperan a sus dueños frente a la oficina, la peluquería o el museo. Ancianas maquilladas y vestidas de jovencitas se agrupan en los bancos en animado cotorreo. Las ardillas saltan entre los pájaros y corren por el tronco de los árboles. Las barcas esperan perfectamente alineadas que alguien les dé un paseo. En la terraza, junto al lago, la gente lee, o hace crucigramas, o escribe o simplemente mira las ondas en el agua mientras toma el sol. Por las veredas pasan en bicicletas un muestrario de razas. Por todas partes corredores sudorosos. Un hombre negro y demasiado grande ha conseguido dormirse sobre un banco. Sobre las praderas se extienden los más despreocupados. Central Park, lo mismo que un abuelo jovial, los acoge y consigue sedarlos con las historias que se le escapan de los árboles. La arena es negra, y la salpica el marrón de las hojas que han caído demasiado temprano. En el centro de una glorieta los niños juegan subidos a las estatuas gigantes de bronce que forman Alicia y sus personajes. De cuando en cuando asoma entre la hierba una roca brillante de pizarra como extrañas ballenas. Sobre las escaleras del Metropotilan Museum siempre hay gente sentada que come o descansa. En los cines se pueden comprar cubos de papel de distintos tamaños llenos a rebosar de palomitas calientes que chorrean con mantequilla líquida. Y vasos de Coca- Cola helada cubiertos con una tapadera en la que se clava una pajita de plástico muy fina. Y en todos te recomiendan que no fumes. Los martes, a partir de las cinco, los museos tienen la entrada gratuita. Las casas victorianas, y los palacios del siglo XIX, se sienten protegidos por los magníficos rascacielos, conviviendo con ellos en perfecta armonía. Y nade mira a nadie. Los autobuses también llevan- como las limosinas -los cristales ahumados, y parecen enormes ciempiés. Las calles y avenidas son muy rectas, siempre te dan una infinita perspectiva. Y uno se echa a andar por ellas como por la senda del mago de Oz, hasta que acabas rendido de cansancio. Todas las calles importantes y largas cambian de fisonomía a medida que las vas andando. Depende mucho del tipo de comercios y de la gente que vive dentro de sus casas. Los Jackson Hold están por todas partes. Son una mezcla entre cafetería y restaurante. Se come una buena comida americana. Y no U NOTAS NEOYORQUINAS Por Tina SAINZ son caros. Ni baratos tampoco. Dentro se cionante! Al mismo tiempo la oferta cultural está por mezcla todo tipo de gente. Bueno, eso también depende de la zona. Hacen unos riquísi- todas partes. El último dominical del New mos desayunos con huevos y bacon muy York Times es un puro mareo de cosas para ver este otoño. crujiente. En el Museo de Arte Moderno están haEl tráfico de la avenida Madison en la parte ciendo una retrospectiva de la alta, cerca de donde vivo, camParamount Pictures con motivo bia completamente a medida que de su LXXV aniversario; el otro avanza la mañana. Temprano, día ponían una película de Billy cuando salgo hacia Central Park, Wilder y había que ver cómo essólo pasan enormes camionetas taba ese cine tan grande comde reparto, con flores, con comipletamente abarrotado. Yo fui da, con ropa de alguna tintorería con una vecina mía de Boston o con muebles. Enormes homque es comisaria de arte y una bres negros las conducen y intelectual, pues tuvimos que hacuando las detienen para descer cola con un montón de gente cargar la mercancía, bajan otros para conseguir un sitio de stand hombres negros igual de granby que significa que son sitios des. Siempre hablan a gritos, y de los que a última hora no llegastan bromas con los otros gan, como las listas de espera hombres negros que salen de de los aeropuertos. Conseguilas tiendas o de los portales a mos entrar. La película era A recoger lo que les traen. ¡n a Sainz T Foreing affair con Jean Arthur Entre la tienda donde venden Actriz y Marlene Dietrich. El cine, como fruta y la lavandería del matrimodigo, estaba abarrotado, pero sonio chino suele estar un pobre. bre todo de personas mayores que esperaSiempre es el mismo. Yo digo que es un po- ban expectantes a sus estrellas. bre a pesar de que ni pide ni lleva cartelito. Mi vecina la comisaria, que se llama BelinSe limita a estar ahí mirando a ningún sitio concreto. En el poyete que sobresale de la da, y yo, tuvimos que sentarnos en butacas lavandería suele tener apoyado un cubo de separadas. A mi izquierda me tocó un señor papel de tamaño pequeño como los de las gordo y muy mayor, cargado de paquetes, palomitas de los cines. A veces lo sostiene que dormía como un bendito y sólo se desen una mano, por eso y por su aspecto dete- pertó cuando se apagaron las luces y emperiorado he deducido que podía ser un pobre. zó la película. A mi derecha me tocaron dos deliciosos Claro que puedo estar equivocada. Pero el otro día vi a dos más, también con el cubo de personajes. Una señora de muchísimos años, muy pálida, con una nariz larga y muy grande papel en la mano, en un sitio lejos de aquí y tenían el mismo aspecto. Así que o son po- ue me tapaba el lado derecho de su cara. bres o pertenecen a algún tipo de secta u or- Llevaba puesto un turbante y se vestía con ganización. Yo no me atrevo a preguntarle, y prendas deportivas de hilo beige muy claricomo tampoco mira ni dice nada... Ya me de- to. Tenía el bolso sobre el regazo, abierto, y con unas manos de piel y dedos increíblecidiré, más adelante seguramente. mente finos y cubiertos de pecas, no paraba Es una pena no poderme parar algunas ve- de sacar pequeños recipientes con cremas y ces en medio de la calle y quedarme todo el perfumes que abría, cogía un poquito, se lo tiempo que quiera mirando para arriba o para ponía, cerraba el recipiente y lo volvía a medonde quiera, con la boca abierta dándole li- ter en el bolso para volver a sacarlo a contibertad al asombro. Esto me pasó un día nuación. Me tenía intrigadísima. A su lado un cuando pisé por primera vez el corazón de señor como ella, de muchísimos años, alto Broadway. ¡Me dio una rabia! Pero me han como un gigante y, también como ella, vestidicho que no lo haga por motivos de seguri- do de hilo beige clarito, los dos haciendo dad, para que no me tomen por una turista y juego. Parecía un aristócrata Victoriano. Pues me roben. Así que cuando voy acompañada bien, él, cada pocos segundos palmeaba me desquito. Y mientras, voy por las zonas fuerte con ambas manos protestando porque conflictivas confundida entre la multitud, la película aún no empezaba. Cosa que para como el correcaminos y con cara de po- él estaba resultando de lo más irritante. ker las gafas de sol bien caladas y sin mirar Cuando empezó por fin, y en cuanto aparea nadie. ¡Dios me libre! cieron en la pantalla Jean Arthur y Marlene El otro día cruzando por la calle 42 lo sentí Dietrich, todo aquel público entusiasta acogió horrores. Estaba haciendo tiempo para entrar su imagen con grandes ovaciones de afecto. en el cine y bajaba escopetada por Broadway Y a Marlene hasta le aplaudieron más de un mutis. buscando ansiosamente un café o algo parecido donde sentarme un rato. Sólo eran las La semana pasada llovió durante tres días cuatro de la tarde pero el vicio me salió al en- y el sol no salió para nada. Entonces ocurrió cuentro como si fueran las tres de la mañana. algo precioso. Los hombres, blancos y negros, de tocios los Los rascacielos se metieron hasta la mitad atuendos y tamaños, se apoyaban en la esentre las nubes y eso le cambió por completo quina con una clara actitud de oferta y de deel aspecto a la ciudad. Apareció distinta, manda. En aquel trozo de la calle 42 parecía como decapitada y esparcida sin orden ni que el aire no entraba desde hacía mucho concierto a merced del viento y de la lluvia.