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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 24 DE DICIEMBRE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA don Benito Pérez Galdós se le iba el alma hacia todo lo romántico. Cuando escribe novelas contemporáneas en los años de la Restauración, el Romanticismo como forma de vida está ya lejos, y la presión del mundo que lo rodea, y al que es fiel, lo lleva a formas que se han llamado- u n poco apresuradamente realismo o incluso naturalismo Pero va a hacer cuarehta años que señalé un equívoco: La desheredada (que se suele considerar como el comienzo del naturalismo galdosiano) es la superación del realismo psicológico de las primeras novelas de Galdós, las llamadas de tesis el avance hacia el relato directo de las vidas de los personajes, la primera anticipación de la novela personal de Unamuno. En los Episodios Nacionales encuentra Galdós la España romántica, y en ella se mueve como el pez en el agua, lleno de entusiasmo. Esto se ve con especial claridad cuando el Romanticismo empieza a declinar, proceso que no se escapa a Galdós y que mira con evidente melancolía. En Bodas reales hay un párrafo revelador al hablar de Joaquín María López, a quien descalifica políticamente: Pero si su figura, pasado el tiempo, pierde todo interés en la vida pública, en la vida privada es de las más bellas, dramáticas e interesantes. Mil veces más que la historia de don Joaquín María López vale su novela, no la que escribió titulada Elisa, sino la suya propia, la que formaron los desórdenes, las debilidades y sufrimientos de su vida, y que remató una muerte por demás dolorosa. Vivió su alma soñadora en continuos aleteos tras un ideal a que jamás llegaba, y en continuas caídas de las nubes al fango. En suma, una vida romántica. ABC Galdós ve claramente la pérdida de autenticidad del espíritu romántico, la prolongación insincera de sus gestos. Y la forma de vida anterior va siendo sustituida por otra, que Galdós caracteriza con humor y cierta dosis de despego: Tras esta grandiosa procesión romántica que iba pasando y en el ocaso se desvanecía, vino otra procesión cuyas figuras traían menos poder literario, arreos no tan vistosos, vestiduras poco brillantes y armas enteramente flojas, afeminadas y deslucidas. Vino un sentimentalismo baboso que en años siguientes hubo de dar frutos de notoria insipidez, un suspirar, un quejarse continuos, como expresión única del amor. La suprema fórmula estética fue la languidez: púsose de moda el estar lánguido; languidecían los poetas, languidecían las niñas casaderas y las jamonas que ya habían corrido el ciclo romántico en toda su extensión. Esta última frase es interesante: las que habían sido románticas se incorporan a las nuevas vigencias. Languidez, suspiros, voluptuosidad. Creo que en 1841 se produce un cambio generacional; no se olvide que la guerra carlista, romántica hasta el límite, termina con el abrazo de Vergara en 1839. Galdós habla del aislamiento cultural que vuelve a pesar sobre España, en 1845: Pero ya entonces había Pirineos para la salida del arte, aunque estaban abiertos para la entrada, y Espín se quedó en casa, como los artistas que le habían precedido y los que en las siguientes década crearon la zarzuela. El mal gobierno y las revoluciones estúpidas, desacreditando a la raza y permitiendo que cundiese la engañosa fama de su esterilidad, son culpables de las terribles aduanas que en todas las fronteras de Europa cierran el paso a las artes de nuestra tierra. No cabe mayor perspicacia; el pasajero entusiasmo por la España romántica se ha desvanecido, y vuelve a comenzar el desinterés exterior, cuidadosamente fomentado desde dentro. Siglo y medio después las palabras de Galdós siguen siendo verdaderas. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID A LA VOCACIÓN ROMÁNTICA DE GALDOS En este mismo libro hay una admirable descripción de la crisis del Romanticismo: Remitía ya la fiebre romántica; iba pasando la violencia de las pasiones, comúnmente fingida, pues raro era el poeta que sentía tan al vivo lo que expresaba; pasando iban los audaces giros de la expresión, las rebuscadas antítesis, el dilema terrible de amor o muerte, las casualidades fatalistas por las que el socorro de un afligido llegaba siempre tarde; pasaba también la humorada suicida, y la monotonía de poblar de cipreses y sauces el campo de nuestra existencia. Los grandes cerebros del Romanticismo habían dado de sí sus últimas flores; Don Juan Tenorio, que apareció en abril del 44, fue acogido como una obra tardía, que llegaba con dos años de retraso. Tres habían pasado desde la temprana muerte del gran Espronceda, y creyérase que había transcurrido un cuarto de siglo. Los innúmeros poetas que pasaban por sucesores del autor del Diablo Mundo ya no maldecían desesperados la vida, ya no empleaban los acentos más roncos del alma para expresar una murria que no sentían, y una melancolía negra que empezaba a ser de mal gusto. En 1852 (La revolución de julio) hay otra referencia al cambio de actitud. La sociedad no quiere ya cuentas con el género trágico, y se ha hecho pura comedia, con sus puntas de sátira, y la exhibición de pasiones tibias, de caracteres excéntricos o graciosos La tragedia no existe ya más que en el pueblo bajo, y en los ladrones y bandidos. Y al hablar de la educación de las muchachas, dice, entre otras cosas de interés: No conocen nada de la vida; no se ha permitido que en sus espíritus, amañados para la elegancia, penetre parte alguna del prosaísmo con que tenemos que luchar. Y más adelante hay una dolorosa confesión, puesta en boca de Fajardo, marqués de Beramendi por su matrimonio: Yo, sondeando cuidadosamente mi interior, le respondo que lo que ahora siento es... ganas de vomitar toda la historia contemporánea que tengo en el cuerpo, y que se me ha indigestado formando un bolo... Mis ilusiones de ver a España en el camino de su grandeza y bienestar han caído y son llevadas del viento. No espero nada; no creo en nada... Galdós sentía profundo entusiasmo por tres cosas: la belleza, sobre todo de la mujer, la valentía y el amor. Ahí veo yo su verdadero, auténtico cervantismo, no en algunas desafortunadas imitaciones estilísticas. La época romántica, con todos sus defectos y limitaciones, representó eso. Con ella se sentía Galdós identificado. Fue el Romanticismo una época de increíble frecuencia del valor personal, casi siempre mal empleado, pero no menos real. Las luchas políticas de tiempos de Fernando Vil, la cruel guerra carlista representan una insólita acumulación de valor y heroísmo. Galdós ve la crueldad, el dolor, la estupidez, pero reconoce la valentía indómita, que le parece una atenuante de todo lo demás. Y ello sin partidismo, con admiración que llega hasta a Cabrera, cuya fanática y demencial ferocidad reconoce a la vez que su valor personal. Y es interesante que el entusiasmo de Galdós vuelve a encenderse cuando, en fases posteriores, esa virtud reverdece. En cuanto a la admiración por la belleza, el entusiasmo por la mujer y, por consiguiente, por el amor, todo ello constituyó el núcleo más vivaz del Romanticismo; de ello participa Galdós sin reservas. Y esto hace que su obra, y quizá especialmente los Episodios- e n muchos sentidos más libres que las novelas- esté llena de admirables, espléndidas figuras de mujer, de una variedad y hondura que probablemente no tienen rival en la literatura de su tiempo. El ruido de las armas, que llena todas las series, desde los cañones de Trafalgar hasta los de los cantonales, ha impedido quizá que se preste adecuada atención a lo que Galdós sin duda prefería. Julián MARÍAS de la Real Academia Española