Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC Je ías arfes A la izquierda, Ramón Gómez de la Sema en el espejo del Pombo. A la derecha, el Café Gríensteidl de Viena (1896) Acuarela de Reinhold Vdikel El café y la muerte L alma finisecular fue en extremo sensible al café. Una cierta hiperestesia hace que se conjugue El café donde se ama (José Francés) con el café de la muerte. Nostalgia y sentimiento trágico de la vida. Visión del café como tumba y ataúd, como lugar en donde fantasmagóricamente se consume la vida en la lenta espera de la muerte inexorable. Melchor Fernández Almagro encontraba que lo patético de los viejos cafés es que en el agua quieta de sus espejos se han sumergido muchas vidas, ilusiones, fracasos y sombras E Antonio Bonet Correa, catedrático de Historia del Arte y colaborador habitual de estas páginas, ingresó el pasado domingo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde recibió la medalla número seis de la corporación. Reproducimos a continuación un resumen de su discurso, que versó sobre la historia de los cafés. frío que un café provinciano por la noche. Gruta oscura, pese a la electricidad incapaz de superar a la luz de gas, nada más borroso y fantasmagórico, más vacío y decrépito. Su conclusión era tajante y desoladora: Todos los cafés del mundo son salas de estación en las que se espera la muerte. Ramón Gómez de la Serna, siempre con aquel humor negro tan español, también veía en el Café de Pombo una sagrada cripta, un lugar donde oficiar religiosamente, también en espera de las postrimerías. De Pombo, lo que más le gustaba eran sus salas con aspecto de fúnebre panteón y aire de edificio subterráneo. En su opinión, el café ideal se podría establecer en las galerías profundas del Vaticano En Pombo, Ramón oficiaba de sumo pontífice de la vanguardia. Alfonso Reyes, en 1918, al evocar al escritor en El Café nos dice que allí- se sienta rodeado de los suyos, en un rinconcito, junto a una mesa que tiene las delicadas formas de un ataúd. Desde allí ve desfilar el tiempo, ve pasar la muerte disfrazada de camarera, ve pasar a doña Pendendo, a Goya, a la de los ojos coléricos y al de la barba despeinada Los escritores vieneses de la misma época tuvieron igual percepción del café. Para Werfel, en su novela Barbara, el Café Altemberg de Viena es un lugar irreal y espectral. Caverna alta, le maravillan sus columnas. Un algo extrañamente eclesiástico define su espacio. La espesa nube blanca del humo de los cigarros que flota en el ambiente es como el incienso bajo las bóvedas de una catedral. Como una gruta excavada en la montaña, el café pertenece al reino de las sombras, al de Hofus, el egipcio sol de la muerte. Paraje de vida estancada, en la que los parroquianos maliciosamente abandonados sobre los divanes dejan transcurrir sin prisa el tiempo, es también una prisión en la que los camareros son los guardianes o carceleros implacables. El escritor francés André Fraigneau, en la novela irresistible (1935) encontraLa imagen de la vida entraña la ba que no existía nada más triste y de la muerte. Todo es un simulaJUEVES 17- 12- 87 es ir desangrándose gota a gota sin percibido. Todo en el café es fúnebre. Hasta el juego del dominó, juego de huesos según Francisco de Cossío, es una forma de matar el tiempo a golpe de esqueletos El peruano Felipe Sassone cro. En el café se hace visible la encontraba que en un café provinParca con su guadaña. Todo evoca ciano de España las fichas de una el mundo de ultratumba. Este senti- partida de chámelo se alinean miento viene de lejos. Ya Galdós, como tumbas que construyen un que encontraba que el friso de bu- cementerio minúsculo cranios que decoraba la sala de La Pasa la vida y pasan los cafés. Fontana de Oro formaba un con- Nada más perecedero que su verjunto anacreóntico fúnebre des- sátil existencia. Su decoración es cribía su mostrador como un cata- frágil. Su tipología arquitectónica falco detrás del cual asomaba im- no puede ser más lábil. En sus esp e r t u r b a b l e la imagen del pejos, que multiplican el espacio cafetero Emilio Carrere, que en engañosamente, se condensa el los espejos de los cafés veía gale- tiempo y la experiencia. Su azorías por las que se habían ido tan- gue, que recoge y devuelve todas tas vidas, tenía una visión macabra las luces del día y de la noche, es de los viejos cafés. En ellos vaga- como un depósito, un pozo en el bundeaban unas viejas absurda- que se almacena la memoria de lo mente emperifolladas con arrequi- pasajero, el poso de las horas mones anacrónicos. Lo único que les quedaba que hacer en la vida era nótonas y quietas o el fogonazo de ir al café; allí hay luz, un suave ca- los sobresaltos, las pasiones delor de invierno. Matan el tiempo, sencadenadas, los vendavales del cuando es el viejo Saturno el que alma y las tragedias repentinas. En lo devora día por día. En los cafés sus lunas, veladas por los años, el poco concurridos, las largas hileras vapor de las bebidas calientes, las de mesas de mármol parecen se- bocanadas del tabaco y el tufo hupulcros bien pulimentados; cuando mano, todo se esfuma. Detrás ace detrás de una mesa surge el rostro cha el misterio. Su presencia evoca de una de estas viejas parece que la gran ausente. Su tersa superficie el habitante del nicho se ha aso- sólo la pueden hacer añicos la piqueta demoledora, un botellazo c mado por encima de la lápida el disparo de un revólver. Pero le Visión goyesca y negra. Nues- que nunca podrán borrar sus destras vidas desembocan fatídica- tructores es su enigma e historia. mente en la muerte. El parroquiano Nada más maléfico que romper el acude al café para mejor esperar a espejo de un café. la Parca. Matar el fastidio (Larra) Antonio BONET CORREA ABC 147 v