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Arriba, a la izquierda, un cántaro de barro para teche. Debajo, un cántaro de agua procedente del Alto Egipto. En el centro, dibujos murales referentes a la peregrinación a la Meca de la ciudad de Qena. A la derecha, un tatuaje Artes populares de Egipto UISIERA animar, con mis palabras escritas, la vida que da cuerpo a estos vestidos y trajes, dedos a estas sortijas, lóbulos a estos pendientes, pisadas a estas alfombras que se asientan en suelos de arena o baldosas. Quisiera colmar estas cestas de frutos- d e pequeños y apretados limones verdes, por ejemplo- llenar con agua estas vasijas, que los zapatos o botas calcen unos pies; en pocas palabras, conseguir que las hermosas piezas de arte popular egipcio reunidas en las salas del Banco Exterior recuperen su función, que se animen y muestren su uso como muestran su quieta belleza. Las piezas, trajes, vestidos, joyas, cestería; alfarería de Egipto, del Egipto actual, del Egipto de siempre, han sido elegidas por conocedores de la vida que albergan, de la vida que representan. Algunas han venido de Egipto, de ese Egipto que reúne tradición y modernidad, en capas sucesivas de una y de otra, que se interpenetran, se influyen, se enriquecen. Egipto es tierra de faraones, las Q Banco Exterior de España Paseo dé la Castellana, 32 Hasta el 14 de enero dos orillas de su río Nilo nos lo recuerdan constantemente; también es tierra de alfareros, tejedores, plateros, y todos ellos están presentes noy, con la misma fuerza que estuvieron en el tiempo de los faraones. Pero para encontrarlos, para conocerlos en su auténtico trabajo, para gustar el contenido tradicional en las artes que hoy, hay que extraviarse de los circuitos turísticos, descubrir tiendas insólitas de la provincia o de El Cairo, iniciarse- mostrando un interés respetuos o- en los usos y costumbres de los habitantes de oasis y pueblos. Sólo así se participa de la vida egipcia, soto así se puede gustar lo popular, su verdadera originalidad. La vistosidad de los trajes: la gallabiyya masculina, túnica de anchas mangas, cuerpo ligeramente ceñido, que cae hasta los pies; el manto, el sediri o chaleco, del Alto Egipto; los vestidos femeninos del Sinaí, con el velo, higab, que cubre el rostro, adornado con abalorios y monedas; los velos beduinos del Delta, burqu el vestido de novia, fustán, del desierto occidental, del oasis de Siwa; el rebozo, tarha, del oasis de Dajla, rectángulo de tela negra bordado en vivos colores en los bordes y el centro. En todos tos lugares de Egipto se tejen cestos, y de entre todos sobresalen los tejidos por nubios. Su imaginación, más cercana al corazón de África que a la costa mediterránea, maneja la palma, la paja, los distintos vegetales, con una vivacidad característica; mezcla estos materiales con lanas de colores fuertes, los adorna con conchas, con pequeñas piezas de barro, con abalorios. Y en sus dibujos, geométricos siempre, se ven discos solares, imágenes en las que pueden rastrearse antiguos significados. La joyería de los nubios- oro, plata, latón dorado- tiene la materialidad, el peso sobre la tierra de los pueblos sedentarios. Mientras que las joyas de otros lugares ofrecen un aspecto más ligero, apto para ser desplazadas, las nubias se muestran pesadas, compactas. Lo que en una joya beduina es calado, aireado, aquí se hace plano, ancho, detenido. El color, los colores en las ropas y los objetos crean un ámbito. Un ámbito que taladra, que hace un hueco habitable en la deslumbradora luz de Egipto. El color no puede acobardarse ante la luz. Por ello, el negro, el rojo, el verde, el azul, son constantes; el blanco se fracciona en las plantas del algodón, así no se disuelve en la luz; el gris, con su punto de oscuridad, de negrura, puede adornar, en monedas o hilos, vestidos y blusas. Y el siena, como la arena dorado, oscuro con la humedad, se detiene en la sequedad de los vegetales con que se tejen esteras, bandejas, cestas. El óxido de hierro, sangre de la tierra, decora por doquier las vasijas, en Fostat, en El Cairo, y por todo Egipto. Vasijas hechas a mano, sin torno, poco descansadas y menos cocidas, con el encanto de lo temporal, de lo frágil, de lo brevemente hermoso. Es ocioso contar; es preciso ver, acercarse hasta las cosas egipcias, hasta la vibración de la vida que quedó prendida en sus formas; esa vida ancha, densa, múltiple, corporal, que caracteriza ai pueblo egipcio de hoy, en el que coexisten muchos pueblos, muchas costumbres, mucha sabiduría. Adolfo CASTAÑO i 5 A la izquierda, farol del Ramadán. En el centro, escudo ornamental. A la derecha, un pectoral de plata JUEVES 17- 12- 87 ABC 137