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AL LORO A marmoia ci un l icho eslupcndo. Llega el invii rnn, V I. marmota r melé en su míidripucra y se echa a dormirt y tuundo vin- lvc a abrir los ojoí rcsull que i- s la primavera. El invicrmí se lo lio paüadd en mi sueñi) lun LJIcntila en su cama de hicrhas íccas. La niürmoia se kvanla hecha uii ¡idoícsio, dclpadita, deljiadilii. pírn en sc c repiíno y se instala en su ca a de verano, porque son unas s ¡hanlas. Lo que no sí es si, durame los mt- si- s no invernales, descabezan alpun sucñedllo. Es de suponer ue si. He tratado mucho a unu mamiola que se 1l am Lba Domicinnat pero sus mtimos le decían la Domi. Perleiieda a un nii o niio, el cual ía había domesticado y enseñado muchas m o n a d a s o más bien m a r m o í a d a s porque la mamiola se deja amaesiTar con bástanle í a n l i d a d Son muy graciosas, y se diría que le Itv man el pelo lindamente a u domador. La Domi tenia sus cuarteles de jnvienio en la despensa de la casa d ¿su ¿imo. t; n cuatJlo llegaban los primeros fríos la preparaban cómodo lecho, y allí se acurrucaba y ¡hasta la primavera, sí Dios quiere! Eso sí. el in %i emÍlo que pasan los moradores dt la casa era de alivio. En cuanto alguien Icvanlab ¡i la voz. mi amigo orderjaba; ¿A callarse, ijuc se va a despertar la Dumi! HUMOR L Antología del h u m o r LA MARMOTA un tiro. A los pant. ilones se les notaba que pertenecieron a su señorita, y que la señorita tra infinitamcnlc mis delcada que elki Tudií la larde dominical me la pase a ver el estallido de las costuras de los pantalones. No hubo suerte. Las marmotas hunianas su caracteriían píir un ajrc especial. Están despierlas, no cabe duda, y, sin embargo, nos producen la impresión de que se encuentran sumidas en un prolongado felargo. Siempre cstftn como ausentes de lo que las roj e a Se les habhi, y enioncc p a r e c e g u e se d e s p i e r t a n ¿Eh. que has didio Se lo relien mos. Cómo qué, decjas qu Al ím. cojjtesian que sí, cuando lo congruente era di cir que no. y viceversa. Nunca se enteran de nada. Jamás sienten curiosidad alguna. Se dut rmen en la purjta tie una e s p a d a Todo el que haya viajado en tercera ha visto multitud de marmot. is humanas. Llegan. Se siciitanr Miran a su alrededor con o j o s a d o r m i l a d o s y en cuanto arranca el tren se comen una tortilla de pata I as. lan f rande como la rueda de un Por A n t o n i o DÍAZ CAÑABETE l ero no es de este mamífero lan ceporro tlel que quiero hablar, smo de oira clase du marmotas, de I4I S humanas. Marmolas humanas? YÜ lo creo, SÍH señor, que las hay. tanto en el seno ferr cnmo como en el masculino, aunque abundan mas en cl fenicnmo, i obrc lodo entre la ex sufrida clase de las muchachas de! servicio domt stico! Y eso que ahora, con los americanos, se ha despabilado mucho esta especie marmoltica. P e r o todavía quedatJ en buen número. Yo voy a verlas ios dífmjngos a los sinos donde se reúnen, que pnncipalmenie son tres: la plaza Mayor v las d o s b o c a s del Meri o J e la Puerta del Sol. que se abrtfn enire Mayor y Arenal, y cutre la Carrera de San Jerónimo y la calle de Alcalá. Allí se planliíican de leriulia. St Lis conoce en seguida. En invit- rtio se arropan con unos abrigos de colorea chillones rabiosos, con preferencia el rojo y el verde. En verano, sus livianos irajetilíos son de mucho floripon iios. El verano pasado vi a una marmota de esijs cim pantalones. Estaba como pjira podarle mohno, en cuanto la terminan se duermen y basta la priniüvera. si Du ciun- reV es decir, hasta la e Ncion de su deslino. Las marmotas humana son la desesperación de los que padecen insomnio. Un conocido rnu se separo de l.i marmota que le eorrespondíó en suerte por esTc motivo, í. a marmoini, en el m i s m o m o m e n i o q u e apoyaba su cal ccita en la almohada, empegaba a roncar, y así hasta las diez de la mañana, y el mhindo se pavaha Ü noche leyendo a don Manuel Kant. y nj tan siquiera se le cerraban los ojos. V a cada ronquido de su esposa se tenia que comprimir para no abogaría. Ya he dicho que las marmotas autt ufica cuando est n jispes. son muv graciosas. Sus movimientos atesoran eJ donaire. Las marmotas humana. s son pesadoias. no indolentes, porque pretenden agitarse, y en ocasiones lo logran: pero, Con cuánta gravitación! u n a marmola humana nos parece que de un momento a otro se va a derrumbar sobre el que tiene al lado. No se eníadan jam. isH y esto no se loma en cuenta: al contrario, nos hace nacer a indignación, ¡Ay, hijo, di algo, que estí ahí como si fueras una marmota! -Las marmotas humanas son asi. Inconmovibles. ¡Dios las bendiga! fABC, 5 -1963) k lUeua, 4 G