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X ABC RAFAEL ALBERTI, OCHENTA Y CINCO ANOS 13 diciembre- 1987 Autorretrato de un poeta en la arboleda Hace ochenta y cinco años echó a andar por la frondosa arboleda de su vida. A este incansable caminante no lo han detenido las más furiosas tormentas, las lluvias más torrenciales rio lograron anegarle el alma, los inviernos más fríos no pudieron helarle el corazón. Tuvo que deambular errante por senderos que lo apartaban del lugar que conocía y amaba, pero sus pasos siempre tuvieron la seguridad de quien lleva consigo sus convicciones. Quizá por eso no faltaron soles jubilosos filtrándose entre el ramaje L segundo volumen de las memorias de Rafael Alberti lleva el mismo título que el primero: La arboleda perdida En el primer libro, editado cuando el poeta se encontraba aún en el exilio, explicaba las razones del título: En la ciudad gaditana de El Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros- Mazzantini- había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda Perdida. De aquel lugar, que él ha inmortalizado, escribe que todo era allí como un recuerdo o bien que hasta la luz caía como una memoria de la luz Ahora, en una mañana de diciembre madrileño, a pocos días de que el calendario imponga durante veinticuatro horas el número 16- esa cifra que es la fecha en que vino al mundo Rafael Alberti- asegura que mi arboleda morirá conmigo, yo me iré a la par que a ella se le caiga la última hoja Ya lo tiene escrito: Me tumbaré bajo retamas blancas y amarillas a recordar, a ser ya todo yo la total arboleda perdida de mi sangre. El viento agita los árboles, ias hojas caen, es la vida que se va perdiendo comenta. Pero el paraje que mueve a! a melancolía, sigue existiendo y Alberti no da por terminadas sus memorias con los libros tercero y cuarto que se reúnen en el volumen que ahora se publica y que abarcan de 1931 a 1977 y desde 1977 a 1987. Voy a continuar escribiendo lo que vaya viviendo, lo que me quede de vivir. Que su historia personal, tan ligada a la de su tiempo, se atenga a una determinada y lógica cronología no debe inducir a pensar que el escritor somete sus recuerdos a los rigores del dato científico. de una arboleda umbría. El andariego trotamundos ha rememorado para que la memoria quede prendida entre las hojas perennes de un libro, su pasado. Se ha adentrado en un paisaje entrañablemente amado, ha hurgado en las raíces, ha rebuscado entre las ramas, ha mirado, en fin, hacia los cuatro puntos cardinales de su biografía. Evoca con la agilidad de un funambulista hechos y sentimientos. Los árboles no le han impedido ver el bosque. Y a nosotros nos dan la oportunidad de admirar al hombre. ¿Cree usted que el intelectual tiene la obligación de comprometerse políticamente? -Comprometido... Hay palabras manoseadas y feas. En mi opinión, lo que el escritor debe conocer es la tierra que pisa. Por otra parte, recuerde que Vallejo, Neruda, Aragón, Lorca y, en fin, todos los grandes de la época tomaron partido. No fue una coincidencia, sino el hecho de vivir un momento muy terrible, un gran temblor de tierra, y había que opinar. Ahora bien, la poesía es buena o mala, con eso o sin eso. -Usted ha sido testigo de tantas cosas... -Sí, ya le he dicho que desde que nací vi cosas tremendas. Hay un libro, Los que teníamos doce años de un autor alemán, que hace referencia a eso, a la generación que, como la mía, tenía esa edad cuando el mundo se convulsionaba con la guerra del catorce; luego llegó la revolución de octubre y lo peor de todo, nuestra guerra. -Usted, como vulgarmente se dice, ha vivido mucho, quiero decir no sólo en número de años, sino en el sentido de que su vida puede considerarse privilegiada, mil vidas juntas pueden ser más pobres que la suya. -M i vida se ha hecho rica con el tiempo, quizá influyó en ello el que al perderse la guerra por parte republicana me viera lanzado a tirar de mis raíces, a romperlas, a dejarlas al aire esperando el momento de recomponerlas. Aquella rotura tan fuerte me lanzó a otro mundo en el que uno no sabía qué iba a encontrar. Mi geografía se acababa en algunos países de América. No tuve pasaporte durante diecinueve. años hasta que un buen día la España franquista decidió que los que no tuvieran las manos manchadas de sangre- detalle curioso éste, porque fueron ellos quienes lo inventaron- podían aspirar a él. Lo solicité y el cónsul español fue a llevármelo a mi casa, supongo que como un honor. Pero claro, en aquel pasaporte figuraban otra serie de países a los que ni yo ni otros españoles podíamos ir, aunque como yo estaba políticamente cercano a ellos no tuve impedimento para visitarlos. Patada fantástica -Es inevitable que usted hable de todas esas cosas, pero, a pesar de ello, su libro no respira resentimiento. -Se puede tener un rencor momentáneo, pero si perdurara habría que ir con un cuchillo en la mano. No, ni soy rencoroso ni quiero serlo. Ahora, conste que si me pisan un pie respondo con una patada fantástica. -Usted ha vivido situaciones difíciles, ¿cuándo ha tenido miedo? -Lo he sentido después de que ha pasado el peligro. Recuerdo, por ejemplo, cuando salí de España en el treinta y nueve. íbamos en un avión camino del Marruecos francés cuando fuimos rodeados por balas luminosas, hecho que precede al derribo del aparato, pero no sucedió. Hasta que aterrizamos en Oran no fui consciente del riesgo. -Un hombre de vida tan dilatada como la suya sabrá de traiciones, infidelidades, de esas fechorías de las que los seres humanos somos capaces. A pesar de eso, ¿piensa que el hombre es más digno de respeto que de desprecio? -Por supuesto. ¿A través de qué salva usted al hombre? -N o creo en la simbología primitiva del cielo y el infierno, pero me preocupa la supervivencia. Pienso que al morir se escapa de ti algo que puede ser eso que llamamos alma y que sobrevive en el espacio lo mismo que las ondas que llegan a la radio. Después de una presencia tan fuerte en la vida no me imagino una ausencia total. Claro que no creo en eso del juicio final, me parece algo muy primitivo, pero sí estoy convencido de que hay perma- Ideas y compromiso -L a verdad es que aunque sus raíces hayan estado a flor de tierra, usted en cuanto a ideas ha sido firme como un tronco que nada ni nadie puede zarandear. -Sí. No ignoro que, a veces, esas ideas han sido mal llevadas o pisoteadas, que incluso en el país en el que nacieron se cometieron en su nombre errores y brutalidades, pero eso no invalida a una doctrina que pretende que no existan diferencias tan brutales entre los hombres. Ahora no se habla de revolución ni de proletariado, pero sigue habiendo gente enriquecida hasta la médula y pobres que viven en la miseria. Yo quisiera que surgiera un nuevo Lenin, un nuevo genio que iluminara lo que la idea que yo comparto puede tener de noble y limpia. -Usted pertenecía a una familia burguesa. ¿Cómo llegó al Partido Comunista? -Desde que nací he visto cosas terribles, eso pudo ayudarme, pero sobre todo las ¡deas estaban en España, en la calle. Empecé la lucha cuando era estudiante y España estaba en perenne convulsión. La gente salía a la Castellana a levantar barricadas y al día siguiente los periódicos hablaban de elementos extraños Pues bien, uno de ellos era yo. -En mil novecientos veinte y cinco usted ganó el Premio Nacional de Literatura con Marinero en tierra Convertirse en un poeta de éxito no le apartó de sus convicciones. Memoria desordenada -Busco la prosa veloz, sorpresiva. La memoria se presenta sin orden preconcebido. La velocidad del pensamiento es maravillosa, más rápida que la de la luz, de modo que algo te viene a la memoria y llega con miles de intervenciones. Así que, por ejemplo, hablo de la guerra y lo mezclo todo. Puede que éste no sea el método más indicado para un historiador, pero literariamente consigo una velocidad casi cinematográfica. Por otra parte, al escribir he tenido presente una anécdota de Stendhal. El fue oficial del ejército de Napoleón y en determinado momento recibió la orden de no moverse de cierto lugar. Así lo hizo y vio pasar ante sus ojos a las tropas derrotadas. Cuando preguntó qué había sucedido le respondieron con una palabra: Waterloo. Pero lo curioso es que él se encontraba ante un campo de coles y comentó que para él Waterloo siempre sería un campo de coles. También yo, en mi libro, veo las cosas desde mi campo de coles particular.