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VIH ABC RAFAEL ALBERTI, OCHENTA Y CINCO AÑOS 13 diciembre- 1987 Un mito en la calle mí el nombre de Rafael Alberti me infunde un respeto casi religioso. Me explicaré. 1 Yo también aprendí a leer en los libros de Agustín Serrano de Haro. En uno de ellos, titulado Un regalo de Dios, vi unos versos de Alberti por primera vez en mi vida. La indescriptible señorita que intentaba alfabetizarme hizo que me aprendiera de memoria algunas de las poesías que clausuraban cada lección del libro. Entre ellas, una canción de Marinero en tierra, que nunca olvidaré: ¡Dejadme ser, salineros, granito del salinar! ¡Qué bien, a la madrugada, correr en las vagonetas llenas de nieve salada hacia las blancas casetas! Serrano de Haro evitaba cuidadosamente mancionar el nombre de Alberti, convirtiendo la copla en anónima, lo que no deja de ser un motivo de orgullo para un poeta neopopularista. En Palabras y pensamientos (una especie de iniciación al lenguaje) Serrano insertaba una preciosa nana de La amante, silenciando también la procedencia: La muía cascabelera y el niño más chiquito dando vueltas por la era. De modo que aprendí a leer en Alberti sin saber que era Alberti, creyendo que se trataba del mismo autor que escribió el cancionero tradicional o el romancero, del autor sin nombre que vive en el país de Nuncajamás y que hace todo lo posible para que los niños no crezcan. Sin embargo, crecí. En los libros de historia de la literatura de mi bachillerato se estudiaba el Alberti cancioneril más Cal y canto, Sobre los ángeles y Sermones y moradas. A los muchachitos de los sesenta aquellos nos sabía a poco. El mundo, entonces, era joven, y no parecía tan difícil como ahora distinguir entre malos y buenos. Seguí memorizando, claro está, poemas tan felices como si Garcilaso volviera o No pruebes tú los licores de Marinero en tierra, o como la estupenda canción del carretero, de La amante, pero empecé a buscar un Alberti más combativo. Lo encontré en la prohibida Antología poética, de Losada (los libros prohibidos se conseguían con gran facilidad y tenían la ventaja de estar prohibidos) y en un ejemplar del rarísimo Burro explosivo que se guardaba en la biblioteca de Carlos Fernández- Cuenca. Provistos de tan valioso botín, Eduardo Calvo y yo dábamos recitales del Alberti comprometido en la Facultad de Derecho, con el secreto y único propósito de ampliar nuestro círculo de amistades femeninas; no faltaba en el repertorio, pese a su contenido políticamente ¡nocente, el poema a Platko, el rubio guardameta del Barga, que yo leía como en éxtasis, pese a mi madridismo militante. Luego vinieron los Novísimos (o, mejor, las Postrimerías) a derribarlo todo, pero, eso sí, en plan muy mórbido y decadente. Era la época en que Alberti había escrito sólo un libro: Sobre los ángeles; la nueva era en que se denostaba todo lo que no fuese Cultura (con mayúscula) surrealismo y cine americano. Hablando de cine, fue precisamente en la Filmoteca, cuando estaba en la Cuesta de Abierto a todas horas IRECISION de ¿claro y de lo oscuro: o una estricta luminosidad alumbra la obra poética de Rafael Alberti: la decisión, aprendida en la militancia en las vanguardias históricas, de diluir la línea que separaba, desde el simbolismo, vida y arte, experiencia y texto. Los mejores poemas de Alberti son el espacio para Ja transfiguración de la vida en signo, del signo en vida: el teatro de los signos se convierte en extensión del teatro del mundo. Alberti elabora su lenguaje para destruir construir la realidad. Si alguna vez quiso marcar distancias entre el desorden impuesto- l a gramática urgente y necesaria de lo cotidiano- y la palabra exacta y justa, la propia práctica poética se encargó de restaurar la soldadura entre lo textual y lo vivido: la materialidad de la historia cala siempre las frases de Alberti, las empapa y enciende sin remedio. Tal actitud frente a la página- escenario supone mirar la tradición literaria con ojos absorbentes: si la literatura es parte de la vida y revelador atinado; si el relampagueo de los signos traza las facciones de la verdad, toda literatura admitida por nuestro gusto nos iniciará certeramente en los secretos del universo y los hombres, nos pertenecerá. Los escritores de entreguerras fueron sin duda los últimos que persistieron con plenitud en la creencia ilustrada y romántica de que los discursos literarios funcionan como vehículo de la razón o del espíritu, y, por lo tanto, de transformación de la realidad. La tradición se tomaba entonces como una línea de conocimiento en la que la propia obra se insertaba, y las vanguardias complementaban su cohetería con un índice de clásicos rescatables. San Vicente, donde vi por primera vez a Alberti en persona. Después lo he vuelto a ver sólo en otra ocasión, en el Círculo de Bellas Artes, formando parte del escaso público asistente a un recital de poetas jóvenes (así continúan llamándonos) Cuando me tocó el turno, no se levantó de su asiento, lo que produjo en mí un extraño desasosiego. Lo mismo me ocurrió, dos años antes, al coincidir con Borges en un avión que iba a Sevilla. Lo mismo me pasaría si tuviera que compartir la cama o el sofá con una de esas chicas arquetípicas que salen en las revistas. Y no es que no esté acostumbrado a tratar con héroes y mitos (los de la épica arcaica, por supuesto, pero también los de la pantalla y los comic books) No es que no sepa reaccionar ante la presencia de un póster de Madonna en mi dormitorio. Pero es que los mitos que trato me visitan desde sus tumbas de celuloide o de papel, sin que por ello se deteriore nuestra relación. En cambio, el hecho de que Borges viaje en mi avión o Alberti me escuche supone en cierta forma la anulación de las barreras que separan el sueño de la vida, con perjuicio evidente para la salud del espíritu. Espero, sin embargo, que ese mito de ochenta y cinco años que, a pesar de Serrano de Haro, se llama Rafael Alberti siga alterando mi sistema nervioso durante, por lo menos, otros ochenta y cinco. Ha escrito algunos de los libros de poesía más deliciosos que conozco. Luis Alberto DE CUENCA Así, tal como el corte de un tronco enseña la historia del árbol, los poemas ejemplares de rafael Alberti, por sü misma concepción de la literatura, condensan los sucesivos momentos de la poesía en castellana, según hemos aprendido a leerla en los manuales: desde Marinero en tierra a Los hijos del drago, al lector le sorprenderá la alegría dramática de los primitivos, el entusiasmo renacentista, la tensión barroca entre lenguaje y mundo, el fervor ilustrado ante el poder de la palabra, la pasión deshabitada de los románticos, la pirotecnia vanguardista. Se diría que la tradición se integra gozosamente en la historia personal de los escritores que empiezan a publicar en torno a 1925: fueron los últimos que pudieron asumir la experiencia textual como una zona privilegiada de la experiencia, un punto de luz proyectado sobre todas las casillas del tablero. Poco importa que la experiencia no sea- fundamentalmente a partir de Sobre los ángeles- sino la experiencia de una pérdida: el fulgor de las palabras anuncia o abre siempre una vía de restauración, atribuyendo valores y recuperando instantes privilegiados. La coherencia iluminada con que Rafael Alberti plasma la estética- -que, desde luego, es también una moral- de nuestro siglo explica la desusada perfección de su obra, señal rutilante de un estado de atención extrema hacia el mundo y sus ruidos. Justo NAVARRO A