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13 diciembre- 1987 RAFAEL ALBERTI, OCHENTA Y CINCO AÑOS ABC VII índice de familia burguesa española (Mis otros tíos, tías, tías y tíos segundos) V ENID, queridos, no sé si muy queridos, si nada queridos, si muy huéspedes o transeúntes de mi sangre, venid, mi sangre os necesita para veros y comprobar que fuisteis tontos, locos, engañados, hijos de vuestra clase, y advertiros que otra se ha alzado frente a ella para muy pronto destruirla y ser dueña del mundo. Tías, tíos, tías y tíos terceros, cuartos, nebulosos, perdidos en la noche cruel de los orígenes, secos afluentes de mi sangre que os llama, o sistema dé venas latientes todavía, venid. Nicolás, borracho y desnudo sobre una mesa de tres patas, llorando a veces en las iglesias oscuras, estirado y definitivo en una madrugada sin socorro e incorporado al polvo bajo el disfraz de San Ignacio. Guillermo, beodo trasnochado en el escabel último de las puertas cerradas, confesor y familiar del arzobispo de la diócesis. Rafael, trapajo sucio en la punta de un palo, derribando murciélagos al toque de Animas, emigrado y perdido en el trayecto ciego de su sangre. Ignacio, caliche de todos los quicios en el inexplicable culo de sus pantalones salomónicos, ojos desparejados y fogarata de coñac en el vientre a cada vertiginoso misterio del rosario, flatos en las letanías, explosión última de su cuerpo y visible evasión de su espíritu de vino hacia la gloria. Tomás, cuatro dedos boleados de un tiro de fusil ante el asalto a los limones en el jardín del Papa. Julio, ingeniero, corredor de vinos y poeta de la Virgen. Javier, bello y analfabeto: la P. laAy la N, KAN. José María, llamado el triste, beocio, filatélico y habitante en una pajarera. Vivos, muertos, lejanos y próximos, desvanecidos en la visita y reconocimiento de mi memoria de esta tarde, tíos, tías, sangre aún de pie o ya en estado de vapor en las nubes. Josefa, galápaga de luto, enamorada del Santísimo, perseguida por príapos imaginarios y nocturnos, errante y pobre por las iglesias y conventos. Salud, monja de clausura, enterrada en un pozo de humedad desde los quince años, amedrentada siempre por las bocinas de los autos, que ignora. Milagros, superviviente en la catástrofe de todos sus hijos, lejana y rígida en el centro de una sala de hielo, rodeada de retratos. Angela, huidiza y oscura, llorosa en las habitaciones de luces entornadas, loca al final, perdida hoy en la casa de yo no sé qué pueblo. Carmela, monja Reparadora. Nieves y Concepción, hermanas Carmelitas. Y esas, esos de vidas y nombres nublados que yo a veces escucho y siento circular por el descanso o la fatiga de mi cuerpo, esas y esos, todos, aquí, esta tarde, presentes en mi alcoba. Morios, o preparaos a la lucha, pues otra clase se ha alzado ante la vuestra para muy pronto destruirla y ser dueña del mundo. Rafael ALBERTI r v n- -T