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IV ABC RAFAEL ALBERTI, OCHENTA Y CINCO AÑOS 13 diciembre- 1987 Historia de un jamón De acuse y de recibo, airada polémica, sustancioso juego, van y vienen los poetas. ¿Una prueba? La del jamón, como la del nueve. Rescatamos hoy, como chanza cumpleañera, junto a su guilleniana introducción, esas dos perlas de sonetos, naranja a medias de un paso a dos: del envío y agradecimiento de un jamón, ahí van, publicados ya el Año Nuevo de 1963, en la Gaceta de Cuba, y recogidos en el tomo III de Nicolás Guillen, Prosa de prisa, (1929- 1972) A mi llegada a Buenos Aires, en 1958, tanto María Teresa León como Rafael Alberti decidieron que yo debía ofrecer unas charlas por la radio, con el fin de levantar algunos fondos que me permitieran vivir sin apuros. Dicho y hecho: me contrató la emisora El Mundo, y cada semana salía yo al aire una noche, contando anécdotas y diciendo poemas, que era lo único que en caso semejante y en las condiciones políticas del país podía hacer un extranjero para no señalarse. Del primer dinero que me llegó por aquel trabajo decidí regalar a Rafael y María Teresa algo que había sido un sueño irrealizable en mi niñez, que lo fue más tarde en mi juventud y que aún seguía siéndolo en mi edad madura; algo que nunca pude conseguir como totalmente mío, a mi disposición, esto es, sin que yo tuviera que agradecerlo a la generosidad maternal en la lejana cocina de mi infancia, o tomar de manera siempre parcial y dosificada en los restaurantes del mundo. En fin, que regalé a Rafael Alberti un jamón como para mí lo hubiera yo querido. A Abierta la caja en medio del regocijo que es de suponer, decidióse llevar a cabo una entrega oficial algunos días más tarde. Para ello se convidaría a un grupo de amigos íntimos, de los asiduos de la casa, y se daría una fiesta bien bohemia, la fiesta del jamón. Mientras tanto, Rafael iba a escribir también un soneto, en contestación al mío. Es decir, el soneto recibiendo el jamón que con un soneto le entregaría yo. Vino ese día, o mejor esa noche, la del 25 de noviembre de 1958, y se efectuó la ceremonia. A las nueve en punto María Teresa pidió silencio a los invitados, que formaban poco más de una veintena, y tomando yo el jamón lo puse en las manos de Rafael. En seguida leí el soneto de la dedicatoria, que dice así: Al poeta español Rafael Alberti, entregándole el jamón Este chancho en jamón, casi ternera, anca descomunal, a verte vino y a darte su romántico tocino gloria de frigorífico y salmuera. Quiera Dios, quiera Dios, quiera Dios, quiera Dios, Rafael, que no nos falte el vino, pues para lubricar el intestino, cuando hay jamón, el vino es de primera. Mas si el vino faltara y el porcino manjar comerlo en seco urgente fuera, adelante, comámoslo sin vino, que en una situación tan lastimera, como dijo un filósofo indochino, aun sin vino, el jamón es de primera. A lo cual respondió Rafael con el soneto que había escrito para tan solemne ocasión: Al poeta cubano Nicolás Guillen, agradeciéndole un jamón Hay vino, Nicolás, y por si fuera poco para esta nalga de porcino, con un champaña que del cielo vino hay los huevos que el chancho no tuviera. Y con los huevos, lo que más quisiera tan buen jamón de tan carnal cochino: las papas fritas, un manjar divino que a los huevos les viene de primera. Hay mucho más, el diente agudo y fino que hincarlo ansiosamente en él espera con huevo y papa, con champaña y vino. Mas si tal cosa al fin no sucediera, no tendría, cual dijo un vate chino, la más mínima gracia puñetera. La fiesta no paró en eso. Para allegar algunas botellas, alguien tuvo la feliz idea de proponer una rifa singular: la de la rústica camisa en que el jamón venía envuelto. Hízose la rifa y la ganó la señora hija política del editor Gonzalo Losada. Se compraron, pues, las botellas, y la reunión terminó alegremente en la madrugada. Pero hay más todavía. Alberti recogió los dos sonetos en una plaquette manuscrita, editada en un solo ejemplar. Tanto como la caligrafía, es suya también la fina estampa que ilustra el texto. Finalmente, firmaron el folleto cuantos habían asistido a la ceremonia, y todo se me entregó a mí, que lo guardo como preciosísimo regalo. Nicolás GUILLEN Una pertenencia más honda D ESEO que Rafael Alberti celebre otros ochenta y cinco años tan fecundos y apasionantes como estos que ahora cumple. Le conocí hace tanto tiempo que ya no recuerdo la ocasión. Fue en Italia, eso sí, y nos hemos visto, durante su exilio romano, casi siempre en reuniones de amigos o en ocasiones mundanas. El recuerdo que más profundamente llevo grabado del poeta gaditano transcurre en Taormina y, en él, Alberti recita con Beatriz Amposta. Largo, largo amor, complicado, inseguro, como sobre uno de esos tensos alambres que recorren, llevando a veces una sombrilla abierta en la mano, los equilibristas del circo ha escrito el poeta en la última Arboleda. Por entonces yo había recibido un premio literario que otorga la ciudad. El estaba allí y una noche hubo una representación al aire libre; luego recitó algunos poemas, con esa gravedad airosa que le caracteriza, junto a Beatriz. Alberti, aún me parece verlo, llevaba una camisa roja, o, al menos, colorada. Otra vez estuve en su casa de Anticoli Corrado, al lado de Tívoli. Almorzamos y bebimos juntos. Luego, nos hemos encontrado varias veces en Roma, o en mi casa o en la de nuestros amigos españoles. Conmigo siempre ha sido muy amable, muy afectuoso. Somos buenos amigos. Leo un poco el español, lo suficiente para comprenderlo, aunque, por desgracia, no lo hablo. He leído la poesía de Rafael Alberti en traducciones al francés o al italiano. Esta lírica se recuerda, sobre todo, por el tono, el color, la atmósfera, su especial lirismo, más que por algún detalle concreto. Debo releerla para refrescar estos recuerdos. Al repetir la lectura de los poemas, se recupera en un momento toda su esencia, y se ve si un poema es mejor que otro, o si gusta más... Pienso que Alberti es un poeta muy dotado en un doble sentido: el del lirismo, y también el de la poesía civil. Un lirismo muy personal y una poesía civil que se refieren a España, a su participación en la vida española lo mismo que a una pertenencia más honda. Quisiera ahora recordarle a Rafael Alberti que en Roma tiene un amigo fiel y lleno de admiración por su persona y su obra. Somos más o menos coetáneos, pues él tiene ochenta y cinco y yo acabo de cumplir los ochenta. Le deseo que viva con su vivísima juventud espiritual otros ochenta y cinco. Alberto MORA VÍA