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13 diciembre- 1987 RAFAEL ALBERTI, OCHENTA Y CINCO AÑOS ABC III Fiel a su generación obra. Lo primero que tal reconsideración realiza en mí es confirmarme, de nuevo, en la idea de que más que generaciones, lo que existen a lo largo de ia historia cultural son periodos breves en los que se produce una cosmovisión, siempre cambiante, basada en una emoción emotiva cuyas consecuencias psicológicas en los distintos autores de cualquier edad son las diferentes características que definen el tiempo de que se trate. Los años que el autor tenga importan, sin embargo (y en ese sentido sí podemos hablar de generaciones) pues llevan a éste a interesarse de entre las posibilidades de su época por algunas de ellas, especialmente atractivas desde tal altura vital, y acaso no por otras menos seductoras en tal circunstancia. Todo esto explica el hecho evidente de que todos los poetas de 27 pasaron primero por una visión del mundo y luego por otra muy distinta. En efecto, al iniciarse en la literatura, esa generación surge como vitalista (entre los años veinte y los treinta se descubren en el mundo occidental, con antecedentes en Goethe y en Nietzsche, los valores de la vida como tal, y no sólo se presta atención, como antes a sus resultados prácticos) Ahora bien: en consecuencia de este vitalismo desinteresado se empiezan a percibir con pesimismo y desolación los efectos negativos sobre la vida humana del hecho de hallarse ésta inserta en una sociedad construida crecientemente desde fines del siglo XVII y sobre todo desde el siglo XIX por la razón científica, matemática y geométrica. Al aplicar ese tipo de razón, originado sobre todo en el nominalismo del siglo XIV y desarrollado después con gran impulso en el XVII (Descartes, Galileo) se producen, en un primer momento, consecuencias muy fértiles: al tratarse de una razón generalizadora aparece la idea de igualdad ante la ley, así como el sentimiento de fraternidad, los derechos humanos y los derechos civiles. Sólo después, a partir del romanticismo, conseguidos ya tan notorios bienes, comienza el malestar, pues esa razón de la que hablamos no sólo desconoce al individuo (que por otra parte importa ahora cada vez más) sino que lo desprecia. Pero como la vida es siempre individual, el desprecio se extiende hasta ella. Una razón de este tipo ha de ser, por fuerza, antivital, ha de conducir a la muerte. La generación del 27 representa en esto un hito decisivo en cuanto que empieza a sentir como represiva de las necesidades profundas del hombre la presión de una sociedad cuya intolerancia es consecuencia de haber sido hecha en su más íntima trabazón y sustancia por una clase de razón que no admite excepciones (dos y dos son cuatro siempre) y que, como acabo de decir, se opone al hecho de vivir una vida que pueda ser llamada así. No sólo Lorca en su teatro La casa de Bernarda Alba, Bodas de sangre, Yerma) y Neruda, Aleixandre y Cernuda en diversas maneras; también el Alberti de Sobre los ángeles y otros libros se sitúan cada uno a su modo en esta consideración. Si el teatro de Lorca es trágico al mostrarnos los estragos O CHENTA y cinco años cumple ahora Alberti. Cifra solemne que nos pide reconsiderar, una vez más, su gran mortíferos del convencionalismo fuertemente reductor de la sociedad, algo parecido en un modo y un acento muy personales vemos en Alberti. Escuchemos a tal propósito estos significativos versos: Nueva York. Un triángulo escaleno asesina a un cobrador El hombre se estrecha aquí, según el autor, a una única dimensión, la económica cobrador no olvidemos el utilitarismo de la razón físico- matemática o instrumental como la llaman muy atinadamente los filósofos de la escuela de Francfort, aproximadamente coetáneos de la generación del 27, y que viene a coincidir con ella en lo esencial de su cosmovisión. Pero, además, ese hombre unidimensional (empleemos el adjetivo marcusiano) aparece en los versos de Alberti asesinado por un triángulo escaleno ¿Es posible una alusión más directa a esa razón científica, geométrica, que según hemos dicho, encarna en la sociedad Nueva York y va, en efecto, contra la vida? Una vez más comprobamos que en cada momento histórico no hay más que una sola visión del mundo que cada autor desarrolla o debe desarrollar con personalidad. Las consecuencias de esta concepción son visibles en una de las obras capitales de Alberti. Me refiero a Sobre los ángeles. Empecemos por el título. ¿Qué significan esos ángeles cuál es su origen literario? No faltan críticos (leáse a José María Valverde) que los han relacionado con Rilke. Creo que los angeles albertianos no tienen nada que ver con las Elegías del Duino, y sí con dos poemas de Antonio Machado, el LXIII. y el LXIV de sus Poesías completas, donde también como en Alberti hay ángeles malos Y era el demonio de mis sueños el ángel más hermoso y ángeles buenos Era la buena voz, la voz amiga que representan simbólicamente virtudes y pasiones del alma. Uno de ellos (justamente el ángel bueno da, incluso, órdenes al poeta, como en Machado. Si a éste se le decía Vendrás conmigo a Alberti se le conmina: Levanta El ángel de los números (precisamente, claro está, figuración simbólica de la razón físico- matemática) es, en perfecto acuerdo con lo antes dicho, muerte, y conduce a la muerte, a la no luz: Tizas frías esponjas rayaban y borraban la luz de los espacios Y en las muertas pizarras, el ángel de los números, 7 sin vida, amortajado, sobre el uno y el dos, sobre el tres, sobre el cuatro... Pero si la sociedad está regida por esta razón, que resulta de hecho enemiga de la vida, el poeta se sentirá desterrado de un paraíso ¿A dónde el paraíso, sombra, tú que has estado? Las coincidencias generacionales, que no influjos son evidentes. Acordémonos de los finales paradisiacos de tantos poemas de Cernuda en que el poeta levanta la vista a un cielo de inmortales dioses, tras haber descrito un insatisfactorio presente, tal como ha visto Jenaro Talens, o con más evidencia aún, acordémonos del gran libro Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre: el mundo actual es, en efecto, en el mejor de los casos, sombra y sólo sombra de un paraíso ido. Ese paraíso perdido puede ser, por ejemplo, la- infancia. En Aleixandre, su infancia malagueña (ciudad del paraíso) en Alberti, de manera menos explícita, en El ángel desconocido vemos lo mismo: Nostalgia de los arcángeles. Yo era, miradme Vestido como en el mundo, ya no se me ven las alas. Y sin embargo yo era. Miradme En este destierro la persona del poeta aparece deshabitada: Mi cuerpo anduvo, sin nadie dice Alberti, que se siente impotente frente a la acometida del mundo, de esa sociedad intolerante e incompresiva con la vida de cada cual: Y se derrumban murallas, los fuertes de las ciudades que- me vedaban y el viento, la tierra, la noche En Aleixandre esta misma situación se simboliza en un pez de los abismos marinos presionado por el enorme peso del mar todopoderoso sin luz Rafael Alberti, fiel a su sucesivo tiempo histórico, y por eso gran poeta de antes, de ahora, de después y extraordinario técnico de la poesía que, siempre que se dé lo anteriormente dicho, también cuenta y mucho; técnico sin duda en un grado sólo comparable a nuestros grandes del Barroco: Lope, Quevedo, Góngora. Carlos BOUSOÑO efe la Real Academia Española