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MARTES 8- 12- 87 En los últimos treinta años, Mamouiian, con su eterna sonrisa y perenne pajarita adornando sus camisas, ha sido acomodado por los historiadores en su sitio, en el Olimpo de celuloide, al lado opuesto de los Ford, Hawks o Walsh; más cerca de Murnau y de Lubitsch de lo que algunos quisieran reconocer. Porque Mamouiian fue un innovador que, yendo más allá de unas técnicas al servicio de un modo elegante de contar historias, poseía un ritmo especial, una estilización poética, con la que fabricó una suerte de equivalencia de la realidd, tan lejos del naturalismo a palo seco cuanto de la afectación cursi. Sólo dieciséis títulos, entre 1929- y 1957, acompañados de una treintena de producciones teatrales, comedias musicales en su mayoría. Mamouiian había nacido en Tiflis (Georgia) el 8 de octubre de 1897 ó 98, hijo de un coronel del Ejército ruso convertido én banquero y de la que fuera presidenta de la sociedad dramática de la ciudad. Trasladado a París, cursó tres años de estudios en el uceo Montaigne, para continuar después en la Universidad de Moscú donde siguió las enseñanzas que dispensaba Vajtangov, discípulo predilecto de Stanislavski. En 1920, de vacaciones en Londres, con su hermana, Mamoulian decide no regresar a Moscú. Y en Londres sé quedó, aprendiendo dirección teatral, ensayando lo qué sabía y haciéndose el nombre suficiente como para que, en 1923, George Eastman le contratase, haciéndole viajar a los Estados Unidos. El contrato con el Eastman Theater de Rochester duró hasta 1926. Hasta su paso a Broad- ESPECTÁCULOS -ABC, pág. 81 signo de su consideración. En 1957 firma la que sería inexplicablemente su última película, una versión de Ninotchka convertida en musical por George Kauffman, La bella de Moscú, con Fred Astaire y Cyd Charisse. Hoy, en la hora del balance, Mamoulian queda como un excelente realizador, espléndido director de actores e innovador fabuloso. Capaz de conceder mov i l i d a d a la c á m a r a hasta entonces sin posibilidad de participar en la acción. Capazde incorporar el color- Becky Sharp es la primera película en tecnicolor- a una historia. En 1973, Rouben Mamoulian presidió el Jurado del Festival de San Sebastián, donde se proyectó una antología de su producción. Coincidió allí con Elizabeth Taylor y, a quién firma estas líneas, secretario del Jurado por decisión del maestro confesó que las películas de las que más se acordaba eran Laura, en cuya realización le sustituyó Otto Preminger a última hora; Porgy and Bess- obra de la que llegó a dar, en Broadway, más de dos mil cuatrocientas representaciones- en la que fue igualmente sustituido por Preminger, que parecía seguirle, y Cleopatra, de la que, primero rechazado Laurence Olivier, que iba a interpretar a César, y luego por las enfermedades de la Taylor, acabó retirándose, cediendo su puesto a Mankiewicz. Las mejores películas- m e d i j o- son las que quedan en la mente de uno: Sin defectos, perfectas, como una melodía donde nadie desafina. Así se ha ido Rouben Mamoulian. Sin estridencias, sin desafinar. Elegante hasta el fin. Pedro CRESPO Rouben Mamouiian, el final de un elegante innovador El gran cineasta falleció en Los Angeles Madrid Ni siquiera en la edad se ponen de acuerdo sus biógrafos. Para unos, Rouben Mamoulian, que acaba de morir en Los Angeles, había nacido en 1898. Para otros, en 1897; De cualquier modo, con noventa años o con ochenta y nueve, un nuevo capítulo de la historia de Hollywood- y de Broadway- acaba de cerrarse. way, donde el éxito de su montaje de Porgy and Bess obliga a la Paramount, todavía no repuesta del terremoto originado por el sonoro, a llamarlo. Para la Paramount, Mamoulian realiza Applause, en 1929, un musical en el que toma el burlesque como motivo central y a Helen Morgan como protagonista. Y, después, ya en 1931, Calles de la ciudad, cine negro con Gary Cooper y Sylvia Sydney, para continuar con El hombre y el monstruo, con Frederich March, en 1932, versión de la novela de Stevenson Dr. Jeckyll y Mr. Hyde; Ámame esta noche, con Jeanette MacDonald y Maurice Chevalier, el primero de sus musicales completos, y El cantar de los cantares, con Marlene Dietrich, en 1933. Meses más tarde, Mamoulian es contratado por la Metro para dirigir a Greta Garbo en Cristina de Suecia. Para convertirse después en director contratado, sucesivamente, por United Artists, RKO, Fox y otros estudios. Vivamos de nuevo (1934) con Anna Sten y Frederich March, adaptación de Resurrección, de Tólstoi; Becky Sharp (1935) versión fílmica de La feria de las vanidades, de Thackeray; alegre bandolero (1936) con Ida LupiRouben Mamoulian no; el musical High, Wide and Handsome (1937) con Irenne Dunne y Randolph Scott; el drama Golden Boy (1939) con Barbara Stanwyck y Williams Holden; las aventuras casi western de capa y espada, de El signo del Zorro (1940) con Tyrone Power y Basil Rathbone, y también con Tyrone Power su versión de Sangre y arena (1941) Mamoulian es, entonces, un realizador que conecta con el público, pero que no acaba de convencer a la crítica, y ni Rings on Her fingers (1942) ni Summer Hollyday (1948) cambian el Un maestro del musical Curiosamente, pocos se acuerdan, al hablar de Mamoulian, de sus musicales y menos son los que al hablar del musical como género recuerdan a Mamoulian, uno de sus más exquisitos cultivadores. Si acaso, se recuerda la que acabaría siendo su última película, La bella de Moscú Pero no se hace mención de la primera, Applause ni de esas pequeñas maravillas kitsch intermedias que son La furia del oro negro o El alegre bandolero por no hablar de esa auténtica obra maestra que es Ámame esta noche sin duda el mejor vehículo al servicio de la legendaria pareja formada por Maurice Chevalier y Jeanette McDonald, superior incluso a los que firmaran Lubitsch o Cukor. Applause fue un musical dramático, por no decir trágico, el primero de los que se habían realizado hasta el momento- inicios del cine sonoro- y uno de los pocos que existen. El éxito popular no le acompañó, entre otras cosas por la poco favorecedora imagen que daba de la protagonista, Helen Morgan. Y tampoco fueron triunfos resonantes, con excepción de Ámame esta noche sus restantes películas, hasta el punto de que algunas de ellas- Summer holiday versión canora de Hoy como ayer adaptación de una obra de juventud de Eugene O Neill- ni siquiera salió del mercado doméstico, mientras que la espléndida La bella de Moscú fue duramente atacada no por ser lo que era, sino por la osadía que, para muchos, constituía el que alguien se hubiera atrevido a hacer un remake de uno de los éxitos de Garbo, Ninotchka De una Garbo a la que Mamoulian había dirigido y retratado como nadie en La reina Cristina de Suecia Elegante hasta la médula, el viejo emigrado ruso, tras este último fracaso, tuvo aún coraje para intentar dirigir, primero, Porgy and Bess cuya versión teatral había estrenado, y, luego, Cleopatra Pero en uno y otro caso fue sustituido por realizadores más en candelera, lo que no significa necesariamente que fuesen mejores. Parece ser que una distribuidora española tiene comprados los derechos de El alegre bandolero lo que significa que pronto estará en nuestras pantallas comerciales. Pero no es éste, en cualquier caso, el mejor vehículo para encontrarse por primera vez- téngase en cuenta que llevaba treinta años sin hacer una película- con uno de los más personales representantes del viejo Hollywood, de ese Hollywood que ayer se autohomenajeaba en TVE y del que él fue uno de los puntales, aunque no fueran casi nunca sus películas auténticos hits Más valdría que alguien se acordase, a la hora de exhumar sus viejos títulos, de, en el campo del musical su filme postrero, y, al margen de él y vista hace poco La reina Cristina en el marco del miniciclo dedicado a su protagonista, de ese modélico filme de aventuras que fue El signo del Zorro César SANTOS FONTENLA