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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 8 DE DICIEMBRE 1987 ABC al rey Lear en el abuelo Valle paseó por el Callejón del Gato a los héroes clásicos... Lo discutible no es la creación de otra Tristana o de un Nazarín reinventado en Méjico por Luis Buñuel. La opción a producir un texto nuevo partiendo de un tema conocido está fuera de duda y su ejercicio puede resultar muy estimulante (recuérdense los avatares de Don Juan, de Tirso a Zorrilla, de Unamuno a Pérez de Ayala) La versión cinematográfica de Fortunata y Jacinta, con Emma Penella a la cabeza del reparto, adoleció de mal gusto, pero el desajuste entre figura y actriz no resultó tan exagerado como en el serial televisivo posterior. El adaptador y el asesor literario de este último no carecen de la necesaria competencia para salir airosos de sus tareas. ¿Puede decirse lo mismo del director? La respuesta es más que dudosa. El error primero radicó en la elección de representantes; salvo Mario Pardo, el resto no entiende bien la invención, y la incomprensión es total en el caso de Ana Belén, que ni por figura ni por temperamento logra acercarse al ser y al padecer de la real hembra imaginada por Galdós. Si las razones comerciales, la moda y la propaganda dictaron la selección de los actores, mala hora para el arte. El deterioro de las figuras llevó consigo el de la realidad novelesca, intensificado por la desatención a lo sustancial de la estructura. Ayer mismo otro director tropezó en análogos escollos al realizar la adaptación cinematográfica de Divinas palabras. Deficiencia de guión, fallos en la comprensión del texto diluyen su sentido en las libertades que guionista y director se permitieron. El artículo de Fernando Lázaro Carreter, publicado hace poco en estas mismas columnas, resumió en forma magistral el significado del drama, ahorrándome no pocas aclaraciones. Diré, con todo, que los cambios en las REDA C C I O N ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA un defensor de la cultura o para la cultura es pedir lo imposible. Imposible y necesario a la vez. El empobrecimiento cultural del país avanza disimulándose bajo máscaras y alharacas que si no engañan, confunden. No sé cuántos recordarán hoy el clamor de Ortega por la autenticidad, pero sí sé que lo inauténtico se instala en todos los niveles sin que nadie se dé por enterado. Otra propuesta orteguiana- y juanramoniana- de raíces institucionalistas, sobre la difusión de la cultura a través de minorías selectas está siendo embestida de frente por las turbas de la mediocridad. Síntomas graves de la dolencia que padecemos son esos ataques, la decadencia de la Universidad, el desdén por la inteligencia manifiesto en los programas de Televisión, caldo de cultivo propicio al desarrollo de las medianías, y el descaro con que se manipula a nuestros clásicos por adaptadores, directores teatrales o cinematográficos y desaprensivos de vario pergeño. P IEDIR UN DEFENSOR PARA LA CULTURA ¿Quién calificaría para defensor de la cultura? ¿Dónde encontrarlo y cómo reconocerlo? No pienso, ello es obvio, en nada oficial, en nada burocrático como lo es el defensor del pueblo, sino en algo de muy distinta contextura y modo de funcionamiento; en algo utópico, sólo realizable si por milagro se oyeran de nuevo las voces más autorizadas del lejano ayer y pusieran su prestigio en juego para encauzar la corriente desmandada. Uno de los aspectos más corrosivos de la degradación cultural quizá sea la osadía con que son tratadas obras merecedoras de atención muy diferente a la que reciben. La comercialización no se detiene ante nada y ante nadie. Mi toma de conciencia de tan peligrosa tendencia data de los primeros años setenta, cuando a instancias de un amigo escuché los poemas de Antonio Machado en la voz del cantante Joan Manuel Serrat. Después, los casos de erosión de las grandes obras se sucedieron en cadena. Desde Calderón (Los locos de Valencia) a Galdós (Miau) adaptadores y directores de escena se sintieron en libertad de deformar a su gusto- a su mal gustoIos textos más insignes del genio español. Por razones de espacio limitaré este comentario a dos infracciones especialmente severas por afectar a la novela y al drama modernos, que considero- y voy bien acompañado al pensar así- los más notables de la literatura española moderna: Fortunata y Jacinta, de Galdós, y Divinas palabras, de Valle- lnclán. No discuto el derecho a revisitar a las figuras de la tragedia y del mito desde nuevas perspectivas. ¿Cuántas Antígonas revivieron desde Sófocles a Anouilh Luis Rafael Sánchez? Galdós transformó escenas finales falsean el texto gravemente como lo falsea la transfiguración del idiota y la reducción del ex presidiario tocado de diabolismo que es Séptimo Miau en guaperas de corto vuelo- y no más allá de tal reducción llega su intérprete- También aquí la selección de la protagonista atenta contra la verdad textual: su delicada figura no se corresponde con la de la camal y bravia Mari Gaila. Deformaciones así piden correctivo. ¿Hasta qué punto es tolerable la libertad de adaptación que desfigura lo adaptado? ¿hasta qué punto se permitirá a la industria cultural entregar al público estos sucedáneos como si fueran productos genuinos? Pensar en la crítica como remedio es una ilusión. Su inexistencia acaba de ser declarada por un joven novelista, Alejandro Gándara, y por lo menos es seguro que falta contexto crítico, y sin él- Octavio Paz lo señaló refiriéndose a su país- a la literatura y el arte les faltará su espacio de desarrollo natural. El clima general de indiferencia, el ¿qué más da? hoy circulante en todos los órdenes de la vida, resulta penoso. No es resignación; es, según digo, indiferencia generalizada que abarca esto y aquello, lo de aquí y lo de allá. Culpar de esa situación al gremio político parece excesivo. Si la política anda mal no marcha mejor la sociedad, y ésta es, en última instancia, la responsable de la impunidad de que se benefician los agresores a la cultura. La intervención del Estado empeoraría las cosas. Cultura dirigida deja de ser cultura. Ha de vivir de la libertad y hasta de la impertinencia. Quien se atiene a lo pertinente ganará fama de discreto, no de invencionero. Así, pues, nada de dirigismo, pero nunca olvidar que si lo deleznable pasa por excelente la corrupción puede afectar las fibras más sensibles del sistema. ¿Será posible que renazca la crítica y sea capaz de defender lo que solía llamarse nuestro patrimonio cultural desalojando de tantos puestos como ya ocupa el inescrupuloso enemigo? Dijo Clarín que en España el crítico ha de actuar como el bombero llamado simultáneamente a extinguir múltiples fuegos. Cien años después seguimos en lo mismo y, como entonces, algunos confiamos, contra todos los signos, en que el proceso educativo puede funcionar de nuevo correctamente. No hace mucho oí a Jimena Menéndez Pidal, de tan noble estirpe, hablar del rescoldo de la pequeña España que quiso Giner y encendió de entusiasmo a la juventud de ayer. Que ese rescoldo dure y crezca es hoy nuestro aliento y nuestra esperanza. Ricardo GULLON