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ABC, pág. 68- TRIBUNA ABIERTA -JUEVES 3- 12- 87 HABLAR EN AMERICA LA C A M A I I A Y algo mejor que la cama cuanJ w í do empiezan a asomar los pri J I I meros fríos? Si existe algo mejor, dígamelo usted. Yo no encuentro nada que se le pueda comparar. El pobre, si tiene un medio cobijo, un petate, no es que ya eche las campanas al vuelo, pero ahí seguro que se acurruca, se encoge, se pone de lado, y espera que algún sueño le lleve a mundos de pan y sin políticos. La cama lo es todo para mí, ahora que me hice maduro y me duelen todos los huesos. Ahí es donde, durante las horas de la noche, un servidor se reconcilia con el mundo, incluso con las gentes que, desde cualquier poder, nos dan patadas en el trasero. A veces, la cama sirve para algo más que para dormir. Usted lo sabe. Pero uno no la valora por eso. No, señor. Tendría que dormir solo siempre e igualmente diría que no hay nada como estirarse o encogerse ahí. Usted lo habrá observado. Por la noche, luego de ver tantas tontadas en televisión, la cama es como un refugio, un mundo salvador. Allí, si tienes un aparatito de radio en la mesita de noche, pues tampoco es molestia. En la radio se dan tabarras que no hay quien las aguante. Pero hay cientos de emisoras. Que unos tipos te sueltan el rollo de discos nuevos, de cantantes de otros mundos, todos igual de gritones, pues mueves la ruedecita y a lo mejor te encuentras con un señor que habla del cielo y las estrellas, de la soledad y de la poesía, como hacía el Loco de la Colina, que en paz descanse. La radio no es como la televisión. La radio te empuja a la cama, pero allí nos hermanamos con ella, con alguna música suave, con palabras que no sean de triunfalismo y propaganda. Hay programas para todos. En la televisión no. Ahí, ya desde el Telediario, no tienes más que voces tartamudas, que dicen unas cosas y se callan otras. La televisión nos empuja a la cama, y debemos darle gracias por ello a doña Pilar Miró. Luego, qué decir. Si el sueño viene en seguida, muy bien. Que no viene, pues uno piensa, uno se estira, se encoge, y puede pensar en sus amigos, en gentes a las que quiere, y también, si se pone en plan cínico, maldecir entredientes a los que, de una forma u otra, nos dan latigazos a diario. ¿Y si de vez en cuando llega un sueño hermoso, como ese que tuve yo hace unas semanas con el señor Solchaga? ¿Y si en el sueño te ves bien tratado, considerado, con gentes que te saludan y hasta se te ofrecen por si necesitas algo? Entonces te crees que España ha cambiado, que los españoles son lo mejor del mundo- mientras no mandan- y que este pueblo nuestro camina de verdad hacia horizontes sin podredumbre. Y luego, las mañanitas. Con sueños buenos o sueños malos, a la hora de levantarse es lo que uno sabe lo que vale la cama. Entonces, como además nos espera la pestilencia de la calle, las sábanas y la mantita del otoño se nos pegan como si fueran, de verdad, una caricia de manos amorosas; la caricia de un ser bueno que nos ha sostenido, casi con mimo, durante las mágicas horas de la noche. Rodrigo RUBIO TRIBULACIONES DE UNA ACTRIZ jUES sí, Amparo, tengo incompleto el reparto de mi próximo montaje y, te diré más: me urge verte... ¿Qué tal mañana en la cafetería del hotel... a las doce? Hasta mañana, contesté. ¡Hasta mañana, hasta mañana! me repetía para mí misma, más alegre que unas pascuas. ¡Tenía trabajo! ¿Por qué, si no, me citaba aquel director y con tantas prisas, después de regalarme el oído con elogios y halagos que me hicieron sonrojar en el silencio de mi casa? ¡Si hasta se negó a mi propuesta de hacerme una prueba, por si no daba el papel que pensaba asignarme! Estaba contenta por haber seguido el consejo de un compañero: telefonea a ese director me dijo: marcando siete números- e n secreto, eso si ya que no hay actor que admita jamás haber hecho una llamada pidiendo trabajo- yo lo acababa de conseguir y en un teatro de Madrid. Se lo conté a todo el mundo: a mi familia, a amiga vecina de piso, hasta a mi perra. ¡Tenía trabajo y con el trabajo se acabaría de una vez la leyenda y el sambenito de mi retirada de la profesión que almas caritativas se encargaron de propagar. Aquella noche soñé que estaba ante un público de estreno y yo no sabía qué decir porque se me había ido la letra. Desperté para seguir soñando con los ojos abiertos. Lo importante ahora- pensaba- era la elección de un vestido acorde con el personaje de la obra, una comedia desarrollada en el seno de una familia de la burguesía británica, cosa que me preocupaba porque la imaginación de algunos directores es tan pacata, tan escasa, que no son capaces de dar un papel de torero a un actor que no vista de luces. A las doce, como un clavo, un tanto nerviosa, eso sí, estaba en la cafetería de marras. Verás- me dijo el director mientras yo rompía el sobrecito del azúcar- verás, Amparo, hay tres papeles para los que busco actriz: uno para una de cincuenta años... (Pensé para mis adentros que no me iba. Otro- continuó diciendo- de unos veinte. (Tampoco- seguí pensando- está a mi medida. Y, por último, me falta el personaje de la cuñada, que puede estar en los treinta o algo más. (Aquí comencé a sentir los primeros síntomas de una explicable taquicardia... Pero- prosiguió el genio -para el que tengo seis o siete candidatas de entre las que ya han trabajado conmigo, que son amigas y conocen mi modo de actuar... Hubo un breve silencio, que rompió el director: Ya sé, te estás preguntando por qué te he hecho venir. Para ver cómo estabas de físico: veo que no has engordado y te encuentro estupenda. En cualquier momento es posible que te llame. En fin, te dejo, porque tengo una reunión a la una. Bebí el resto de la taza, un café más bien amargo a pesar del azúcar, mientras que el ayudante del genio hasta entonces silencioso, me comentaba lo mal que anda el teatro en España. Debí replicarle: en cambio, la cosecha de cabritos aumenta en cada temporada... Pero una va de fina y educada por la vida y eso, a veces, es fatal... Amparo PAMPLONA J ULIÁN Marías, Juan Velarde y Gonzalo Fernández de la Mora vinieron hace poco de hablar en América, donde sus palabras fueron ancha y profunda noticia; pero un original comentarista se extraña, en el medio que no necesita nombrarse, de que el pensamiento de la derecha española vuelva a venderse para explicar los problemas internos, mientras los lectores no prestan atención alguna a Habermas Aunque quizá el sexto sentido de los lectores simplemente prefiera leer a esos autores que empantanarse en el aburrimiento trascendental del último frankfurtiano; lo cual el citado comentarista califica como desorientación, quizá porque siente nostalgia de la famosa literatura orientada de otros tiempos. Los americanos vienen a hablar- y a publicar- en España; los españoles hablamos. en América. De muchas formas. Algunos van a hablar sin escuchar; y a proclamar, con ardor de neófitos, las glorias acríticas de la nueva democracia española, sin mentar, por supuesto, su profunda experiencia personal en el Movimiento, que era el aparato fascista de un régimen que no se puede calificar simplemente como fascista. Otros viajan a Cuba o Nicaragua para admirar los progresos de la perestroika bananera, y luego intentan predicar la ruptura democrática en Paraguay o marcar a los chilenos las etapas de su transición, que califican curiosamente como retorno a la democracia, refiriéndose, por supuesto, a la de don Salvador Allende, sin recordar que el régimen del señor Allende había sido descalificado como democracia por las más altas instituciones democráticas de la nación. Otros explican profusamente en las Américas la leyenda rosa de la transición española, que proponen como ejemplo a las dictaduras residuales de aquel continente, sin incluir, por supuesto, a las de marchamo marxistaleninista camuflado ahora por la glasnost. No tengo ia menor intención de imitar a tan ilustres viajeros en el ciclo de conferencias sobre mi especialidad que voy a desarrollar en Brasil, Argentina y Chile por invitación de varias Universidades. Me llevo las galeradas de mi nuevo libro sobre la teología de la liberación, Oscura rebelión en la Iglesia (que nació en aquellas tierras durante varias incursiones anteriores) para dictar apresuradamente los últimos matices. Voy, por encima de todo, a escuchar y aprender. Si me piden que hable de España, hablaré sinceramente, con el espíritu de Indalecio Prieto, que proclamaba al llegar a Chile y Argentina en 1938, expulsado de la zona republicana: Puedo hablar sinceramente de España como si estuviera en España, porque no estoy en el extranjero. Por supuesto que lo haré desde una rigurosa perspectiva democrática, pero sin leyendas de ia transición; ni la rosa ni la negra, por lo que inevitablemente el relato me saldrá gris, como la realidad. Y como aquella es tierra de caballeros, estoy seguro de que no me tropezaré, en las aceras de Santiago o de Buenos Aires, con unos repugnantes dedazos de escayola indicando de lejos a España el camino que debe seguir, dogmáticamente. Como pasaba no hace mucho en Madrid. Ricardo de la CIERVA P L.