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i Náufragos Retrato de doña Pilar Villanova Paisaje La exposición de la semana Pradilla: Mejor pintura que imaginación L interés creciente que se ha despertado entre el público por la pintura del Fin de Siglo tiene, como todo en el campo del arte, varias raíces: por lo pronto, la lejanía. Ya no es el arte de papá, ni siquiera del abuelito, sino algo que, por haber entrado en la Historia, no merece animadversiones generacionales. A ello se ha de agregar que ese arte, hasta hace unos lustros despreciado, ofrece un terreno casi virgen para la investigación y para el comercio. E Museo Municipal Fuencarral, 78 s i c i ó n del p i n t o r a r a g o n é s Francisco Pradilla (Villanueva de Gallego, 1848- Madrid, 1921) seleccionada por Wifredo Rincón, en el Museo Municipal de Madrid, con sus casi trescientas obras (el doble de la celebrada el pasado octubre en Zaragoza) llega oportunamente para presentar al público de Madrid aspectos inéditos del célebre autor de Juana la Loca y de la Rendición de Granada, cuyas versiones defi- Diciembre nitivas (Museo del Prado y Palacio del Senado, respectivamente) son más famosas a través de reproducciones que a simple (y necesaria) vista, no demasiado fácil hoy en día, por lo que lamentamos su ausencia en esta muestra, supongo que a causa del tamaño. Los lienzos mayores aquí expuestos son El Náufrago (1875) y la Danza de Odaliscas (1876) obras juveniles, ambiciosas, aunque insinceras; Numerosos licenciados en Historia del Arte hallan en el Ochocientos ese tema inédito para la Tesis Doctoral que centurias anteriores les niegan. Para el coleccionista o inversor, ese arte académico y amable resulta más atractivo que el de los pintores contemporáneos, aunque en esa época, como en todas, abunden las mediocridades más que las obras maestras; eso puede observarse en cualquier exposición de anticuarios. De hecho se pintaba entonces, más que nunca, a base de recetas (y no de rectas, como se leía en mi crónica del jueves pasado, por una de esas erratas de imprenta tan malignamente destructoras) siguiendo las normas establecidas, con poca imaginación. Por fortuna, entre esa mísera caterva de petits- mattres, van surgiendo grandes artistas, de mayores ambiciones estéticas. La expoJUEVES 3- 12- 87 los retratos imaginarios de los Reyes de Aragón (1879) que adolecen de su condición de encargos y de una defectuosa conservación; y el Suspiro del Moro (1879- 92) de composición un tanto dispersa, pero que nos ofrece un anhelo de aggiornamento, de realismo aplicado a temas antiguos, de exactitud de lugar y de tiempo que es, a mi ver, la mayor aportación de Pradilla, extraordinario paisajista, a la pintura de Historia, despojada por él de sus falsedades románticas. Porque como paisajista es maravilloso, y esta colección nos ofrece un centenar de pruebas, a veces diminutas, pero siempre amplias en técnica y en color. Italia y Galicia son sus escenarios predilectos, a menudo animados por figurillas que se acercan a las de su paisano Barbasen, aunque no las necesiten para encantar a todo aficionado a la pura pintura. Autor de buenos retratos (en especial los de doña Pilar de Villanova de Royo y el crítico Francisco Alcántara) y de espléndidos estudios del natural, cuando busca un argumento cae fácilmente en lo anecdótico, en especial en sus últimas obras, como ese cursilísimo Palco (1919) que sirve de cartel a la muestra. Sus acuarelas y dibujos son primorosos. En resumen: una exposición que hay que ver. Julián GALLEGO ABC 11 El suspiro del moro