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GENTE Los diputados las prefieren rabias A Mesa del Congreso de los Diputados será sostén y obstáculo a la entrada de la diputada del Partido Radical Italiano Cicciolina. El vicepresidente primero del Congreso se ha encaramado a la atalaya del recato, como pulcro cancerbero que impide el paso al escándalo y la promoción comercial, ya que aduce, como motivo de la visita de la dorada italiana, el de su propio beneficio personal. A uno le parece que tiene buena intención, pero tal vez bajo el empedrado de sus propósitos se esconden otras razones subterráneas. Y este no es el caso de Cicciolina. Lo que tiene o deja de tener- como cariátide cachondona que se ha cansado de sujetar fachadas y apariencias- lo enseña con la alegría de una sonrisa y sin afectada pose. No pregunta a los mirones por su identidad política o religiosa. Debe pensar que lo que se han de comer los gusanos, contémplenlo los judíos, moros, ácratas, posmodernos y viejos cristianos, sin distinciones. Todo un signo de democracia a la italiana. Que no sólo de Césares y macarrones ha de vivir el ciudadano. Tal vez, el vicepresidente prefiera el recuerdo de sus años mozos, cuando compartía con media Europa la educación sentimental sobre los escotes atrevidos, pero mojigatos en su contención, que ostentaban señoras italianas como Sofía Loren o la Lollobrígida. Eran más formalitas en apariencia, pero en Al aparato N el Congreso sonó el teléfono. Ahora no recuerdo quién lo cogió. -Dígame. -Que soy Cicciolina. Que voy. Su interlocutor se puso verde, luego rojo y pasando por una gama multicolor palideció finalmente. Recuperó el aliento y corrió a comunicárselo a los demás. Es ella. Dice que viene. El hemiciclo enloqueció. Unos enmudecieron. Otros comentaron: ¿Cómo se lo explico yo a mi mujer? Algunos hubo que se excitaron y huyeron al retrete. Incluso se vio a quien sacó del portafolios una estampita de Santa Gema y se hizo de cruces. Las señoras de la limpieza, enfebrecidas, gritaban y salpicaban a sus señorías con lejía como si de agua bendita se tratara. Un bedel se encaramó a una lámpara. Ciertos diputados, spray en mano, llenaron las paredes de un pasillo con pintadas alusivas al sexo y esas cosas. Uno de ello dibujó un sostén a una señora noble que residía en un cuadro colgado de un despacho desde tiempo inmemorial. Los periodistas mandaron crónicas a diestro y siniestro. Crónicas sin sentido, absurdas. El orador de turno chupó el micrófono del estrado con tal ímpetu que llegó a sangrarle la lengua. Las secretarias llamaban a sus novios mientras se tiraban de los pelos. Por fin, no recuerdo quién marcó un número en un teléfono de la sala de Prensa. -Cicciolina al aparato. -Aquí el Congreso español. Que no puedes venir. Imagínate el escándalo... -E s que ya había reservado vuelo y habitación en el burdel. Perdón, en el hotel. -Y a buscaremos una solución. Yo te juro... -Bueno, tampoco hace falta. Si no puedo ir allí ya iré a Túnez. Todo volvió a la normalidad. El orador continuó su plática interrumpida: Señores diputados, ¿que hacemos con Cabañeros? Juan Luis CANO Gomaespume, L Kathleen Tumer su interior rugían las obscenas ambiciones de toda mujer honesta: el matrimonio. O a lo mejor no es cuestión de fiarse en que sus señorías no alboroten, como párvulos maliciosos, por los pasillos del Congreso, cantando: Arriba, abajo, que a Cicciolina queremos verle el refajo. De todos modos, ha quedado en entredicho la proverbial cortesía y caballerosidad españolas. Menos mal que ha aparecido un caballero gentil, don José Federico de Carvajal, dando un paso al frente y tendiendo la capa de la hospitalidad del Senado a la estrella del pomo- ahora de la política, no es tanta la diferencia- Eso sí, guardando la compostura y por conductos reglamentarios, si ella lo solicitase. Algunos mentecatos, seducidos por las a m b i g ü e d a d e s convencionales, mesarán sus cabellos postizos y harán jirones con los macilentos prejuicios. Si la intención de visitar el Congreso viniese de la muy inmaculada pícamela Katheleen Tumer, otra opinión les cantaría en el gallo de sus gargantas. Pero ¿sabemos los secretos inconfesables de la candida Turner? En cambio, Cicciolina es como es. Parafraseando a mi abuelo (que no siempre es conveniente citar a los clásicos, aunque él acaba de ingresar en la cofradía del sueño eterno, y fue aliado fiel en el colmo de los infortunios: se apellidaba Franco y, aun así, perdió la guerra; estaba en el bando contrario, claro) Cicciolina debe estar, si es su gusto, en el Congreso, porque tiene que haber de todo en el mundo. Y a esta rubia, a pendón simpática no hay allí quien pueda hacerle sombra. Ramiro BUENO E ¡Qué desastre! AMINITO de Jerez me compró una jaca. Quiso la fortuna que, al pasar por el puerto, mi jamelga, en lugar del viento, cortara mangas. Motivo que me indujo a abrirle una sastrería. El negocio marchó en popa a toda vela y, a base de cortar mangas y más mangas, teníamos a los clientes en un puño. En lo más próspero del asunto se personó un conde del barroco en el comercio, encaprichado con a confección de una guerrera florida de encajes. Viendo amplia ganancia en el trabajo y, a pesar de las quejas de Lina (que así bauticé al animal) mandé a mi jaca a hacer puñetas. Hizo la labor con ahínco y regresó con los puños bordados. Agotamiento inútil. En el transcurso de la confección nombraron al conde duque de la Alta Nuez. Obvio resulta que, en tales circunstancias, nuestras puñetas resultaban escasas a tan alto rango. Queriendo quedar bien con nuestro distinguidísimo cliente, por si faenas mejores se presentaban en la realización de SÁBADO 28- 11- 87 C sus futuros trajes, ocurrióseme obsequiarle con una magna ceremonia. Marcaban los cánones que se honrara al poseedor de dicho ducado cogiendo el fruto de una nuez (una vez despojado del duro cascarón) y ofreciéndoselo al duque con las manos extendidas en posición de arrodillado. Mandé invitar a nuestra humilde casa al antiguo barón y, antes de su llegada, atrapé una nuez entre mis dedos y mandé a mi jaca a cascarla. Siguieron en los meses sucesivos los encargos de blusas, camisones y polainas. El trabajo en la sastrería se transformó en agotador, y Lina me pidió unas vacaciones. Habiéndome hecho yo con una casita en el campo y, sintiéndome apiadado de ella, mandé a mi jaca a tomar viento fresco. Regresó del merecido reposo a los menesteres del oficio con las fuerzas repuestas. Pero tanta energía concentraba en sí el animal, que no había día en el que no rompiese algo por sus tropezones. Así, en uno de sus descuidos, atrevióse a golpearme en la cabeza, produ- ciéndome daños de irreversible solución. No pude contenerme: ¡Lina! ¡Mira qué chichón, Lina Me. quedé parado un momento reflexionando sobre mi propia ocurrencia: Chichón, Lina Sin dudarlo, mandé a mi jaca a que se presentase a las elecciones al Parlamento Europeo. Guillermo FESSER Gomaespuma Cicciolina en jaca, caminito de Jerez ABC