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28 noviembre- 1987 ABC flTcrarío ABC IX NCIA os automóviles Patencia ilusción de Plateo de Bergson nc visto por de los expendas prorter y Keyneia- son del relieve que acu ista. El gran sarcófago de cuarzo de Tutankamen I la memoria no me es infiel, la última vez que tuve el honor de dirigirles la palabra acerca de la tumba de Tuíankamen y de sus- contenidos les indiqué hasta dónde habían llegado nuestras exploraciones, o sea, hasta el gran sarcófago de cuarzo; les relaté cómo levantamos la tapa, cómo apartamos las envolturas y mortajas y pusimos al descubierto el ataúd exterior del rey. En realidad sólo pude mostrarles entonces la escalera de entrada, el pasaje subterráneo descendiendo en rápido declive, la antecámara y sus tesoros, la cámara mortuoria con sus doradas arcas resguardando el magnífico sarcófago, y, al dirigir nuestras miradas hacia el. contenido de éste, el ataúd exterior recubierto de oro, afectando la forma de una estatua yacente del joven rey, simbolizando Osiris, o bien- a juzgar por su mirada contemplativa, exenta de todo temorla confiada esperanza de los antiguos en la inmortalidad. Al emprender de nuevo nuestra labor, la tarea que se presentaba ante nosotros, siguiendo una concatenación científica, consistía, en primer lugar, en extraer la serie de ataúdes encerrada dentro del sarcófago: en abrir y examinar cada uno de ellos y, finaimente, en proceder a un examen detenido de la momia real. Tal empresa nos exigió muy cerca de ocho meses. Las cajas mortuorias que encerraban la momia del rey eran tres en total, colocadas una dentro de otra. Comprendían: en primer lugar, un ataúd exterior hecho de madera de roble y recubierío con una delgada chapa de oro; luego, un segundo ataúd, igualmente de roble, recubierto asimismo de oro y suntuosamente incrustado con cristal policromado, y, finalmente, un tercer ataúd interior, de oro macizo, delicadamente cincelado y adornado con ese trabajo de orfebrería que los esmaltadores llaman cloisonné Basándonos en la apariencia exterior del ataúd externo de Tutankamen, y en el estado de conservación de ias momias reales descubiertas anteriormente, y que hoy se hallan en el Museo dé Ei Cairo, esperábamos lógicamente que los despojos de esté rey, a los que nadie había tocado durante tantos siglos, se en- S contrarían en condiciones casi perfectas. Desgraciadamente no fue así. A pesar de hallarse encerrado en tres cajas mortuorias perfectamente ajustadas una dentro de la otra, y la más interna hecha de oro macizo; a pesar de las pruebas manifiestas de que la momificación habíase llevado a cabo con el mayor cuidado; de estar envuelto en masas de sudarios útilísimos, de tejido fino como la telaraña, y de haber sido enteramente cubierto con toda clase de ornamentos y amuletos, fue, desgraciadamente, la misma costumbre del último rito funerario lo que causó casi su destrucción. En el curso de estos últimos ritos funerales habíase vertido sobre la momia una cantidad considerable de ungüentos sagrados, manifiestamente con fines religiosos o significada piadoso. Pero cualquiera que haya sido la intención sagrada, el resultado, considerado desde el punto de vista arqueológico, ha sido desastroso. Llegado el invierno de 192627, la marcha normal de nuestra labor nos llevó a dedicar nuestra atención hacia la tercera estancia- l a cripta interior, el lugar mas recóndito- situada allende la cámara sepulcral que contenía la tumba propiamente dicha. Aunque pequeña, sencilla y sin adornos, no por esos dejaba esta nueva estancia de evocar, con fuerza impresionante, los recuerdos del lejano pasado. Cuando por primera vez se penetra en una cámara como ésta, cuya santidad ha permanecido inviolada durante más de treinta siglos, el intruso no puede menos de experimentar una sensación de terror mezclado de respeto, cuando no de miedo a secas. La estancia mide algo menos de cinco metros por cuatro, y un poco más de dos metros de elevación. Se penetra en ella por una puerta baja abierta en la pared oriental de la cámara sepulcral. Su sencillez es extrema, sin asomo de decoración. Las cuatro paredes y el techo aparecen tan sólo desbastados, sin alisar, y se echan de ver las huellas del cincel en la superficie de la roca viva. En suma, se halla exactamente en el estado en que la dejaron los obreros del antiguo Egipto. Howard CÁRTER