Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
28 noviembre- 1987 ABC ÍITcrarío ABC V Biografía Lenguaje- Mi suerte ayo sí Manuel Iglesias- Sarria y Puga Editorial San Martín Madrid, 1987. 389 páginas No es fácil hacer un buen libro de memorias. Pese a su auge, ocurre a menudo en la actualidad que quien sabe escribir apenas tiene que decir y viceversa. A Manuel IglesiasSarria y Puga podríamos situarlo en un estimable término medio. Posee pluma fácil y además lo que cuenta parece muy sincero y a veces tan apasionante como un buen episodio novelesco. Mi suerte dijo sí subtitulada Evocación autobiográfica de Guerra y Paz (así, con mayúsculas) añade asimismo unas fechas: 1918- 1936- 1945. Son las etapas en que más o menos se divide el libro: lástima que el orden no se respete y que la obra comience por lo que debiera ser el núcleo central. En 1918 el niño Manuel Iglesias cumpliría cinco y plasma aquí sus primeras vivencias de la ciudad de Tánger, donde su padre militar de carrera, está destinado. Antes ha hablado de Toledo, donde nació, y después desgranará sus recuerdos- unos vividos personalmente y otros recogidos en crónicas o comentarios ajenos- como con una cámara cinematográfica. No es de extrañar en quien siempre, como refiere, fue un buen aficionado al séptimo arte. De este modo conocemos no sólo los sucedidos y eventualidades de su existencia, sino aquellos que componen nuestra historia más reciente: la dictadura de Primo de Rivera, la caída de la Monarquía e instauración de la República, a sucesión de errores y desastres en que ésta se convirtió y, por fin, la guerra en que los españoles nos enzarzamos durante tres años trágicos, en el transcurso de los cuales afloraron en muchos casos los instintos más primarios del hombre, aunque también los más nobles y heroicos. Por eso cundieron escenas de valor, sacrificio y hermandad no sólo entre amigos; cabe escribir que también entre ios enemigos. Manuel Iglesias estuvo a punto de ser fusilado a causa de su falangismo y se salvó gracias a la intervención de un miliciano. Se asiló primero en ia Embajada finlandesa, después en! a turca; fue evacuado hacia este último país, pero únicamente llegó a Sicilia; se incorporó a la España nacional, se hizo alférez provisional y permaneció el resto de la contienda en e! frente de Madrid, entrando en la capital, con su asistente, en los primeros instantes de ia liberación. No parece que interviniera en ningún hecho de armas notable, sino en ias escaramuzas propias de un sector estabilizado. Eí proceso de identificación, salvo excepciones, del biógrafo con su héroe es un hecho advertido por la crítica más fidedigna. Pero si se trata de autobiografía, el narrador se identifica intrínsecamente con el sujeto de la aventura vita! Y en este caso lo que la caracteriza es, repitámoslo con él, la suerte Sólo un optimista nato puede escribir, rebosante de satisfacción páginas como éstas. Jacobo PEREIRA Léxico del mestizaje en Hispanoamérica Manuel Alvar Ediciones Cultura Hispánica, I C. I. Madrid, 1987. 223 páginas La mayor emoción que me ha proporcionado el Nuevo Mundo la experimenté una mañana de noviembre de 1970, en la ciudad de México, en la plaza de las Tres Culturas. Grabadas en negro sobre mármol blanco, en una gran lápida sostenida por dos postes, como un cartel indicador, que se alzaba al borde de las ruinas aztecas, dando frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco, no lejos del modernísimo edifico de la Secretaría de Relaciones Exteriores, centrando, pues, aquel Manuel Alvar prodigioso ámbito urbano, se leían estas palabras: El 13 de agosto de 1521, defendido heroicamente por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy. Creo que ése fue el instante de mi personal descubrimiento de América, de la esencia de América, de la nuestra, de la española. Y como ese trance privado de descubrir América resulta aconsejable para muchos compatriotas nuestros, más inclinados a hablar por boca de ganso, en anticipado y fácil ejercicio de aguafiestas, que a adentrarse en ei conocimiento y a demorarse en la reflexión, la obra que acaba de publicar Manuel Alvar, Léxico del mestizaje en Hispanoamérica, llega muy a punto para ilustrar, desde la lengua, este hecho fundamental en la configura- ción humana de aquel Continente. El libro, editado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana, muestra también en su portada el logotipo dei V Centenario. Es linda la edición, pero podría haberlo sido muchísimo más si se hubieran reproducido en color los 16 cuadros y 8 láminas que apoyan con imágenes el texto, igual que se ha hecho con la de la cubierta. En un asunto de este tipo, donde los entreveramientos, las tonalidades y los matices resultan decisivos, uno se queda con la gana de ver en su propio color esas imágenes. La obra ha nacido como resultado del encargo académico, recibido por el autor, de revisar todo lo referente al léxico del mestizaje en el diccionario oficial, sobré el que precisamente había recibido la Academia acerbas críticas desde algunos lugares de América. Críticas injustas, como Alvar demuestra, porque no hay error en ninguna de sus definiciones, sí notables divergencias semánticas de una misma palabra a lo largo y ancho del Continente, ló que lleva a algunos a suponer errado lo que es simplemente el uso de otro lugar. Ochenta y dos voces, con doscientos treinta y cinco acepciones, constituyen el léxico del mestizaje reconstruido, con minucioso esmero, por nuestro experto lingüista. -Su pasmosa erudición, su amplísimo conocimiento de las hablas y de la realidad americana le han servido para iluminar las no escasas riquezas que atesoran los ficheros académicos y poner un poco de orden en el maremagno de palabras y significados que se han entrecruzado, geográfica e históriámente, igual que las castas y estirpes a que se referían. Palabras españolas, en su mayor parte, adaptadas a la nueva realidad americana; algunos préstamos, también, del portugués o de las lenguas indígenas. Vocabulario que tuvo plena vigencia mientras fue factible seguir el curso de los linajes, pero que dejó de ser eficaz cuando las mezclas rebasaron todas las posibilidades imaginables El término más expresivo, a este respecto, es el que designa al notentiendo, cuya complicadísima genealogía, casi batiburrillo reproduce eí autor en la página 180. Cuando se llega j ese extremo, es tal ya la confusión de sarigres que las diferencias basadas en el color de la piel acaban por no contar. A principios del siglo XIX, para Alexander von Humboldt, en la población dé la Nueva España sólo existían siete grupos definidos: gachupines, criollos, indios, negros, mestizos, mulatos y zambos. Como con los dos primeros términos sólo se distinguía a los españoles procedentes de España de los ya nacidos en América, todo quedaba reducido a las tres razas puras y a los tres cruces más simples. Pero incluso el término español se recoge en el léxico de Alvar con cinco acepciones (mexicanas, peruanas, colombianas) que hacen referencia a concretos mestizajes en los. que predomina la ascendencia blanca. Sin conocimiento real de los cruces tendría que resultar harto difícil especifiar, con una palabra, el grado de mestizaje. He recordado, leyendo el libro, que tampoco todos los españoles tenían idéntico color de piel y que algunos hasta podían confundirse con los naturales; de la añaganza de enviarle dos soldados de Cortés que se hicieron pasar por indios se valió, por ejemplo, Gonzalo de Sandoval para burlar al jactancioso capitán Salvatierra, que había llegado con la flota de Narváez, tal como nos lo. cuenta Bernal Díaz del Castillo, en e ¡capítulo CXV de su siempre asombrosa Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Esta temprana cédula real, la. moderna lápida de Tlatelolco, con la que comencé mis reflexiones, y el recentísimo y apasionante libro que aquí comentamos, donde se nos explica el proceso del mestizaje desde la lengua que lo describió, son realidades objetivas con las que debemos contar. Ese Nuevo Mundo que los españoles ayudaron a construir, dolorosamente sí, pero también con desmedida generosidad en el esfuerzo y el sacrificio, merece libros como éste y no las destempladas sinrazones o la ignara palabrería que empiezan a brotar aquí y allá. Gregorio SALVADOR De ia Real Academia Española