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MARTES 24- 11- 87 CULTUKA A B C 49 Dexáronle malferido y con vida entre terribles padecimientos, y sin rematalle para que aguantase y sufriese los mayas se tajaban el cuerpo cual si fuéseden a troceallo. E allí fue donde vide por primera vez algo que ya he relatado a vuestra paciencia: un corro de más de veinte varones cosidos por sus partes verendas; unidos, unos a otros, por unos hilos que les engarzaba sus penes e aun sus penas, porque el dolor debía de ser de tal intensidad ques imposible descrebillo, anque es fácil entendello. E estas multetudes penitenciales, lo mesmo estaban en el suelo de las plazas que en las gradas de los templos; e entrunos y otros, cruzaban los chaces (o papas como dicen en México) tan cubiertos de sangre en sus ropas, manos y pelos, quéstos se mantenían tiesos, cual plumas o tocados durísimos, que tengo para mí que no podrían cortarse con espada de Toledo, tan macizos estaban. Al amanecer del segundo día, los de mi poblado truxeron a Üm- Hakareh, y lo ataron a una piedra en forma de árbol pintada de azul, que para ese efeto estaba. E los hombres comenzaron a bailar ante él, en tanto un guerrero ataviado con sus mexores atuendos melitares y las consabidas pinturas en cuerpo, brazos y rostro, se subía a una tarima y cantaba: Espía acechador que andas por los montes cazando. En rápida danza, hasta tres veces, acerquémonos al árbol do está el mancebo virgen atado. Alza bien tu frente para m exor mirallo. No cometas errores para que alcances con mérito tu premio, tan deseado. ¿Tienes bien afilada la punta de tu dardo? ¿Tienes bien enastada la cuerda de tu arco? ¿Has puesto buena resina de catzim en las plumas del madero tostado? ¿Has untado bien grasa de ciervo macho, en la fuerza de tu pie, en la fuerza de tu brazo, en tus rodillas, y el tórax y el costado? Da tres vueltas rápidas alrededor del tronco de azul pintado, allí donde está el viril hombre virgen atado. Da la primera vuelta; y ala segunda, ponle la flecha, tensa tu arco, apúntale al pecho; no es necesario que pongas toda tu fuerza para asaetallo, por no herirle demasiado; de modo que no puedas matallo; para que pueda sufrir un poco, ¿comprendes? que así lo quiso el dios alto el bello señor dios cuando vayas a sacrificallo. Cuando des la segunda vuelta al árbol de azul pintado, asaetéale de nuevo en el costado. Habrás de hacer esto siempre danzando, sin mucha fuerza suave, despacio... Asi es como lo hacen los buenos soldados los hombres escogidos para agradar los labios del bello señor dios el fuerte, el sabio. Así que asome el sol por el bosque de oriente y alumbre el árbol, comience el arquero flechador su obra. Y su canto. Y ansí que concluyó la canción, pusiéronse todos a danzar; y apenas el primer sol del día iluminó la piedra aquélla, comenzaron a asaetealle, como ordenaba el cántico sin herille demasiado de suerte que pudiese sufrir, tal como deseaba aquel inmisericorde dios maya a quien se le sacrificaba. Yo cerré mis ojos, y pedí al verdadero Dios de los humanos, que pusiera fin a aquel tormento, e que se llevará al cielo a aquel joven valiente y le abriese para siempre los ojos en la Eterna Bienaventuranza; e a Santo Sebastián, que fue el primero mártir que murió de saetas, que sirviese de intercesor a mi oración y actuase de abogado de ese mancebo, engañado por el demonio; y le dixe que su defensa no sería, por ventura, tan ardua: que no peca quien yerra, sino quien obra con malicia, e en este joven no la había. Dexáronle malferido y con vida entre terribles padecimientos, y sin rematatle para que aguantase y sufriese; e hiéranse al sacrificio del hijo de Eznab que fue lanzado desde las alturas que bordean el Cenote Sagrado. Yo no quise asistir, con grave riesgo de ofender a mi cacique, porque aquéllos eran los sacrificios que ofrescía él en nombre de su pueblo. Mas no me importó, anque en ello me fuese la vida: que ya estaba cansado della, e mis ojos habían visto más de lo que podían sufrir. Espántese de mí, piadosísimo Señor, e no olvide que le cuento lo que sigue como en secreto de confesión, con grave apercibimiento de no decillo ni divulgallo. Sigilosamente, sin que naide me viese, acerquéme a Um- Akareh; arranquéle una saeta que tenía superficialmente clavada en un muslo; y, apiadado del, al verle tan sufriente, mas con muchas horas por delante para se morir, preguntélle si quería que le acabásede. Respondióme que no, porque su destino era sufrir. Mas díxomelo con tan insegura voz que entendí que su orgullo le impelía a confesar lo que era pugnante con su deseo de morir presto. Temblorosa la mano que sostenía el venablo, sacudido mi cuerpo por espasmos, situé la punta de la flecha junto a su corazón, entre dos costillas, cerré los ojos para no ver su mueca, di un gran alarido para acallar la voz de mi conciencia y presioné hasta sentir el arma hundirse en blando. Escuché su último estertor y, cuando abrí los ojos, su cabeza, doblada, caía ya sobre su pecho. Y sus labios sonreían corrió si descansara. Torcuata LUCA DE TENA De la Real Academia Española