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547 A B C INTERNACIONAL -La primera crisis de la perestroika DOMINGO 22- 11- 87 La caída de Eltsin enturbia la imagen innovadora y aperturista de Gorbachov El líder soviético ha retrocedido ante los sectores ortodoxos Moscú. Alberto Sotillo La dramática irrupción y caída de Boris Eltsin ha marcado con estrépito la primera crisis de la perestroika (reestructuración) de Mijail Gorbachov, en la que el saldo final puede resumirse diciendo que el partido, hiperjerarquizado por Lenin para garantizar su efectividad como partido único de la Unión Soviética, ha impuesto una vez más sus duras reglas del juego a quienes desean ganar la partida sin modificar las reglas del mismo. Todos los esfuerzos tienden ahora a echar arena sobre el fuego para cerrar la crisis cuanto antes y evitar que pueda quedar deslucida la imagen soviética en el próximo encuentro en la cumbre entre Reagan y Gorbachov. Todos los votos ahora son para pedir la unidad o, más bien, la unanimidad. Para llevar adelante la perestroika y democratización en un auténtico ambiente partidista Los sectores ortodoxos que desean disminuir la velocidad de las reformas llaman a la disciplina. Los más señalados reformistas intentan quitar importancia al asunto, sin olvidarse de condenar al causante de la crisis. Todos se apartan del caído. Todos aplauden la línea señalada por Gorbachov con el mismo entusiasmo con que en tiempos de Breznev se aplaudía la política de colonización de tierras vírgenes- aunque ahora se discuta su racionalidad- o en la era de Stalin se aplaudía la colectivización de la tierra y la industrialización forzosa- aunque fuera al precio de millones de vidas humanas- Naturalmente, la política soviética se ha sosegado con el tiempo y, sobre todo, con la estabilidad. Stalin no hubiera dudado en fusilar a cualquiera de quien adivinara el menor indicio de rebeldía y en mandar al gulag al primero que dejase de aplaudir la decisión. Con Kruschev o Breznev no hubiese sido improbable que el rifirrafe hubiese puesto al rebelde en el camino de la abierta disidencia. Gorbachov ha preferido probar a cortar la crisis ofreciendo al caído un puesto administrativo, que aunque parece de contenido más honorífico que real, le mantiene en la nomenklatura en el sistema y, quizás, en el Comité Central. En definitiva, en la disciplina del partido único. La primera crisis de la perestroika lo ha sido también inevitablemente para la magnífica imagen que Gorbachov ha sabido dar de sí mismo en el exterior. La inmisericorde dureza con que fue reprobado quien, después de todo, no había cometido más pecado que saltarse la jerarquía del partido para intentar provocar un debate con todas las de la ley en el Comité Central, la inquisitorial confesión del reprobo, su posterior hospitalización por crisis cardiaca y la falta de estilo con que sus antiguos colaboradores se apresuraron a hacer leña del árbol caído, han dado una imagen muy poco atractiva de un partido que proclamaba el imperio de la glasnost (debate, polémica, transparencia) para la Unión Soviética. Los sectores ortodoxos, con Igor Ligachov a la cabeza, salen reforzados de la crisis. El KGB, también. Los criterios defendidos por renovación total de los pequeños gestores y burócratas quedan todos entre paréntesis. Los reformistas deben conformarse con defender algunas pequeñas parcelas del terreno conquistado: las críticas a pequeños problemas puntuales, sin entrar nunca en las áreas sensibles de la alta política interior ni contravenir las directrices de la cúpula, la apertura de las artes y la lucha contra la exageración en cifras y estadísticas de la burocracia. Gorbachov, en cuanto reformista y antiguo mentor del caído, también ha sido tocado por la crisis. Nunca como hasta ahora ha quedado tan al descubierto su difícil posición en la cuerda floja, tendida entre la frágil renovación y la correosa continuidad, que defiende por una parte los mecanismos de mercado y las tendencias aperturistas, pero que, a la hora de la verdad, ha debido plegarse ante el KGB y los sectores ortodoxos, que representan la jerarquía y la unanimidad en el partido. Eltsin para una mayor flexibilización de los mecanismos de control del partido destinados a mantener el orden público, su deseo de ir más deprisa con las reformas y operar una ¿Tú también, padre mío? Madrid. S. I. En una peculiar versión del Julio César de Shakespeare, el portavoz soviético Guennady Gerasimov comparó a Eltsin con Bruto. En esta ocasión y según esta teoría el padreGorbachov se adelantó al hijo y protegido asestándole la puñalada de la defenestración en justo castigo a su ambición. Pero todo apunta a que Gorbachov no ha dado la puñalada con gusto sino que se ha visto obligado a parar el exceso de celo reformista de su estrecho colaborador ante el acoso de los sectores ortodoxos. Ha sido un obligado lastre que ha habido que soltar para poder mantener el vuelo de la perestroika Lo que se plantea ahora es los daños que en el interior y exterior ha podido costar la defenestración y el modo estalinista con que se llevó a cabo. De lo que no hay duda es de la protección y simpatía de Gorbachov hacia Eltsin. En dos años el ahora defehestrado realizó una carrera meteórica que le llevó a las más altas instancias del poder en la URSS. Es en abril de 1985 tras el acceso al poder de Gorbachov, cuando Eltsin desembarca er Moscú encargado de la industria de la construcción. Tres meses más tarde es nombrado secretario del Comité Central. Su momento estelar llega el 24 de d i c i e m b r e de 1 985 cuando sucede a Víctor Grishin, jubilado por el líder soviético, en el cargo de primer secretario del partido en Moscú. Esta promoción le supone de forma casi automática su acceso al gran santuario del poder, el Politburó. Miembro suplente del Politburó, máximo órgano de poder del partido, en febrero de 1986, un año antes Eltsin era tan sólo un miembro casi anónimo de la Nomenkiatura, responsable de la organización local del partido en Sverdlovsk, en el Ural. Especialista en la construcción, a donde vuelve ahora degradado, recorrió en tiempo récord los puestos de obrero, capataz e ingeniero para pasar finalmente a tareas ejecutivas. En su puesto de jefe del partido, Eltsin se hizo temido y popular. Cambió a dos de cada tres responsables en la administración de Moscú y desplegó un actividad sin desmayo acudiendo al Metro, a las tiendas, constatando los fallos de aprovisionamiento y de todo tipo en el área de servicios de Moscú. Pero todo su esfuerzo fue casi en balde ya que nada cambió. De ahí quizá su arrancada, propia de su personalidad enérgica, ante el Comité Central.