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36 A B C INTERNACIONAL Cien años del nacimiento de Montgomery MARTES 17- 11- 87 Querido por sus soldados, temido por sus enemigos y criticado por sus contemporáneos Se le considera, coa Weüington, el mejor general británico Para los que sirvieron en la II Guerra Mundial el mariscal de campo es un militar únicamente: Moníy vizconde Montgomery de El Alamein. Su victoria en el desierto occidentaS y su carácter excéntrico le transformarían en un personaje nacional y su nombre pasó al patrimonio de la Historia. Se cumple hoy el centenario de su nacimiento. Para muchos fue el general más brillante en el campo de batalla durante la gran guerra. También se le considera el último de los grandes capitanes. No pocos, sin embargo, opinan que fue aplaudido en demasía, encadenado por un exceso de precauciones antes de entrar en fuego y, peor aún, sin imaginación. Montgomery proclamaba que nunca había sido derrotado y que su única pérdida fue la de su esposa. Su indiscutible talento militar no estaba respaldado por otras virtudes necesarias para todos los que mandan hombres en combate: tolerancia, encanto, buen trato y consideración por las susceptibilidades de otros. El mariscal de campo es una gran paradoja de la historia militar contemporánea. Fue un general querido por sus soldados, temido por el enemigo y profundamente aborrecido por contemporáneos suyos. Son reveladores los testimonios de una mujer vinculada a la vida sentimental de Moníy y de un colaborador. Se casaron pronto y los dos vivieron diez años felices. La característica de Betty Montgomery sería su inagotable sentido del humor, que aplicaba a personas y circunstancias. Se reía de las excentricidades de su esposo. Tenían muy poco en común, pero la boda se celebró en Londres el 27 de julio de 1927. Les casó el obispo de Tasmania, padre del contrayente. El matrimonio es destruido por la picadura de un insecto en el pie de Betty, cuando se hallaba en la playa de Burham- on- Sea. Hubo que amputar esa extremidad, pero la septicemia ganó la partida. Antes de la boda Montgomery estaba casado con su carrera militar y después de aquel octubre trágico de 1937, se entregó a sus antiguos amores profesioanles. Sir Edgar (Bill) Williams fue jefe de inteligencia de Montgomery de 1942 a 1946. Tiene ahora setenta y cinco años. Comenta: Churchill solía decir que e! Octavo Ejército en el desierto tenía valor, pero estaba frustrado Para nuestras esposas nos limitábamos a jugar con los cubos y las palas. Todo cambió en agosto de 1942 con la incorporación de Monty ¿Era un gran comandante? Dice Williams: Fue un soldado muy profesional, con todas las limitaciones que ello impone. Podía mostrarse muy egoísta y no tenía una brizna de gratitud. Este era su mayor defecto El general repetía que todo militar tiene su techo profesional que no debe rebasar, pero él lo superó en ocasiones. Explica su colaborador Williams: Llegó a ser jefe del Estado Mayor Imperial, pero fue el peor de todos. Tenía que repetirle: mi tarea es informarle de los enemigos conocidos y nunca de los que él se imaginaba. No era posible tenerle de subordinado, resultaba muy difícil para servir a sus órdenes, pero era la única formula El pasatiempo del héroe de El Alamein era hablar mal de los otros generales. Tan sólo respetaba a Alan Broke, que había sido su mentor. Detestaba la insubordinación en los demás, pero el mismo no era un buen subordinado. Cuando Williams visita a Monty los años 1957 y 1958 en su residencia de Hampshire, se ofrece siempre para ayudarle en la puntualización de algunos aspectos de las memorias que ordenaba el mariscal. Al hacerle alguna sugerencia, replicaba de mal humor: después de todo, ¿de quién son estas memorias? A pesar de tanto claroscuro en el carácter de Montgomery, sir Edgar (Bill) Williams opina que, probablemente, fue el mejor general en el campo de batalla desde Wellington. Alfonso BARBA Una carrera militar marcada por el triunfo sobre Romraei Churchill quería una victoria británica para no hacer un papel secundario junto a los norteamericanos. Montgomery se atrinchera en el delta del Nilo para preparar a sus fuerzas. Enfrente tiene otra leyenda: el Afrika Korps, que se había paseado militarmente por el litoral del norte de África. El general británico teJ nía la fotografía de Rommel en su viviendaremolque para analizar la mente del adversario. Montgomery no daba la talla de Rommel en la guerra del desierto. El alemán era el supremo mago de la maniobra y el británico lo fiaba todo a la logística. Las fuerzas británicas y aliadas tenían ya buen adiestramiento y el apoyo desde El Cairo y Alejandría era insuperable. El británico disponía de un excelente Estado Mayor y sus líneas dé aprovisionamiento estaban amparadas por una abrumadora superioridad aérea. Rommel disponía de 200 carros de combate frente a más de 750. Sus líneas de aprovisionamiento eran muy vulnerables y los refuerzos no llegaban. Le faltaba el carburante. La batalla del Alamein dura del 31 de agosto al 6 de septiembre de 1942. El Afrika Korps avanza lentamente por los campos de minas. Por falta de combustible, Rommel tuvo que desviar la línea de penetración hacia el norte mucho antes de lo previsto. Sus vehículos se atascan en las arenas de Ragil. El 2 de septiembre ordena la retirada por falta de carburante. Montgomery nunca estuvo amenazado en El Alamein. Pero esa batalla y la campaña en el desierto occidental son las realizaciones maestras del general británico. Sus críticos recordarían después, en una gran salva de propaganda, que la batalla del Alamein es la más inútil de la historia. El desembarco en el norte de África la hacía innecesaria. Rommel tenía que retirarse rápidamente. Los generales, sin embargo, tienen una obligación: ganar todas las batallas más o menos importantes y no perder ninguna. En este sentido, Montgomery cumple brillantemente con su deber. La batalla del Alamein es la última ocasión para Gran Bretaña de ser el personaje principal en el drama de la guerra mundial. Montgomery participa en el desembarco en Italia. Sería ya un avance incontenible hasta Luneburg, donde recibe la rendición de Keitel. En esa fase de la guerra Montgomery, había librado las batallas más difíciles con el general Eisenhover. Polémicas, susceptibilidades y siempre falta de entendimiento con exceso de vanidad. El héroe del Alamein es nombrado jefe del Estado Mayor imperial. Desempeñó mal el cargo, aunque no tan negativamente como pretenden sus censores. La responsabilidad civil- militar no es su plato de lentejas. Luego empieza su carrera fulgurante como soldado internacional al servicio de la Alianza occidental en septiembre de 1958, Montgomery fue alejado del servicio activo y en 1968 renunció a todos los cargos oficiales. Murió en soledad el año 1976. A. B. Amor repentino Allá por el año 1924, Betty MacDonald, nacida Anderson, conoce al comandante Bernard Montgomery, en un baile del casino de Dinard (Francia) Ella acababa de cumplir diecisiete años y era muy sugestiva. El galán tenía veinte años más y buscaba una esposa fácil de mandar. Ella ha rebasado los ochenta y un años y recuerda que Monty la estaba observando desde la galería del salón de baile. Bailó con Betty (el era muy mediocre en esa actividad social) y sin más preámbulos le dijo e! gallardo militar: He decidido que me voy a casar contigo Recuerda ella su sorpresa ante esa actitud vehemente. Pensó que estaba loco o ganado por el alcohol. Al día siguiente de la exploración sentimental, Montgomery se presentó en eí hotel donde Betty estaba hospedada con sus padres y les pidió la mano de su hija. En aquellos tiempos las hijas obedecían a los padres. Ante el visto bueno de los míos tuve que dar largos paseos con el comandante. Su pasatiempo era dibujar campos de batalla en la arena de la playa con el bastón. Los carros de combate, bastante desconocidos en esa época, eran su obsesión dice Betty MacDonald. Al fin ella le obligó a batirse en rápida retirada. Tal vez haya sido la única persona que le superó en la maniobra de despegue. Su conversación me aburría de muerte. Cuando le ordené el repliegue, me contestó: eres lo único que no he conquistado en mi vida Ese lance sentimental, sin embargo, tuvo un final de novela rosa. La inconquistada Betty fue la responsable de que el futuro mariscal conociera en Lenk (Suiza) a otra Betty, de apellido Hobart, viuda de un militar muerto en Gallípoli, con dos hijos.