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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 6 DE NOVIEMBRE 1987 ABC ESPAÑA Y LAS IDEAS vencidos de que no hay ideas ni cultura, no las busquen, no equipen sus mentes, queden así indefensos y manejables? ¿Conseguir que no exista pensamiento entre nosotros, y que se olvide el que haya existido antes? Habría que investigarlo, y no sería demasiado costoso. En estos últimos años, los poderes públicos están haciendo denodados esfuerzos para que no haya ideas en España. La Universidad está casi destruida, probablemente en el nivel más bajo de todo el siglo, si se exceptúan los primeros años después de la guerra civil, presididos por la siniestra depuración y las sustituciones correspondientes. Los que enseñan en Institutos de Bachillerato están simplemente desolados por el vertiginoso descenso de calidad y eficacia. De las escuelas tengo menos información, pero temo que no sería demasiado estimulante. Se está llevando a cabo otra forma de depuración que no se hace en nombre de la política, pero cuyo propósito no es ajeno a ella: las jubilaciones anticipadas. Todos los que entienden de ello y se preocupan por el porvenir de nuestra cultura están convencidos de que es un gravísimo error, un desastre sin paliativos. Por supuesto, no han sido ni son escuchados. Una decisión tomada contra la opinión de los que tienen derecho a opinar sobre ella se mantiene con voluntaria sordera. Los que tienen ideas, los que las han conseguido al cabo de muchos años de esfuerzo; los que pueden comunicarlas, contagiarlas, hacer que fructifiquen en las generaciones más jóvenes, son enviados, en el mejor momento de su vida, a las tinieblas exteriores de manera que pierdan su comunicación con la juventud, que queden arrinconados y sin eficacia. Es lo que sucedió con muchos españoles ilustres desde 1939, con las consecuencias de todos sabidas. Ahora, con otro pretexto, se vuelve a empezar. Dentro de un decenio, los que vivan podrán, deberán hacer el balance de los resultados. La gravedad de esto, que sería muy grande en cualquier país, en España es todavía mayor. Por la sencilla razón de que España, pobre en muchas cosas- n o tanto REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ON las ideas se pueden hacer muchas cosas: descubrirlas, elaborarlas, formularlas, aplicarlas para entender la realidad. También se puede hacer algo diferente y más fácil: hablar de ellas; o todavía más sencillo: negar que existan. En el panorama español se pueden encontrar ejemplos de estas diversas actividades. Hace pocos días vi en la televisión un programa sobre la investigación en España. Por supuesto, se refería exclusivamente a la investigación científica -en el sentido usualmente restrictivo de esta palabra, referida a las ciencias de la naturaleza- Pero lo que me sorprendió es que solamente se hablaba de dinero: el tanto por ciento del Producto Nacional dedicado en los diversos países a la investigación, la remuneración (la paga se decía más claramente) de los investigadores. No digo que esto no sea importante; lo que me parece dudoso es que sea lo único, ni siquiera lo decisivo. No recuerdo que se hiciera ninguna referencia al talento; tampoco a la vocación. Creo que son los dos ingredientes esenciales de la investigación y, más en general, de toda vida intelectual. Con muy poca riqueza se ha creado la inmensa mayoría de la que hasta ahora se ha conseguido en el mundo, desde los griegos hasta hace poco tiempo. El mundo ha sido siempre muy pobre, y la poca riqueza que existía no se destinaba ciertamente al cultivo de las ideas. En nuestro tiempo hay algunas formas de investigación científica y, sobre todo, tecnológica, que requieren medios muy costosos. Pero me gustaría que alguien competente hiciera una evaluación de todo lo que se puede hacer, incluso con poco dinero; estoy seguro de que el resultado sería alentador. En las últimas semanas, una revista ha publicado colaboraciones sobre un debate cuyo título era: España sin ideas. Repárese en que ni siquiera había una formulación interrogativa. Se trataba de extender un certificado de defunción al pensamiento español, firmado por un crecido número de m é d i c o s C o n c a s i t o t a l unanimidad así lo han hecho. Sin duda han buscado las ideas en sus propias cabezas y en las de sus amigos, y no las han encontrado. Tal vez hubieran debido buscarlas en otros lugares. Esto me ha recordado una indagación parecida que hace quince o veinte años hizo la revista Cuadernos para el diálogo. En ella, si no recuerdo mal, había una interrogante: ¿Existe una cultura española? (o algo muy parecido) Las respuestas eran mayoritariamente negativas. Había una que venía a decir: Ni ha existido, ni existe, ni existirá nunca una cultura española. Siempre me sorprende que haya tantas personas a quienes no les importa demasiado hacer el ridículo. Pero hay que preguntarse, en estos casos, qué pretenden. ¿Consolarse? ¿Contribuir a que los demás, con- c ahora, pero lejos de la opulencia- ha tenido en este siglo una riqueza principal: las ideas. Cuantitativamente, la cultura española ha seguido siendo modesta, a bastante distancia de las de los cuatro o cinco países más afortunados o más esforzados. Cualitativamente no tiene mucho que envidiar, y en ocasiones podría ser envidiada, si no fuera porque la envidia no tiene justificación cuando se trata de asuntos de la inteligencia: todo lo que existe está a disposición del que quiere enterarse, aprovecharlo, utilizarlo, enriquecer con ello su mente. Si se hiciera un recuento de las ideas, en todos los campos, pero sobre todo en el de las disciplinas humanas, que han germinado, se han desarrollado, han madurado en España, sorprendería su número y su alcance. Muchas disciplinas han logrado entre nosotros un nivel intelectual que simplemente no tenían antes de que unas cuantas mentes españolas se aplicaran a ellas. No hay en ello ningún misterio. Varios factores han hecho posible esto que desde hacía dos siglos no sucedía. En primer lugar, desde fines del pasado y comienzos del nuestro, por razones complejas pero muy claras, se produjo una intensificación de las vocaciones intelectuales, literarias, artísticas. De un lado, la falta de recompensa económica o social- ello no daba ni dinero ni prestigio- hizo que sólo se dedicaran a esos menesteres los que tenían irreprimible v o c a c i ó n Por otra parte, la conciencia de naufragio, la viva preocupación nacional, movilizó con radicalidad ese esfuerzo. Añádase a esto que España, por su misma escasez de realidades, no pudo refugiarse en el nacionalismo ni en el provincianismo, se abrió a lo mejor que se hacía en el resto del mundo. Finalmente, hubo desde muy pronto el descubrimiento de ideas germinales, de métodos que hicieron posible el planteamiento nuevo de nuevos problemas. EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones No es menester recordar las dificultades que todo este esfuerzo creador tuvo durante cuarenta años, los esfuerzos que se hicieron por descastarlo Soy testigo de mayor excepción. Pero las ideas son una planta vivaz y muy resistente. Ahí están- donde están, no donde algunos las buscan y, naturalmente, no las encuentran- Año tras año van dando su cosecha: aparecen libros de los que las revistas y los diarios de pretensión intelectual no suelen hablar, pero que son leídos por muchos y van haciendo su lenta labor clarificadora Se escuchan conferencias y cursos en que esas ideas se muestran y aplican. Creo que esta vez tampoco van a poder con ellas. Julián MARÍAS de la Real Academia Española