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MIÉRCOLES 4- 11- 87- INTERNACIONAL -ABC póg: 31 Cap, el cuchillo en lucha constante con el presupuesto Nueva York. J. M. C. Se le conocía como Cap, el cuchillo por su tendencia a cortar todo tipo de partidas, cuando era director de Presupuestos bajo Nixon. Pero siendo secretario de Defensa con Reagan, Caspar Weinberger hizo todo lo contrario: engordar los gastos militares en proporciones que ponían los pelos de punta a mucha gente, y rehusar sacar un céntimo de ellos. Fue cómo presidió el mayor rearme norteamericano en tiempos de paz. Nació en San Francisco en 1917. Se licenció en Leyes en Harvard, justo para ser llamado a filas para la segunda guerra mundial, en la que ganó una medalla de bronce, una de fas condecoraciones norteamericanas más destacadas por valor en combate. Al terminar la contienda, trabajó como pasante de un juez federal, antes de entrar en una firma privada de abogados. Pero la política le atraía, y en 1952 gana un escaño en la Asamblea de California, donde está hasta 1958, para retornar a la abogacía privada. En el 66, Reagan, elegido gobernador de aquel Estado, le repesca como director de presupuestos, puesto que ocupa hasta 1970, cuando Nixon le llama para la misma función, aunque luego le nombraría también secretario de Educación y presidente de la Comisión Federal de Comercio. Esta orientación hacia los temas económicos no impidió que Weinberger sintiera siempre una enorme vocación política, perteneciendo al círculo íntimo de Reagan desde que éste se lanzó a la arena. Y cuando, en 1980, éste fue elegido presidente, eran muchos los que vaticinaban que Cap Weinberger sería su secretario de Estado. Al menos parecía ser lo que más le gustaba. Se cruzaron, sin embargo, un par de cosas. La primera, que todo el mundo aconsejó elegir para este cargo a alguien con experiencia en política internacional, pues si además del presidente había un secretario de Estado desconocido en las cancillerías amigas y enemigas, la inquietud iba a ser grande. Fue cuando se echó mano de Alexander Haig, ex ayudante de Kissinger. Por otra parte, Reagan necesitaba a alguien capaz de poner en forma al Ejército norteamericano. Así aterrizó Weinberger en el Pentágono. El recorte de gastos de defensa y el acuerdo con Moscú posible causa de la dimisión de Weinberger La renuncia, un síntoma más del declive de la Administración Reagan Nueva York. José María Carrascal Aunque no es oficial, se da por seguro que Caspar Weinberger anunciará, quizá el jueves, su dimisión cómo secretario de Defensa norteamericano. Le sucederá Frank Carlucci, que fue su Weinberger no es sólo uno de los puntales de la Administración Reagan. Es también un amigo íntimo del presidente, con el que viene colaborando desde que éste era Gobernador de California y al que ha servido con eficacia y lealtad. Pese a que su verdadera ambición era ser secretario de E s t a d o c u a n d o le asignaron la cartera de Defensa, se volcó en el cargo, cumpliendo al pie de la letra la tarea que se le había encomendado y presidiendo la mayor expansión del poderío militar norteamericano en tiempos de paz. Y de los gastos, casi doblándolos, hasta alcanzar la astronómica cifra de 300.000 millones de dólares, hasta que en 1985 se refrenaron y hoy comienzan a disminuir, empujados por los recortes presupuestarios. Cuando dimite un hombre como éste, la primera pregunta que hay que hacerse es: ¿por qué lo hace? Desde hace tiempo venían corriendo rumores de que Weinberger quería dejar el carsubsecretario durante dos años, y hoy ocupa el cargo de Consejero Presidencial para Asuntos de Seguridad Nacional. A Carlucci le sustituirá el teniente general Colin Powell, su segundo, el primer hombre de color que ocupa este puesto. sa principal, no es la única. Weinberger es uno de esos individuos cerebrales que sabe que una de las cosas más difíciles es saber cuándo retirarse. Y para él, éste es el mejor momento: tras la expansión de su Ministerio, le tocaba ahora el mucho menos agradable trabajo de decidir dónde se cortaba y a qué sistemas de armas había que renunciar. Aparte de que siete años con el Pentágono encima se notan, sobre todo si se ha llegado a los setenta. Pero al fondo de todas esas explicaciones lógicas y posiblemente verdaderas de su anunciada dimisión, está una incógnita: ¿hasta qué punto apoya e secretario de Defensa norteamericano el tratado a firmar con tos soviéticos para eliminar los misiles de alcance medio de Europa? Ya sabemos que la mayoría de los generales piensan que es una mala idea, al dejar al Oeste en inferioridad de fuerzas convencionales frente al Este. Pero Wetnberger, al menos hasta eí momento, no ha formulado la menor crítica y se ha limitado a hacer lo que es habitual en él: disponer las unidades que tiene para hacer frente a la nueva situación. Pero es posible que no esté, en su fuero interno, demasiado conforme con ella. Y sobre lo que se ha pronunciado sin ambages es contra cualquier concesión en la Iniciativa de Defensa Estratégica, o armas espaciales, que considera esenciales para el dispositivo estratégico de los Estados Unidos. En cualquier caso, su salida constituye una prueba más de que la Administración Reagan entra en su ocaso. Habrá otro cambio: el del ministro de Trabajo, William Brock, por Ann Dore McLaughlin. Para los españoles, la dimisión trae la 1 incógnita, que no) o es, de cómo influirá en las negociaciones en curso entre ambos países. Respuesta: absolutamente en nada. No sólo porque Carlucci es, en cierto modo, un Weinberger bis, sino también porque las posturas en esas negociaciones son posturas de Gos bierno, no de personas. Caspar Weinberger go, y todos ellos coincidían en que la causa principal era la salud de su esposa, gravemente enferma de cáncer y tratada además de otras enfermedades. Pero si esta pueda ser la cau- Carlucci, un eficaz colaborador, será el nuevo jefe del Pentágono Nueva York. J. M. C. Frank Carlucci, de cincuenta y siete años, es uno de esos hombres que se ha pasado la vida saltando de la Administración a la industria privada, dejando por todas partes un rastro de seguridad y eficacia. No es brillante, pero exuda esa confianza típica de los managers norteamericanos, que no sabemos si es real o ficticia, pero que ayuda mucho en los momentos de crisis. Fue lo que hizo se le llamase en pleno escándalo lran- contra para hacerse cargo del Consejo de Segundad de! presidente, completamente desarbolado por alegaciones, secreteos y luchas intestinas. Antes, Carlucci había estado asociado con Weinberger a diversos puestos gubernamentales. Fue incluso su segundo hombre de a bordo durante dos años, llevando las operaciones diarias del Pentágono, mientras éste crecía como la espuma a impulsos de los planes para la revitalización del Ejército USA. En 1983, sin embargo, dejó la Administración para aceptar el puesto que le ofrecía la casa Sears de encargarse de todas sus operaciones internacionales, en el que ganaría diez veces más, como es usual en los Estados Unidos, aunque cuando se le necesitó de nuevo, no tuvo el menor inconveniente en volver a ia Administración. El general Powell, que le sucede en el puesto de consejero nacional de Seguridad, tiene cincuenta años y llevaba una excelente carrera como militarp o l í t i c o pues había sido ayudante de Weinberger antes de enviársele a Alemania a mandar un grupo de combate y de que Carlucci le reclamase para ser su segundo al volver éste a la Casa Blanca.