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AL LORO TT LS qiiediirii muchii I vida a los ir ptros? J- -4 Muy alicaídos and, in. pcTu todavin quedan los u cil ltís que si íucn, iaco al homhrü, recoTiiondt las calk- s fn dcmandií de objetos IIL- muv VüTÍJida especie. Los piden A gritos para ijuc se entere bien íoda lii vecindad. Las voces LIL ios Irjpcros crnn y incinera J t despcrtaüüT p ra muchoi. Muy de müftiniila. o r n o los pdjiíros, lían a buscarse lji vida, Salían a centcnures, Hu) han qucdadu reducidos a exiguo númtro. Va su vocerío es más espaciado v inconsíanteHPCC tiempo que no vov por el R í í r o El R a s i í o se ha puesío imjMJSthle. Como a ían tas otras cosas lii lian maleado lo. s e x t f a n j e r o a ¡Quilín s e acuerda ya de la Cabecera del Rastro en sub buenos lienipos! Allí, sobre la unj de la larde, se reunían todos los traperos uc habían estado desperdigaos por todo Madrid. Formahan corrilU s. Unos tenían el saco vacio. OlTOS. repleto. Ninguno se despojaba de 1 lo dejaba en el suelo. Un trapero sin saco ya no es un trapero. Es un clientt de la taberna que le cae ma a mano. La Cabectra del Rastro era como la antesala del pran mercado, que se despeña cuesta abajo, hacia las Amérieas- ¿Seríi ver iad a u c van a d e s a p a r e c e r las Ámericas. Sería una perdida semejante a la de la Ailántida, Claro que nuestro Municipio HUMOR Antología del h u m o r IOSTRAPERÓT Por AnlonÍQ DlAZ- CAÑABATE en su afán de tragarse todo Ui entrañado con el antiguo Madnd, es capa v eso y de muLho más. Él L íerniinio de las Américas- del Rasiro. eemcnlerio d íl hierro y del mármol. erA doiorosisimo p; ira los Madrilcs- para lo rh co que nos resta de JOS Madíiles porque las Amérieas- -eran para el Rastro como esas colas de Im c ¿iballos de raza, que son el mas bello remate. Desde la Cabecera del Rasero S Í divisa uno de los panoramas de mis puro madrilenismo- Los traperos m lo mírjin siquiera de pasada. Los traperi 3 s no u e n e n ojos más que para las cosas viejas. Estoy seguro de que no les gustan las chiquillas jóvenes, A ellos, que les den- viejales aún de buen ver Los Traperos compran las cosas mas inverosímiles. Y ¿on eomo los zahoris de lo cochambroso. Uno de los fallos de las casas m dL- rnas es la ausencia de buhardill iSr jOué respiro para las ama de casa las huhaiüillasF A una buena ama de casa le cuesta mucho trabajo desprenderse de los objetos inservibles, jA la buhardilla con cHus! Y en las buhardillas que eada inquílino usufructuaba iban a p irar v aUí se aeumulabj en informe revoltijo. Va no se podía enTríit en ella, y tnlonecs se llam iba al iraperó, que llegaba con su saco, ¿Oué es Uj que quiere usted vender La señora lo pensaba un momento y d e d a TodOf ¡Caramba! todo se me hace mucho. Y cmpc iba a revolver, como un buscador de pepiias de onj en las arenas de un ríOr V despuét de mucha rebusca apartaba lo que le Ounvenía, Y empezaba el chaluneo. Hsle fra el encanio de las sofioraSn que condenadas a no poder rcgai -ar el precio fijo tic las tiendiis se desquitaban con el Irajjero, que. como es u. iiuraL tem a el colmillo más que retorcido- ¿Tres duros nada mJís por CSC jercún, que lúe de mi abuelo -Precisamenle porque es de su abuelo; i fuera el de su nielo ya sería otro cantar, Una trapería de las antiguas se daba un aire ¡j un c uadro de arte übstracto. De tanto absurdo cachivache como atesoraba, no se veia nada. Pero los Traperos de las traperías no tenían carácter. Eran, u son. unos comerciantes vulgares. Los huenos son los ambulantes, los que iban í- arucíerijados de traperos. Porque esta es otra. La otra mañana me eneontrií a uno, que a no ser pt T el saco y por- que anunció d g n i o pelado: jSc cíímpriJM boiellaí. trapos y sifones... f le tomo por el consejero de un B: into. Iba hecho un pinceL j. V traperas? Por quí no ha habido traperas? Porque no se pueden considerar como lales a las cacharreras por trapos, que ya cstún también en las últimas. Yo creo que es debido a a u c las mujeres no se cniícnen entre sí. Una trapera afinarla lanto en el regaleo que desesperaría a la Vendedora, Otra singularidad de los traperos es que jamás se ha visto a dos I un I os ejercer su comercio, y raras veces be sorprendido encontrarse a dos en la misma calle. Hs de suponer que cada uno tiene su deniarcacK n. como los serenos, y I respetan escrupulosamente. í- ntre los traperos hii habido muv buen s tenores, y bnrílonos con j: rju estilii de pregoneros. Lo hahí i especialistas en sostener la o final de J Er ¡i una o que a lo mejnr duraba todo lo hifgo de una calle, una o que lanzaban al air y allí se columpiaba, y luego iba bajando, balando hasta Itegiar oira ve; a la ooca, d o n d e d e s c a n s a b a un ralo y volvía para arriba, y asi hasta mjc llegaban a ta Cabecera del Rastro, y entonces la pobre o descansaba en el Fondn de un vaso de vino tinto, ¡Traperos, traperos madrileños, y. i apenas os quirdan buhardillas que desvalijar! ÍABC, 17- 12- 19631 I El observador entrometido LA RUSA (aP. l Ella e. ító Juera. el a V su meinnria. Luchan la esperanzo y d escepiicismp cuando at amanecír. eila mira tt sol esperando ver díshicto, una primiivera perulienfe daac hace laníoElla esiá aera, con su nosialgio de un mundo inventado quizá en ía infancia: etia se agarra como un ctavo ardienda a hs promesas de cambio. Necesiia creer V lodíts ron ella que el sol que va o nacer nace de veras. Femando MÁRQUEZ m mm e. PRESUNTO V t WmmWS ¿APROA f i- r r i. ¡P 0 0 kLV r J -Il 7 -1 i. V o V Pí o 3 a