Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC c í artc Zurbarán, en Nueva York tral de la exposición, e! punto culminante es la reconstitución del altar mayor de la iglesia de la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión, en Jerez de la Frontera, hoy dispersos entre los museos de Grenoble, el Metropolitano de Nueva York y Cádiz. Para el estudioso es una ocasión única de poder comparar sus distintas piezas. A esta espectacular muestra de gran formato hay que añadir la presencia de composiciones tan conocidas como el San Hugo en el refectorio hoy en el museo y antaño en la Cartuja de Sevilla, y las elegantes y bellas santas o retratos a lo divino, procedentes de museos de distintos países. También piezas tan conmovedoras y tiernas como el Hogar de Nazaret del Museo Cleveland, o la Virgen Niña rezando mientras borda del Metropolitano de Nueva York. Digamos que han sido dispuestas por orden cronológico, con un rigor científico y una sensibilidad extrema. Ningún momento de la evolución artística de Zurbarán ha sido olvidado. Así, la exposición se acaba con las obras del último período, cuando el pintor extremeño, influido por el entonces joven Murillo, imprime mayor suavidad a las tintas, matiza la luz, ablanda las materias, deja en el esfúmate los contornos, caldea los tonos y usa mayor colorido. Obras como los Peregrinos de Emaus del Museo de la Academia de San Carlos de México; el San Francisco en meditación de la National Gallen de Londres, y el San Francisco en pie del Mueso de Lyon, cierran el recorrido, despidiendo al espectador que poco a poco, sala tras sala, ha ido ahondando en la intimidad de un mundo de profundo fervor religioso y excelente pintura. En las salas todo es silencio y recogimiento del público, que ante cada cuadro se siente retenido como intentando comprender el milagro de tan buena pintura. Al descender las gradas exteriores del Museo Metropolitano nos encontramos de nuevo con todo el dinamismo moderno de Nueva York. Todavía llevamos el ánimo asedado. Ello nos lleva a pensar que esta exposición, realizada con la ayuda española del Banco de Bilbao, que luego viajará a París, no vendrá a España. ¡Es lástima! Por su calidad y su conjunción de piezas importantes merecería ser vista en la tierra en la que surgió la pintura de Zurbarán. Pero alegrémonos de que un pintor español, hasta ahora sólo de dominio nacional o de entendidos en arte, gracias a esta exposición alcance fama y fortuna universal, siendo visitada su obra con el máximo respeto y admiración en la hoy capital artística del mundo. Antonio BONET CORREA JUEVES 29- 10- 87 E N una soleada mañana del otoño de Nueva York es grato ir a la exposición de Zurbarán. En la fachada neoclasicista del Museo Metropolitano pende una larga filacteria con el nombre del gran pintor extremeño. La Prensa, la radio y la televisión anuncian el acontecimiento, que atrae a un numeroso y variado público. Según los desplegables de divulgación del museo, Zurbarán es, después de Velázquez, el pintor más importante y representativo del Siglo de Oro español. ¿Cuál es la idea que el norteamericano de hoy se hace de nuestra cultura clásica? En los escaparates de las librerías de la Quinta Avenida se encuentra en primer plano la traducción de la novela Extramuros, de Jesús Fernández Santos. Nada más oportuno y acorde con la exposición de Zurbarán. Junto al catálogo, con textos de grandes especialistas de la pintura española, esta narración puede servir de introducción al mundo silente y recoleto de los conventos para los cuales trabajó Zurbarán, pintor provinciano y concienzudo, cuyo panorama vital se desarrolló entre su tierra natal, la ciudad de Sevilla y sus esporádicas intervenciones en la Corte madrileña de Felipe IV. Frente al mundo dinámico y cosmopolita de la Sevilla del siglo XVI, cuando era el puerto de América, que canalizaba todo el oro y la picaresca del momento, el arte de Zurbarán significa la quietud contemplativa de la España del siglo XVII, cada vez más encerrada en sí misma. Lo estático y pausado de su obra, de escenas religiosas, frailes y ascéticos bodegones le confiere un valor aparte por la alta calidad plástica de su forma de pintar, que resulta hoy muy moderna. Sus composiciones tienen parentesco con el cubismo sintético y la geometría de los abstractos normativos. El Zurbarán sobrio y decantado, que elimina los oropeles del barroco, es un pintor esencial, con profundas y universales resonancias. Al igual que Piero della Francesca o Georges La Tour, pintores con idéntico trasfondo primitivo, Zurbarán pertenece a una categoría de artista anacrónico, cuyas imágenes se sitúan en una esfera trascendental. Sus figuras o sus objetos son seres o cosas que pertenecen a un mundo en el que el tiempo queda abolido, surgen del fondo legendario de la humanidad y quedan fijadas en el cuadro como si lo único que importase fuese su eternidad. Un fragmento de una reja, una mesa con un paño bordado, un azulejo y una cerámica son los únicos objetos de la época que acompañan a los cuadros seleccionados por la francesa Jeannine Baticle, gran conocedora de la España del 150 ABC La muerte de San Buenaventura f r La Virgen y Jesucristo en su casa de Nazareth Siglo de Oro. La exposición, instalada en las salas interiores del Metropolitano, en donde el patio renacentista de Vélez Blanco y la enorme reja de la catedral de Valladolid marcan ya de manera permanente lo rotundo de todo lo español, supone un recorrido emocionante tanto para el conocedor como para aquel que se inicia en el arte de Zurbarán. El montaje es muy sobrio, acorde con la gravedad de las obras expuestas. Abre la muestra el impresionante Cristo en la Cruz del Art Institute de Chicago, procedente del monasterio de San Pablo el Real, de Sevilla. Con la apagada luz, ahora tan poco fuerte en las exposiciones, y el fondo gris de los muros, se diría que entramos en una iglesia. Después vienen piezas tan importantes como los cuadros que, procedentes del monasterio de San Buenaventura, de Sevilla, se conservan hoy en el Museo del Louvre, de Parts. Junto a ellos se ven obras tan conmovedoras como el San Serapio del Wadsworth Atheneum de Hartford; La Visión de San Pedro Nolasco del Museo del Prado, o la serie de frailes mercedarios de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. En la parte cen- r