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V Carta de Barcelona ABC de ías arfe más ágiles y sugestivos para el neocoleccionismo barcelonés. Por menos vistas aquí, en lo mostrado por Alfonso Alcolea hijo cabe subrayar las dos pinturas y dos aguadas de Miguel Barceló que aquél se trajo recientemente de Londres, adonde suele acudir un par de veces al mes, no para exportar, sino precisamente para importar obra de artistas españoles; lo que no deja de ser novedad alentadoramente significativa. Creo que de lo de Barceló bien merece quedarse definitivamente entre nosotros ese Autorretrato reflejado en un plato de sopa, que él tituló en italiano Autoritratto riflesso in un piatto di zuppa seguramente porque, lo mismo que su otra pintura (una naturaleza muerta con spaguetti los realizó durante una estancia suya en Ñapóles, en mayo de 1983. Es una obra excelente, cuya originalidad reside no tanto en su estilo o su factura, como en el planteamiento del tema: el del autorretrato, esta vez a modo de desmitificación y, al propio tiempo, humorística remitificación de una de las viejas metamorfosis ovidianas: la de la fábula de Eco y Narciso, este último reencarnado aquí en el propio artista condenado irremisiblemente ahora a encontrarse consigo mismo en todas partes o, como quien dice- como él nos está diciendo, no sé si deliberadamente o no, desde este cuadro- en su propia sopa. Lo que viene a ser, a su modo, una expresiva lección. La otra exposición de conjunto es la reunida en la Sala Vayreda, en la que, como en su hermana mayor la Sala Pares, sigue manteniéndose vivo, desde que en 1925 ésta pasó a los Maragall, el rescoldo del novecentismo al que por múltiples razones permanece adicto no sólo el coleccionismo más acrisolado de siempre, sino en buena parte el de nuevo cuño. Pinturas y dibujos espléndidos, que van desde los viejos maestros como Gimeno, Casas, Rusiñol, Meifrén, Cañáis o Nonell, hasta los de promociones más cercanas, como Mallol Suazo, Grau Sala o Antoni Clavé, pasando por Picasso, que suele ser el eje o comodín de toda exposición de esta clase, y por pintores como Mompou, Amat o Villa- é s t e brindándonos un ejemplar cotejo entre su rotundo y volumétrico luminismo con el fino y preciosistamente arremansado del Roig Soler, entre sus predecesores- explican sobradamente que su estela persista casi imbatible, a pesar de vientos y mareas, entre la mayoría de quienes ya no son, precisamente, sus contemporáneos. Exposiciones de conjunto Nada mejor, como incitante aperitivo de comienzos de temporada, que esas exposiciones de conjunto con que algunas galerías se adelantan a darnos a conocer lo mejor de sus fondos. De todos modos, este tipo de exposiciones era antes el más habitual. La tradición de las exposiciones individuales es relativamente reciente y no poco tienen que ver con ella los contratos en exclusiva que arrancan de los tiempos en que un Kahnweiler muy joven aún empezó a firmarlos en París, poco antes de la Primera Guerra Mundial, con aquellos artistas (Dérain, Braque, Picasso, Juan Gris) que, por ser los de su generación, se propuso ante todo promocionar. Sin duda era el sistema mejor una vez instaurada en el mundo del arte la entidad propia y punto menos que omnímoda de un mercado que, por sus propias leyes internas y sólo en función de rentabilidades máximas en el más inmediato plazo posible, decide de valoraciones y representatividades excluyentes allí donde antes prevalecían más amplios y consolidados criterios... Entre las mencionadas exposiciones de conjunto que merecen destacarse en estos inicios de temporada en Barcelona figuran dos de signo contrario, la más avan- Miquel Barceló: Autorretrato en un plato de sopa (1983) zada de las cuales es la que tiene abierta el joven e intrépido galerista Alfonso Alcolea hijo en, curiosamente, el Centro de... Anticuarios, del Paseo de Gracia. Nada ni nadie obligan a dicho Centro a atenerse a unos límites cronológicos acordes con su denominación; como ninguna ley o norma pueden obligar a un coleccionista a que coloque en su casa, junto a una pintura o una talla de pasadas épocas, un Picasso, un Miró, un Zóbel o un Barceló como los que el joven Alcolea ha colgado- junto a otras obras de María Blanchard, Joan Pong, Rafols Casamada, H. Pijuán y Arranz Bravo- en su Galería. Se trata de una salita breve y con un cierto aire de provisionalidad, casi diría que de experimentalidad, al igual que otras con las que suele ir asociada, como las de los veteranos Paco Rebés y Juan Mas, que están convirtiendo ese Centro de Anticuarios en uno de los focos Miquel Villa: Ibiza (1960) JUEVES 29- 10- 87 Rafael SANTOS TORROELLA ABC 145