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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 29 DE OCTUBRE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC colía. Mi amigo, además, sabe entretenerse y no deja que le soliciten las postrimerías. Es versado en una economía sutilísima: la de no confundir los límites con las fronteras. Con frecuencia, sus ojos, muy verdes ellos, se entornan levemente. No intenta con este gesto entrever más allá, perderse en el horizonte, sino ver más de cerca. ¿Es amor, humildad lo que le hace mirar de esta manera o acaso cierto ánimo inmisericorde? Se equivocará quien se alce con una u otra respuesta. Pascal nos dijo que una virtud es el resultado de dos vicios contrapuestos. Por impedimentos políticos, Castilla llegó tarde a la cátedra universitaria (o más bien fue ésta la que llegó tarde a él) Recuerdo unas vergonzosas oposiciones que dejaron al Tribunal sin dignidad y a unos cuantos amigos de Carlos, yo entre ellos, sin vacaciones navideñas. Ahora, disposiciones administrativas le jubilan en plena madurez. Lo cierto es que Castilla ha enseñado siempre por los poros y así seguirá haciéndolo. Pero su ausencia de las aulas le priva de una posible y fecunda sorpresa: la de descubrir un día entre los estudiantes a alguno de quien no tuviese más remedio que aprender. No rehusaría Castilla repetir con el clásico: discat a puero magister y, buen maestro, aprendería del bisoño. REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID ELOGIO A CASTILLA DEL PINO EL REUMATISMO ESTÉTICO N poema es, ante todo y sobre todo, un ser viviente. Si no se acerca a los lectores, si no se acerca hacia nosotros, no es un poema. Nunca me cansaré de repetirlo: los versos tienen que acercarse a nuestros ojos, ¡se tienen que acercar! Si no se mueven hacia nosotros no están vivos. Así pues, el poema es preciso escribirlo: con el horror de la literatura y locos de crespúsculo y aurora como pedía Rubén Darío. Sin embargo, la mayoría de los poemas que escribimos son literarios y suelen estar afectados de reumatismo estético. Hay que hacer nuestro propio diagnóstico. El esteticismo es una especie de enfermedad reumática que afecta a la articulación de los versos. No hay que creer en el reúma, ni hay que darle demasiada importancia a los versos. No la tienen. Lo importante es sentirlos latir, y este latido no puede promoverse: tropezamos con él, y este tropiezo es un acierto o un milagro. En cierto modo, las dos cosas. Cuando late un poema, lo sientes transpirar con ese vaho caliente que se levanta de la tierra en los atardeceres. Como decía Cervantes, conviene no adelantar el pie más allá de donde cubre la sábana. Vayamos paso a paso. ¿En qué consiste la virtud que confiere al poema su carácter viviente, o dicho de otro modo, su corriente vital? Por lo pronto, diremos que los versos sólo están vivos cuando están unidos. Esto no ofrece duda: los versos no estarían vivos si no hubiera una vida entre ellos. Pues bien, esta corriente interna, esta corriente que organiza y da vida al poema, es el tono. El tono es la oriundez de la poesía. Es la patria del verso, es la patria del verso anterior al lenguaje. En cierto modo, no pertenece al lenguaje. En cierto modo es anterior a las palabras. Tiene carácter primordial. Yo diría que únicamente por el tono puede saberse si está vivo un poema. Cuando Neruda dice: Sucede que me canso de ser hombre sentimos como un vaho que nos calienta el rostro. El verso está latiendo. Sentimos su latido porque el tono es igual que la sangre, y da nacencia, y da calor a las palabras. El tono es la primera imprimación poética en la voz. Implanta en ella su morada. Ya en su arranque, el tono implica la ley de acuñación de la intuición y el pensamiento, y al mismo tiempo, la ley de acuñación del pensamiento y la expresión. Pero vayamos con cuidado, pues la cuestión es importante y no me quiero quemar las manos. Voy a decir sencillamente que el tono es lo esencial en el poema. El tono, entre otras cosas, es la expresión de lo que hay en el poeta de irreductiblemente humano. Pone de manifiesto en qué región del alma, y a qué profundidad, nace el poema. En el proceso de creación, que es siempre diferente no sólo en cada poeta, sino en cada poema, hay un momento de fortuna en que el autor se encuentra o se tropieza con un verso que le parece sugestivo. En este verso prematuro está el arranque o núcleo del poema. Por ahí se empieza. Después ya sólo es necesario esclarecer y completar el arranque. Ahora bien, este núcleo inicial tiene ya un tono determinado, un tono que es necesario mantener vivo a toda costa. Luis ROSALES de la Real Academia Española N OS lo dirán un día; ¿a él o a mí? Los dos preferiríamos, barojianos que somos, que ocurriese en horas grises y con algo de lluvia. Don Pío aseguraba que son así las condiciones sobre las que, para morir, se acuestan las personas tranquilas y pacíficas. Empezaremos entonces los dos a conocernos, a saber de esa paz que no tendremos nunca hasta que ella nos tenga. En atención a ese momento, que calumnian los más y qué yo estimo, doy de lado todo afán pretencioso por escudriñar en mi memoria cuáles fueron el tiempo y el lugar de nuestro primer encuentro. U Una tarde, en El Carpió, frente a un Guadalquivir que no pierde serenidad en su pasión por empujar los ojos hacia la mole parda del castillo, me leyó unos poemas de García Baena. Para mí aquella lectura constituyó una primicia. Al oírle y oír los versos afiancé mi residencia en Córdoba. La indignación inerme ante las atrocidades, que en la ciudad se han perpetrado y puedan perpetrarse, es un impulso irresistible para llegar a su noble recinto sin billete de vuelta. La escritura del poeta merece, en alguna de sus ocasiones, el rango de inscripción. Amar una ciudad es un dolor imperecedero, precisamente porque su envoltura cambia, como predijo Baudelaire, bastante más aprisa que la de corazones mortales cualesquiera. Nunca he estado de acuerdo con los enfoques que Castilla practica del hecho religioso. Hay en ellos, a mi entender, demasiadas anécdotas. Con éstas me sucede un poco como con las argumentaciones profusas, que enfilan los escolásticos para convencernos de que Dios existe. En unas y otras faltan la apuesta y la ironía. Por mi parte he tenido que creerme para seguir viviendo tantas cosas que me fallan las fuerzas para llegar a poder no creer en Dios. A pesar de todo, Castilla y yo hemos vivido juntos ese absoluto, que cabe en un rato, y que se llama honestidad, belleza y culpa compartida. De los conocimientos profesionales de Castilla sólo sé padecerlos. Me adentro en sus libros sin detenerme en lo que no sea una hirsuta estructura de la ciencia. Soy, por tanto, un lector aguerrido, que atraviesa el desierto sin soñar con palmeras, consciente de que en la página final se cobrará su premio, que no debe ser otro que el de la comprobación del volumen y del ardor de una arena que no es la propia. Las ideas generales, únicas que de un e s p e c i a l i s t a podría tomar quien no es capaz de serlo, sirve para andar por la calle, mas nunca para estar en casa. Castilla es hombre universalmente curioso. Su conversación raya, a veces, con las lecciones de cosas. Poco, muy poco española es esta virtud. Nuestros compatriotas propenden a la vagancia; de entre tantos, los mejores, a una cansina melan- Los dos hemos tenido amigos comunes e incluso eso que ha dado en llamarse compañeros de viaje. Los primeros, por fortuna, seguimos teniéndolos; no muchos, porque los buenos amigos, como repito siempre que me parece oportuno, ofrecen dos ventajas: la de ser buenos y la de ser pocos. A los compañeros de viaje los hemos ido perdiendo, eso sí, en tropel y estaciones contadas: la de la estupidez, la de la indelicadeza por trepar algunos pedestales, la de la contumacia en no querer apreciar que entre nosotros y la vida media una diferencia, que excita a veces y que otras, en cambio, descorazona. Está bien que así sea. Sólo la compañía verdadera nos da medida de nuestra soledad. El duque de ALBA de la Real Academia Española EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones