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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 26 DE OCTUBRE 1987 ABC aprendido, sin duda, en Aleixandre. No en vano aquél escribiera en una de sus composiciones lo siguiente: Con Vicente Aleixandre y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra. Tras la guerra, Aleixandre, como todos los poetas de su tiempo y de los tiempos siguientes, según vimos, entra en un realismo biográfico y hasta narrativista. Pero lo hace con formidable e incluso extraña diferenciación, pues fiel a su tendencia al impulso totalizador que le había definido antes y que también le definiría después nos dio un realismo distinto a lo que el realismo suele ser, ya que la totalización le lleva en muchos casos a una grandeza que, en principio, parecería incompatible con el cqtidianismo en que el realismo suele manifestarse. Y así, en la etapa realista puede contemplar nuestro poeta no sólo personas o situaciones concretas, sino multitudes, colectividades o el entero vivir de un preciso ser humano. Y llegamos así a la fase cuarta y última de su producción, iniciada a mediados de los años sesenta. Se trata del neoirracionalismo que impregna por estas fechas todas las letras españolas (poetas novísimos etcétera) al compás de lo que ocurría en otras literaturas más allá de nuestras fronteras. Neoirracionalismo he llamado a la nueva situación, pues la generación del 27, en su etapa elementalista y superrealista que Aleixandre vivió por los años veinte, había sido ya irracionalista, había protestado ya contra los excesos de la razón científica en cuanto aplicada a la vida humana, puesto que tal razón le es a ésta incompatible. En el neoirracionalismo de los años sesenta y setenta, la protesta se generaliza y ahonda y pasa a vías de hecho. Lo que antes había entrevisto un pequeño grupo de artistas llega ahora, en comprensión más viva y exigente y ocupando nuevas áreas, a todo un sector de la sociedad, por minoritario que éste sea. En la poesía, el rechazo del racionalismo antivital lleva a algunos poetas a desconfiar a la sazón del lenguaje, en el que encarna ese tipo de razón y, por tanto, a desinteresarse por la expresión de la experiencia tal REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA E cumplen ahora d i e z años del premio Nobel concedido a nuestro gran poeta Vicente Aleixandre y, hace unas semanas, se cumplió el tercer aniversario de su muerte. Buena ocasión, pues, ésta para reflexionar sobre la importancia de su obra, rica siempre en incitaciones y sugerencias. Lo primero que en ella nos asombra es el amplio arco evolutivo desde el que se nos ofrece. Evolucionar sin merma de la intensidad, y aun con acrecentamiento evidente de ella, es don concedido a muy pocos artistas. En nuestra área hispánica tal es lo que ocurre en la literatura de ValleInclán (simbolismo y luego expresionismo esperpéntico) o en Juan Ramón Jiménez (simbolismo y luego poesía pura) o en el chileno Neruda (superrealismo y luego neorrealismo) Fuera de España, famosos son los casos paralelos de Yeats o de Rilke, entre otros. Pero la manera y el grado en que tal fenómeno se da en Vicente Aleixandre resulta más pasmoso y memorable aún, pues su estilo no pasa sólo por dos fases decisivas o céntricas, como ocurre en los mencionados autores, sino por cuatro, las mismas que el conjunto de la poesía española nos muestra entre, digamos, 1915 y 1975: poesía pura, superrealismo, neorrealismo y neoirracionalismo. Esto nos dice ya, por sí mismo, algo que nos obliga a reconsiderar la teoría de las generaciones y, al menos, a verla de otro modo: más que un estilo generacional (es decir, propio y exclusivo de una determinada generación) lo que verdaderamente nos ofrece la historia de la literatura es un estilo ligado a un cierto período histórico, en el que genéricamente vienen a incurrir cada uno de los artistas verdaderamente vivos de cualquier edad, aunque tal edad estimule al autor de que se trate para gustar de ciertas posibilidades estilísticas del nuevo tiempo y, con frecuencia, también para rechazar otras posibilidades del mismo orden que, por ejemplo, pueden interesar a sectores cronológicamente distintos. Y así, en el neorrealismo de la posguerra vinieron a coincidir tanto los representantes del grupo del 27 como los representantes de las dos primeras generaciones de posguerra. Y ahora pasemos a considerar con pormenor el caso de Aleixandre. Este, en su primer libro, Ámbito; es un poeta puro ya muy personal en un número considerable de poemas. En los seis libros siguientes, nuestro poeta entra decididamente en el superrealismo, con una voz robusta, con una cósmica fuerza erótica que le otorga poderosa singularidad. Tanto que es difícil o imposible encontrarle antecedentes. Los consiguientes son, en cambio, bien reconocibles: los mejores poemas del genial Miguel Hernández, los finales Hijo de la luz y la sombra pese a tener un acento marcadamente propio, están muy tocados de esa misma grandeza y de esa visión cósmica del amor que Miguel Hernández había S ALEIXANDRE DESDE LA MAYOR COLECCIÓN DE como ésta se produjo, pues el lenguaje siempre viene a alterarla. El contenido de un poema nos remite, pues, en esta consideración, a un referente que el poema mismo inventa. Tal es el sentido del esteticismo que a la sazón surge con fuerza. En Aleixandre, la misma actitud se manifiesta en forma muy diferente: no como esteticismo sino como paradojismo incesante. La paradoja es la forma más evidente de invertir y repudiar el logicismo racionalista, pues que implica, en un primer momento, una contradicción lógica, un imposible radical, aunque éste se disuelva luego en la conciencia del lector por la necesidad de intelección que mueve a éste. La contradicción lógica, muy presente ya en Poemas de la consumación Oscuridad es claridad Quien muere vive se acentúa notablemente en Diálogos del conocimiento, lugar donde adquiere una formulación no sólo más compleja sino además de carácter sistemático, al encarnarse los términos contradictorios en personajes que vienen a oponerse, dos a dos, vital o mentalmente entre sí. Pero lo significativo es que ahora el poeta no toma partido, de modo explícito, al afrontar la dicotomía o la antinomia. Se implica así una actitud de tolerancia: podemos personalmente preferir un comportamiento u otro y hasta, en algún caso, sospechar lo mismo, con mayor o menor claridad, en el poeta; pero no existe, en cuanto absoluto, dentro del dominio de la vida, una verdad válida para todos los hombres: hay muchas verdades, tantas como seres humanos, verdades que vienen entre ellas a oposición. La razón que actúa o da cuenta de cada una de esas verdades no es entonces la razón fisicomatemática, siempre generalizadora; es la razón vital, que entiende y explica a cada uno de los individuos. Se trata, pues, del mismo tipo de racionalidad que opera en las autonomías políticas (por ejemplo, las españolas de hoy) la misma que ha producido, a partir de los años sesenta, una rebelión de las partes contra los abusos del Todo, los cuales aparecen entonces como poderes Poder negro, poder de las minorías en los partidos políticos, poder feminista, poder regional. La fidelidad de Aleixandre al nuevo tiempo no puede ser más patente, sin dejar de ser fiel a sí mismo, pues lo dicho implica un impulso de solidaridad muy aleixandrina y una tendencia a la grandeza, aleixandrina también. Se cierra así una magna obra que nos reconforta como seres humanos: el espectáculo de amor, solidaridad, tolerancia y grandeza que estos libros representan nos acompaña, ya para siempre, en el turbio y caótico mundo de nuestros días, mundo que tácitamente se nos aparece entonces inteligible y, en ese sentido, organizado, pese a todo, en un como extraño orden superior. Carlos BOUSOÑO de la Real Academia Española ALFOMBRAS PERSAS Y ORIENTALES Gran exposición y venta: HOTEL WELLINGTON DEL 19 AL 29 DE OCTUBRE L. l C Valázquez, 8 Tel. 275 4400 4