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O R T E S Jlcgó a TcnochTi (lán el (l ú N dt; Ruviumbre de l í i y (8 Cchécall del raes OuechoJlí en el calendario indígena) o sea cuando Mix- tc uma ya se había convencido de que la ilCEada de Jos leales cía i i r c m c d i a n k y que se h a h l a n iniinpbdo Jos prt gio! del desEíno. Ocho sucesos aue eslaban escritos desde antes ae su n cimienJD. LOS ocho pasos que el dios l u bio ite los llaxcülleca? habla üc dar antes de su regieso: una llama de fuego muy grande y respTandccienIc había iluminado el cielo diez anos atrás- c chapitel de un cu (tempJo) del dios H u i E ilopoehUi se incendió sin causu a p a r e n t e y nada era capaz de apaciguar el f u e g o d e s t r o c í o r cayó un rayo sobre otro templo de Xiuhieculh in que IÜS condidones meteorológicas fueran las indicadas para ello; un cometa rec o i r i ó el F i í n i a m e n t o en pleno día; grandes olas se levantaron en ia Laguna de Mi xíco; se oyó en los aires el lamento de una mujer q u e a n u n c i a b a l- j p é r d i d a de Mtixico; un ave cazada y llevada ame Mociei uma mostraba en un espejo situado sobre su cabeza una muchedumbre de guerreros a cabalJo y finalmente aparecían cuerpos monstruosos qsic se desvanecían como los espíritus- Corteas marchaba a la cabeza m o n t a n d o u n hermoso a n i m a l blanco que caracoleaba haciendo cabriolas v hasta juguetón. Tras él marchaban oLru cuatro jinetes y el abanderado, con sus correspondientes perros; una tercera fila estaba compuesta por baJ I esteros; en La siguientes iba un grupo de hombres a caballo y luego Jos escopeteros. A unos diez metros seguían los infantes y los aliadoí tlaxcaltecas, jEran los conquistadores tíe México! Aquel animal bJanco oscuro se LLíimaba Ari- iero y era- a l decir de Bcrnal Díaz del C a s t i l l o- uno de los mejores caballos que llegaron a M É X Í C O en las naves que C L g ms í g MAm i i u sas igtu c EL CABALLO DE HERNÁN CORTES principio siniicron los indígenas ante el desconocido animal. Según Díaz del Castillo los indi s creyeron inocentemente que el caballo y el jíneie eran um misma cosa, como lo cítenla en el capítulo X. XXIV, cí de la batalla de 1 abasto: Y en ttnJo este tiempo. Cortés, con los de j caballo, no venia y aunque íe deseábamos y temíamos que por ventura no le h u h í e acaecioo hiTgün desastre. At. uerdüme que ruando soltábamos los tiros, que daban liA mdios grandes silbos c g r i t o s y echaban pajas y tierra en alto por que no viésemos el daño que les hacíamos, y tañían alambores y trompetillas e silbos y voces, y decían: A l a l a A l a l a Estando en esto vimos asomar tos de a caballo, y como aquellos randes escuadrones estaban embebecidos dándonos guerra, no miraron tan de presto en t i l o s como venían pi r las espaldas, y como el campo era llano y los caballeros buenos, y Uis caballos algunos dellos muy revuellüs y coífedores. danLes tan buena nía no y alancean a su placer. Pues los que estábamos pelifando. desque los vimos, nos dimo tjnta priesa, que Los de a caballo por una pane y nosotros por otra, de presto volvieron las espaldas. E aquí (r e o n los indios que caballo y el caballero eran tudo uno como jamas habían vtsto caballos. luego fueron incendiadaSy es que Cortés, a esas alturas de su vida (3- 1 año: era ya un consumado jinete y un gran entendido en caballos, como se demuestra en la famosa anécdota de los cadques de Jas tierras dcJ rio de Grijalba. Aquel día Cortas dijo riendo a Jos soldados; Sabéis, s e ñ o r e s q u e me parece queslus indios Icmerún mucho a los caballos, y deben de pensar qucLlos solos hacen La guerra, y aníimismo las lombardas he pensado una cosa para que mejor lo crean; que traigan la egua de Joan Sedeño que parió el otro día cu el navio, y aialLa han aquí, adonde yo estoy, y traigan el caballo de O r t i z el Músico, ques muy ríjioso y tomará olor de la yegua, y desque haya t o m a d o olor dclla, llevarán 3 a yegua c el cabalk) cada uno por sí. en parte donde desque vengan los caciques que han de venir, no Los ovan rel i n c h a r ni los vean hasta que vengan delante de mí y estemos hahlandOr Y así se ht 7o, hasta que en el m o m e n t o o p o r t u n o trujerun el caballo que había lomado olor de la yrgn ¡t, y -ilanlo no muy lejos de donde estaba Cortes hablando con Los caciques, Y como la vegua la hablan tenido en el mismo aposento a donde Cortés y los indios estaban hablando, pateaba el caballo y relinchaba y hacian b r a m u r a s y siempre los ojos mirando los indios v al aposento a donde había lomado olor d t la yegua. Y Los caciques creyeron que por eJIoi hacía aquellas bramuras, y estaban espantados. Y desque Cortés los vio de aquel arte se levantó de la silJa v se fue para el cabal! ü. V mandó a dt s mozos de espuelas que luego le llevasen de alh IL- JOS, y dijo los mdios ue ya mandó al caballo uue no estuviese enojado, pues ellos venia de paz V eran buenos... Lo cujil demuestra la influencia que tuvo el caballo en toda la conqufsia de América v lo líue al Sin embargo. Arriero no fue el único. H pues cuando Coritas hace su segunda entrada en Tenochtitlan (agosto de 1531) lo hace a lomos de un caballo- m u y bucno castaño oscuro, que le lia man Romo. Y quizas mas famoso aún fue el de la marcha a las Elibueras, aquel que ocasiono b curiosa hisloriii con los indígenas. -iResulta que al transiiar cerca del lago de Fetén- cscnbe Morales Padrón- -se le h i r i ó en un remo, y, como Cortés pensaba retornar por cL mismo s i t i o to dejo al cuidado del cacique de Tayasal, pueblo situado en una isla del Jago, donde hoy est i la poblacjíin cuaiemalieca de Fiores. Sucedió que Cortés TCgresó a México por mar v su caballo quedo emrc los indios hasia que murió. Pa. sados muchos años llegaron a pelen dos franciscanos, y cuiíl no seria su asombro al ver que los mdios adoraban a un caballo de p i t d r a b a p el nombre de Tz- iunchán o dios del trueno y del ravo Puestos a indagar, supieron que al moitrseles el caballo de Corles hicieron una réplica de piedrn para i onjur. ir la cólera de los dioses. Hl fandtismo por La Imagen era tal que los francisca nos tuvieron que huir después de destrozar la. J u l i o MERINO 88 Próximo capítulo: Los caballos de PÍ 7 arroH,