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ANIMAL Carmen MARTÍNEZ ANIORTE Julio GONZÁLEZ IGLESIAS J. L. MARTIN DESCALZO Territorios Hablar de territorios de nuestros animales de compañía suena un poco a chiste; pero no es así un perro, gato, hámster, conejo de indias, canario tienen su zona. Para unos es la calle donde acostumbran a dar su paseo diario, para otros su cajón donde duermen, otros su plato donde se le pone la comida, otros es la jaula... Todos los animales, tanto en cautividad como en plena libertad, tienen su lugar. Unos le llaman favorito; pero en realidad es lo que en términos zoológicos se conoce como territorio. Tomando como ejemplo el perro, éste marca su zona con señales olorosas segregadas por sus glándulas anales. Estas son como huellas digitales diferentes a otras y que las sabe distinguir de todas. Es una herencia de su antepasado el lobo; éste deja huellas para delimitar sus territorios de caza para defenderlo de la presencia de otros intrusos. Otro tipo de señales son las de la orina: el perro deja sus huellas en el alcorque de un árbol, en la esquina de la calle, en la rueda de un coche, en una pared... De esta manera señala su paso por esa zona. Es una forma clara de dar a entender a otros perros que él ha pasado por ahí. Como se puede apreciar, los perros basan todo su sistema de comunicación a través del sentido del olfato, el más fuerte que poseen. El perro, cuando vive en compañía de otros congéneres formando, por ejemplo, jaurías, deberá dejar el mayor número de marcas para poder mostrar su poderío y convertirse en el jefe de la manada. Cuando sacamos a pasear a nuestro perro, éste no ceja de olfatear el suelo; es un poco pesado, pero es la forma que tiene de encontrar rastros de olor, que son auténticas notas aclaratorias de sus otros compañeros. El chupete El reflejo de la supción, el instinto y la necesidad de chupar son compulsiones innatas gracias a las cuales el recién nacido, sin aprendizaje previo, sabe lo que tiene que hacer para alimentarse y sobrevivir. La naturaleza en todo lo que es esencial para la conservación del individuo y de la especie es sumamente pródiga, no se queda en atisbos y señales difuminadas, sino que carga bien las tintas; la sexualidad, con su enorme poder, es buen ejemplo de ello, con semejante pregonero nadie puede olvidar el asunto de la procreación. Pues bien, la supción es igualmente un instinto arrollador, el infante chupa continuamente todo lo que encuentra, incluso cuando duerme sueña plácidamente con gratas libaciones... y sonríe ahuecando los labios, no en vano se les llama mamoncillos. Tamaña desmesura no se aplaca con el suave tacto del seno materno, necesita más, los dedos, las ropas, cualquier objeto a su alcance acaba en la boca sorbido y empapado. Si no encuentra tal consuelo llora y se agita, de ahí la invención del chupete. ¡Cuántas vigilias ha atemperado esta socorrida goma! ¡Cuántas apresuradas visitas a la farmacia de guardia ha ocasionado su falta o extravío! pero no es este lugar ni ocasión para rendir tributos de admiración ni loas exaltadas. Se trata más bien de señalar su lado adverso, su cara negativa. Porque el chupete ocasiona indeseable deformidades en los labios, en el paladar y en los dientes, dando lugar a lo que los dentistas laman mordida abierta esto es una protrusión y elevamiento de los dientes y del maxilar superior que luego, si se quieren dejar las cosas en su sitio necesitará el auxilio lento y costoso de la ortodoncia. Téngase cuidado, pues, con el chupete, procúrese que el infante lo abandone en edad temprana y cuando se elija el modelo prefiérase aquél, llamado anatómico, plano y delicado para que sus inconvenientes no amarguen la templanza del consuelo. Porque proscribirlo totalmente es necesidad, como saltar de la sartén al fuego, ya que faltando aquél existen los pulgares para sustituirle y no es bueno que los niños comiencen la vida chupándose el dedo. Cinco dólares Todo sube, efectivamente. Sube el precio de la fruta, el de las aspirinas, el de los transistores, sube hasta el costo del cuerpo humano. Porque resulta que el profesor Donald T. Forman, catedrático de la Escuela de Medicina de la Universidad de North Western y director de Bioquímica del hospital de Evanston. en los Estados Unidos, ha estudiado en tres ocasiones el valor económico de los componentes inorgánicos del cuerpo humano. Y ha descubierto que también hay inflación en lo que nuestra carne vale. En 1963 calculó que las sustancias que llevamos dentro podían ser cotizadas en torno a los 98 centavos de dólar. Pero en 1969 el cuerpo humano había alcanzado los 3,50 dólares. Y en 1974. como los productos químicos habían disparado sus precios, calculó que sí alguien quería vender su cuerpo a un laboratorio, su precio real sería 5,60 dólares, menos que una cena en un restaurante baratito. Y es que resulta que el cuerpo humano tiene tres cuartas partes de agua y sólo un cuarto de tierra firme. Resulta que en nuestro cuerpo tenemos fósforo, pero menos del necesario para fabricar una cerilla; que tenemos grasa, pero poco más que la precisa para freír un par de huevos; que el- hierro que tiene nuestro cuerpo apenas daría para fabricar un clavo. En resumen, poco más que un montoncito de chatarra. Leyendo estas cosas entiende uno que quien no crea en el valor del alma y de lo espiritual fácilmente sea partidario de un aborto: si un adulto vale cinco dólares, ¿qué puede valer el cuerpecito de un feto? Y uno entiende que haya gentes que jueguen con su cuerpo y lo usen como quien chupa un helado. Y que los concursos de mises tengan algo de exposición ganadera. Y que siga persistiendo ese último reducto de la esclavitud que es la prostitución. El hombre- -comenta 1. A Peñalosa- -había sido rey de la creación, cuerpo, alma, trascendencia. Pero el materialismo logró darle jaque al rey. Me parece a mí que habría que revisar con valor eso que llaman ahora escala de los valores modernos. Y preguntarse si la vieja alma- -hoy tan olvidada, tan arrinconada- -no debería volver a ocupar su trono de reina, porque, a fin de cuentas, es ella lo único que en el hombre vale más de cinco dólares. El hombre- -insistía Pascal- -es una caña, pero una caña que piensa. Lo malo es cuando el hombre se dedica a cultivar y valorar lo que tiene de caña y arrincona lo que tiene de pensante. Y yo me temo que hoy la gente se deja arrastrar tanto por las modas que hasta se creen que son más hombres cuando se olvidan de su interior y se entregan a lo que tienen de grasa. Poca grasa, en definitiva. No más que la necesaria para freír dos huevos. 51 Instintos de defensa El perro defiende su territorio por instinto. Un can criado entre humanos asocia a éstos como miembros de su familia, de ahí esas fuertes muestras de defensa ante las agresiones de extraños. Estas cualidades son las que dan al perro la categoría de guardián. El perro cuidará, vigilará, acechará, y ante el más mínimo ruido en su entorno dará la alarma ladrando. Para un perro bien adiestrado la familia es su jauría y su amo del que recibe las órdenes el jefe de la jauría. Para finalizar, un consejo, nunca hay que regañar a un perro cuando muestra su hostilidad ante los intrusos, ya que por lo general esta aptitud es debida a ia defensa del territorio, y castigándole lo único que consigue es confundirle. Tenga siempre presente que un perro, por lo general, nunca ataca sin razón.